18m2 de emancipación- Vivienda parte 2

Hace poco más de un año, y con el objetivo de incorporar a que más personas vivan en la Ciudad de Buenos Aires, se aprobó el nuevo código de edificación de CABA, que permite la construcción de una unidad mínima -monoambiente- de 18m2 más un baño, cuando antes de mínima se permitía 28 m2. Es decir, donde antes se construían dos monoambientes de 30 m2 aproximadamente, hoy se construyen tres. 

En sintonía a lo comentado en la anterior nota “La mano invisible del Mercado (Inmobiliario)” el mercado acomoda su margen de ganancia, aumenta la rentabilidad y logra construir la mayor cantidad de departamentos por edificio, viviendas a las cuales accedemos para lograr esta tan ansiada autonomía y emancipación. Esta alternativa – que pareciera ser la única salida viable – se promociona como la posibilidad de acceso a una nueva vivienda con potencialidad de generar nuevos espacios flexibles, de lograr que toda tu vida diaria se resuelva en un mismo – y reducido- espacio. En el fondo esto vuelve nuestro presente bastante angustiante: la libertad de nuestra emancipación se encuentra recortada por el mercado.

“En definitiva, el nuevo código propuso una nueva manera de construir para que el mercado pueda seguir definiendo nuestra forma de vivir.”

En definitiva, el nuevo código propuso una nueva manera de construir para que el mercado pueda seguir definiendo nuestra forma de vivir.  Habla de dimensiones mínimas de las unidades, pero no garantiza cómo compensar las necesidades de la vida cotidiana y doméstica dentro del edificio con complementos de los servicios, zonas para recibir visitas y lugares de estudio. En estos nuevos edificios, aparecen las famosas amenities (pileta, sum con parrilla, laundry) como intento de satisfacer estas necesidades, cuando la realidad es que encarecen nuestras expensas. Sumado a que muchas veces hay que pagar un adicional para darle uso a esos espacios comunes, terminamos sin habitarlos.  

Entendemos que esta alternativa finalmente no funciona, que nos obliga a hacer muchas de nuestras actividades por fuera de nuestra casa, no solo por necesidad propia, sino también para el encuentro con les otres. Es lógico que para juntarnos con un grupo de amigues los 18m2 nos resulten bastante limitados e incómodos. Si a esto le sumamos vivir con otra persona dentro de un monoambiente, la convivencia se vuelve aún más hostil y termina convirtiéndose en una pelea por el espacio.

Ilustración de Agustina Wilfrido

En este contexto de pandemia, donde no podemos salir de nuestras casas, se vuelve complejo poder continuar con nuestras responsabilidades, quehaceres, ocio y descanso.

¿Qué pasa cuando tenemos que trabajar en un mismo espacio? ¿Qué sucede cuando nos atraviesan distintas obligaciones en diferentes horas del día? ¿Cómo se desarrolla todo esto dentro de ese espacio? Si no fuese por la pandemia probablemente estaríamos la mayor parte del día afuera, pero ¿cómo hacemos para vivir en un espacio que nos es insuficiente de por sí?

La respuesta a todas esas preguntas por ahora es un gran hacemos lo que podemos o, en realidad, hacemos lo que el mercado y sus límites nos dejan. Estos son algunos de los desafíos y problemáticas que atravesamos les jóvenes a la hora de querer independizarnos y el alquiler de estos espacios es lo que se nos ofrece como única posibilidad para poder acceder a nuestro primer hogar.

 “¿cómo hacemos para vivir en un espacio que nos es insuficiente de por sí?”

Frente al aislamiento obligatorio, muches jóvenes vivieron un impacto económico y la dificultad de poder pagar su alquiler. Algunes, con suerte, pudieron continuar con su empleo vía home office esperando que su sueldo no se vea modificado. Un gran porcentaje sufrió un receso de actividades y se quedó sin ingresos para poder solventar sus gastos de primera necesidad, como el pago de los alquileres. Por tal motivo, a través del DNU de emergencia pública, se determinó por seis meses evitar los desalojos, prorrogar los contratos y también el congelamiento de los precios de alquileres vigentes al 30 de marzo. Es decir que hasta el 30 de septiembre seguiremos pagando el mismo alquiler que pagamos en marzo y no pueden echarnos de nuestras casas. – ¡Una buena!

Ahora bien, esto es un respiro momentáneo: pasada esta fecha, habrá que abonar la diferencia del monto pactado contractualmente y el que se haya pagado producto del DNU.  El pago se podrá hacer en cuotas mensuales, iguales y consecutivas de al menos 3 meses y como máximo 6, empezando a abonar la primera en la misma fecha del vencimiento que corresponda al mes de octubre. Esperamos entonces poder estar trabajando y poder estar haciéndolo con un sueldo mejor que el que teníamos previo a la cuarentena. (Ja! Supón, no?) En fin, mucho futuro para este presente. Todavía falta.

Este DNU abarca todo el universo de inquilines, siempre y cuando estén dentro del acceso formal a la vivienda con contratos estipulados. Este conjunto va desde jóvenes que alquilan un piso costosísimo de Puerto Madero hasta aquelles que ya trabajando todos los días no llegaban a fin de mes y ahora se encuentran en una situación aún peor. El DNU no contempla ninguna herramienta para probar la imposibilidad de trabajo, un despido producto de la pandemia, recorte de horas: se aplica a todes por igual. 

“Está claro que el decreto da un margen general, pero el problema y la complejidad de los sistemas de alquiler en CABA es un poco más amplio.”

Está claro que el decreto da un margen general, pero el problema y la complejidad de los sistemas de alquiler en CABA es un poco más amplio. La diversidad del universo de inquilines es casi inabarcable para esta nota y requiere de un análisis bajo datos actualizados. En esta línea la organización Inquilinos agrupados realizó en enero de 2018 la primera Encuesta Nacional a Inquilinos [1] por Internet, que obtuvo 19.000 respuestas. La encuesta  consiguió llenar un vacío de información que hasta el día de hoy era solo rescatado por las inmobiliarias para ser usado a fines comerciales.  

Pero nos preguntamos: ¿qué pasa con aquelles jóvenes que acceden a las viviendas de manera informal? ¿Qué pasa con les inquilines que no firmaron contratos y solo hicieron un acuerdo de palabra? 

Esta pregunta nos lleva a un mundo de conflictos aún mayor. Las opciones son múltiples y quienes acceden a una vivienda bajo algún tipo de informalidad quedan a merced de le dueñe. En varias circunstancias les jóvenes se encuentran desamparades. También la autonomía ejerce un valor frente a la necesidad de tener un hogar propio. Quien accede a una vivienda -o a veces un cuarto- de manera informal vive con miedo a quedarse sin casa; si en algún momento no pueden pagar el alquiler, le dueñe puede echarlo sin previo aviso. 

Ilustración de Agustina Wilfrido

A las puertas de una nueva Ley de Alquileres, la pandemia nos empujó hacia otra necesidad de regulaciones. La urgencia nos llevó a reencontrarnos con el lugar por el cual pagamos para vivir y convertirlo en nuestro espacio público y privado. 

En esta situación, no vemos como imposible retroceder en lógicas de construcción que llevan a condiciones de cuarentena estrechas, y tampoco parece tan alocado transformar las lógicas de alquiler en una forma de vida estable, sana y disfrutable. 

Si el alquiler llegó para quedarse, nosotres nos quedamos en casa, pero con nuestras condiciones. 

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