Color esperanza: desarrollo ¿sustentable?

En las últimas semanas vimos hermosas imágenes de la naturaleza volviendo a sus supuestos lugares de orígenes. Aparecieron ciervos en Japón, pavos reales en Madrid. Pero como todo en internet, la naturaleza también tiene sus fakes y los delfines no fueron a Venecia. Los adorables animales se dejaron ver gracias a que las personas están aisladas de sus entornos, imposibilitadas para desarrollar sus vidas con normalidad. 

Festejar estos eventos como una victoria para el ambiente es reciclar una perspectiva anticuada que mantiene a la naturaleza y a las personas como asunto separado, perpetuar la idea de una única naturaleza válida: la original, pulcra, inalterada. Incluso nos conduce a la posición, aún más peligrosa, de creer que la única interacción posible es la explotación desmedida de la naturaleza por parte de las sociedades. Y si así fuera, no habría otra salida que la de dejar que sucumbamos ante el virus. 

El catastrofismo no es muy amigo de las reflexiones: ¿es posible que en la experiencia pandemia generemos ideas para acercarnos al ambiente que queremos?

El catastrofismo no es muy amigo de las reflexiones: ¿es posible que en la experiencia pandemia generemos ideas para acercarnos al ambiente que queremos? ¿De verdad podemos a salvar al planeta sin movernos de nuestras casas? A falta de respuestas fáciles recurrimos a una mirada desde la juventud a la que pertenecemos, para reflexionar sobre el rol que debemos tener.

En innegable que durante estas semanas se produjeron algunas alteraciones positivas en el ambiente, por ejemplo el aumento de la calidad del aire o la disminución de la contaminación sonora.  Como vemos en los mapas de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE)[1]  se registró una baja en la concentración del gas productor de la polución, dióxido de nitrógeno (NO₂) en el aire durante los días posteriores al inicio del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio. Se calcula que hasta el año pasado, en Argentina un aproximado de 15 mil muertes por año estarían relacionadas con la contaminación atmosférica[2]. Sin embargo, las mejoras que podemos percibir son locales y, aunque influyen en nuestra salud, son fácilmente reversibles. 

La causa de estos cambios, aunque mínimos, no parece tener que ver en un despertar repentino de una conciencia ambiental colectiva ante la crisis sanitaria; más bien radica en una modificación drástica de los ritmos de producción, los desplazamientos y los patrones de consumo. Volver a reconstruir la sociedad, entonces, probablemente implique generar modificaciones no excepcionales sobre estos ejes. Es en este punto donde la economía nos puede brindar respuestas de las posibilidades reales de transformación en un contexto que no involucre una pandemia. 

Al problema de la deuda externa argentina y la discusión sobre la renegociación de la misma se le suma la emergencia sanitaria: no es extraño que en este marco se abra un debate que descansa sobre la falsa dicotomía “economía o salud”. Hace varios años, un presidente que se enfrentó a la primera decía que “los muertos no pagan sus deudas”; hoy podríamos agregarle ni tampoco producen. En otras palabras, podemos hablar de salvar vidas hoy para producir mañana, entendiendo que debemos replantearnos los métodos de producción desde una perspectiva sustentable ambientalmente para salvar vidas pasado mañana.

Ilustración de: @umcartazpordia

Si nos remontamos al tan lejano primer domingo de marzo, la presentación gubernamental en la apertura de sesiones ordinarias no hizo referencia a cambios estructurales en materia ambiental. Sin embargo, en varios pasajes de su discurso hizo alusión -quizás sin demasiada profundidad- a esta temática: en su apartado sobre la minería, se dijo que “tenemos grandes posibilidades pendientes, con pleno respeto a estándares ambientales y participación social”, se señaló también que “nuestro compromiso (con América Latina) es dar continuidad a los valores esenciales de defensa de la paz y la seguridad internacionales, la solución pacífica de controversias, el apoyo al multilateralismo, el respeto al derecho internacional y a los derechos humanos, la equidad de género y la protección del medioambiente.” Una primera lectura o escucha del discurso no permite dirimir medidas o cambios significativos en relación al ambiente. Sin embargo, hay un eje fundamental de la protección de este último que pasa desapercibido: el regreso de la puesta en valor del sistema científico y tecnológico nacional a través de la inversión estatal. Una ciencia soberana, con las herramientas necesarias, puede orientar el funcionamiento de otros sectores hacia la mejora de su relación con el ambiente, tanto ayudando a generar una mayor conciencia de las consecuencias del deterioro ambiental en la población, como enfocándose en áreas productivas que pueden funcionar de forma sustentable. 

