Diálogos presentes: Belén López Peiró

Ponerle luz al monstruo debajo de la cama

Belén López Peiró irrumpe en el panorama literario nacional hace dos años con Por qué volvías cada verano, su primera novela, que además es una denuncia. En ella, relata los abusos sufridos a  manos de su tío durante la adolescencia. La semilla de escritura se da en el marco de una convocatoria de Abuelas de Plaza de Mayo que buscaba textos sobre la identidad. En esta operación doble -o quizás infinita-, la escritora resignifica la suya, toma su historia y la convierte en narrativa polifónica, introduciéndonos en los claroscuros que implica un abuso: las trabas de la justicia, las tensiones familiares, la duda sobre el testimonio, la imposibilidad de hablar, los contextos que favorecen los silencios. Escritora feminista, la prosa de Belén nos invita a reflexionar sobre una historia que es suya, pero en parte le pertenece también a otras. 

¿Cuándo un hecho literario se convierte en un hecho político? 

Un hecho literario se convierte en un hecho político cuando tiene una incidencia, cuando es disruptivo, cuando pasa de solamente ser un hecho estético -que de por sí solo sería suficiente- a un segundo momento en el que también viene a decir algo socialmente. En este caso, viene a decir que la gran mayoría de los abusos son intrafamiliares, que es necesario un contexto que haga posible ese abuso, viene a usar un lenguaje provocador, viene a decir que dejen de mirar a un costado, que dejen de hacerse los boludos, que el abuso es una problemática muy importante en la Argentina. Viene a decir que la justicia nos revictimiza, viene a hablar también de la policía. Yo creo que propone muchas cosas, y en la medida en la que viene a decir algo con todas las palabras, en ese momento se convierte en un hecho político.

En tu novela, utilizás el borramiento de nombres como recurso. ¿En qué medida esto es una búsqueda de crear una identidad colectiva? 

Tiene que ver con dos cuestiones; en primer lugar, con no pensar en una lectora o en un lector pasivo, sino en que se tratara de un texto que pudiera interpelar de tal manera que cualquiera pudiera relacionar quién hablaba y en qué momento. No entregar todo en bandeja; entender la lectura como un proceso creador, como parte de la escritura. Y después, por otro lado, también tuvo que ver con que podía confundirse por momentos si se trataba de una tía, de una amiga, de una mamá, se podía no saber…pero, en definitiva, ¿importaba? Y, en tercer lugar, el hecho de que no era relevante si era yo la protagonista. Porque esa madre no necesariamente era mi madre, sino que era una historia común a todas las mujeres que alguna vez vivimos violencia, no únicamente abuso. Por eso la polifonía.

No entregar todo en bandeja; entender la lectura como un proceso creador, como parte de la escritura.

¿Qué lugar le otorgás a la literatura de no-ficción? 

Hay cada vez más literatura del estilo y también literatura de autoficción, un poco siguiendo la impronta que tenemos en Argentina, donde la no ficción tiene mucho que ver con la denuncia, y que con los años fue creciendo, se fue transformando. Operación masacre, de Rodolfo Walsh, salió años antes de A sangre fría (Capote), que es considerado como uno de los primeros hitos del género. Una mujer que hace no ficción y yo admiro mucho es María Moreno. Es un poco difícil de categorizar, yo vengo a decir que es no ficción para contar que es un hecho que pasó y que está narrado con herramientas de la literatura. Creo que es revelador y puede tener una función de denuncia, por lo menos en mi caso fue así. Un hecho que parte de la verdad puede ser tan bello estéticamente como una ficción, la conjunción de lo periodístico y lo literario puede generar esto también, pone en debate otros temas, la veracidad, lo verosímil, la delgada línea, hay un montón para indagar todavía.  

¿Dónde termina la lectura y empieza la escritura?

Ese límite está cada vez más difuso. Si bien siempre leo y disfruto, muchas veces lo hago como escritora y digo “che, qué buen recurso”. Otras me digo para, disfrutá un poco lo que estás leyendo, pero la realidad es que ya casi no leo si no tengo un lápiz a mano. Eso también es hermoso, y creo que también por eso me gusta ese tipo de literatura, la literatura que viene a provocar algo en el lector, que lo agarra con lápiz en mano y escribiendo al borde de la hoja porque le generaste algo. Eso es lo que más me mueve, poder provocar algo que despierte a un lector. Cuando el lector se confunde con el escritor y viceversa, eso es maravilloso.  

“Cuando el lector se confunde con el escritor y viceversa, eso es maravilloso.”  

En el marco del aislamiento, ¿dónde queda en un contexto angustioso y tan lejano a la normalidad la literatura?