Hace varios años, un presidente que se enfrentó a la primera decía que “los muertos no pagan sus deudas”; hoy podríamos agregarle ni tampoco producen.

Por otro lado, ante la pandemia mundial que estamos viviendo, son varias las empresas del país que tuvieron la capacidad de adaptarse. El caso de la fábrica de electrodomésticos Liliana, por ejemplo, empezó a producir mascarillas de protección facial. Entonces… ¿esto quiere decir que decir que las empresas están comprometidas con la sociedad? como chi o como no. 

En varias de las materias de la carrera de Economía se enseña a maximizar los beneficios, por lo tanto surge el interrogante de si hoy en día es más rentable vender mascarillas de protección facial o batidoras y licuadoras (a pesar del boom de cocineres en redes sociales). En la actualidad, la ecuación de maximización de beneficios no tiene en cuenta el costo ambiental por la forma de producción, pero si entendemos que las problemáticas ambientales afectan la calidad de la salud de la población y, como se dijo anteriormente, esto trae consecuencias negativas sobre la economía. Se vuelve fundamental incorporar un nuevo costo a la ecuación.

Ilustración de: @dinholascoski

Todavía falta una conciencia colectiva real de los múltiples beneficios que puede generar el aumento de la protección del ambiente. Sabemos que depende tanto del Estado como de les científiques y divulgadores, pero principalmente de quienes se encuentran más familiarizades con las ideas del ambientalismo. En este sentido, la juventud adquiere un papel relevante como el sector de la sociedad que mayor cercanía viene teniendo con las problemáticas ambientales. Somos quienes incorporamos la lucha por las injusticias para hacerlas parte de nuestra militancia, y las injusticias ambientales no pueden quedar afuera. Sabemos que el cuidado del ambiente es también cuidar nuestro propio futuro, que los procesos ambientales no se dan de manera abrupta pero las consecuencias aumentan año a año. 

Si nos toca levantar las banderas de las luchas ambientales, es necesario que sepamos a quién nos enfrentamos. ¿Quién tiene que pagar los platos rotos de décadas de contaminación? Son los países que se desarrollaron a costa del ambiente y ahora son más sustentables quienes tienen la mayor responsabilidad. Desde este lado del mundo  nos preguntamos: ¿para qué los países en vías de desarrollo tienen que buscar la forma de hacerlo de manera sustentable? Seguro la respuesta no esté en cumplir parámetros internacionales, cuando lo que está en juego es la salud de nuestra población.

Bajo este panorama las preguntas se multiplican ¿cómo producir sin perjudicar al ambiente? ¿Cómo hacer más sustentables las industrias?  

¿Cómo producir sin perjudicar al ambiente? ¿Cómo hacer más sustentables las industrias?

Ya quisiéramos tener las respuestas a estas preguntas y mandárselas a Alberto vía Twitter, pero no es el caso. La salida que encontramos no es otra que la acción colectiva para incorporar en las prioridades del Estado el ciudado del ambiente, difundir la responsabilidad ambiental, pensar nuevos modelos productivos más sustentables, orientar nuestras investigaciones hacia ese horizonte y trabajar en conjunto con el sector productivo para modificar las prácticas actuales.

Tal vez no sea tan imposible imaginar una transición hacia una forma de producción más ambientalmente sustentable. 

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