Siempre consideré la lectura como algo fundamental. Si escribir es mi forma de pensar o entender con claridad, creo que la lectura abre una infinidad de mundos posibles. Para comprender qué era lo que me estaba pasando con el encierro los primeros días -en este leer o no leer, hacer o no hacer, la incertidumbre- me encontré leyendo crónicas sobre lo que estaba pasando, casi en tiempo real. La literatura también sirve para eso, los libros nos sumergen en realidades posibles. Lo que nos pasó a muches en este contexto es que la realidad era tan distópica que por ahí ni siquiera parecía verosímil para nosotres vivirla. Entonces lo que pude leer me sirvió mucho, aunque sea para abstraerme unos momentos, para poder pensar en otra cosa, para poder leer otra historia. Eso en este tiempo es fundamental.

Como recomendación, nos comparte Mirarse de frente, de Vivian Gornick, ensayos narrativos sobre los inicios en el feminismo. “Me gustan los libros que se vuelven espejo, que ayudan a pensar mejor cuestiones personales”. 

¿Cómo podemos pensar el aislamiento en relación a la violencia de género? 

Las cifras indican que durante todos estos días de encierro los llamados a la línea 144 subieron, los ingresos a refugios de víctimas también. Hay un femicidio cada 32hs, la gran mayoría se produce en casas y los responsables son parejas o exparejas. La sociedad no está concientizada sobre que la violencia proviene mayormente de personas cercanas; me parece que a esta altura eso es haber desoído el grito que estamos dando las mujeres hace años, pero principalmente desde el primer Ni Una Menos en junio de 2015. ¿Cómo no van a aumentar los casos de violencia si más del 80% de los abusos son intrafamiliares? El tema es que el pedido de ayuda escasea en contexto de encierro. Por eso siempre pienso en que el desafío es tejer redes de contención, para llegar también a donde el Estado no está llegando. Muchas veces podemos salir del silencio de la mano de una amiga, de una compañera, de una mamá que nos hace una pregunta, como fue en mi caso. Donde no hay una casa de alojo disponible, donde llamar al 144 no se puede, lo que yo propongo es no mirar a un costado. Si escuchamos, leemos y sabemos que hay una mujer que necesita ayuda, poder proponer una alternativa por lo menos momentánea, no hacer como si no pasara.

Fotógrafo: Leandro Binetti

Belén, a sus 28 años, publica en un tiempo en el que las escritoras argentinas se han vuelto el centro del panorama literario, con exponentes como Gabriela Cabezón Cámara -en cuyo taller se empieza a gestar Por qué volvías cada verano-, Camila Sosa Villada, Ariana Harwicz, Selva Almada, Samanta Schweblin, María Gainza, Mariana Enriquez, entre muchas otras. 

¿Qué importancia le otorgás a la popularidad de las escritoras argentinas en los últimos años? 

Para mí es una alegría que las mujeres de la literatura argentina sean las ganadoras de los premios, las reconocidas a nivel internacional. A la literatura, en un principio, solo podía acceder un público bastante reducido de la clase media alta, y por lo general varones. El siglo XX está marcado por eso, quizás con excepciones como las Ocampo, pero siempre en un ámbito reducido y de privilegio. Hoy eso se está ampliando lentamente. Tampoco vamos a hacernos las boludas y decir que la literatura es para todes, porque no, ¿quién va a leer y escribir si no tiene un plato de comida?, pero sí cada vez hay más acceso. También se debe a que surgen más editoriales independientes, si bien la industria editorial ahora está pasando por un momento de crisis, hay mucha producción.

¿Y a les escritores jóvenes? 

Lo que empiezo a ver con los jóvenes que estamos publicando es que no le tenemos miedo a narrar la intimidad: nos atrevemos a eso, no sentimos ese pudor o esa reserva. Las generaciones de nuestros padres, de nuestros abuelos, se caracterizan mucho por esto: nosotres pareciera que vinimos a ponerle luz al monstruo que hay debajo de la cama, a levantar las alfombras y ventilarlas. Tampoco por eso me gusta caer en la responsabilidad, porque también me gusta la literatura por la literatura en sí, no la literatura con un fin de utilidad. Muchas veces surge la pregunta en mis talleres de escritura sobre si lo que estoy haciendo va a servir para algo. Yo creo que por ahí eso es anecdótico, lo que sí pienso es que somos una generación que le viene poner voz a muchos silencios. Lo que por lo general propongo en mis talleres es la perspectiva de género. No significa escribir historias que tengan que ver únicamente con el género, se trata de repensar el orden y la alteridad, de afinar el ojo y que puedan observar siendo conscientes de esa elección.

“Somos una generación que le viene poner voz a muchos silencios

Belén también dicta talleres de escritura no-ficción grupales desde hace dos años, en los que “hay muchas voces queriendo salir a la luz y estamos trabajando para eso”. A las pibas que empiezan a escribir, les dice que al hacerlo “no piensen que sus lectores van a ser sus familias, porque eso inhibe”. Ella misma una voz insurgente, joven, profundamente honesta y avasallante, precisa y sin miedos, se inserta con una personal e indudable potencia en el porvenir de la literatura nacional.

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