La marca de la gorra

¿Queremos una policía? ¿Para qué? ¿Se puede entender al sujeto policía separadamente de la institución policía y de su conducción, el Estado que monopoliza la fuerza?

Abordar el problema policial desde una óptica que supera dicotomías simples; encontrar cauces para un control eficiente, civil, democrático, y popular de las FF.SS; buscar políticas que cuiden a las fuerzas genuinamente, y las pongan al servicio de la comunidad, debe ser un objeto de discusión política entre los sectores que, ampliamente, podamos llamar del “campo nacional y popular”. Simplificar el tema es regalar espacios de discusión tanto a la retórica simplificada “antiyuta” de determinadas izquierdas alejadas de la realidad, como a los sectores del punitivismo más rancio. 

¿Policía? ¿Para qué?

Un ex policía mexicano, apartado ahora de la razzia y la lancha, se dedica a dar charlas TED sobre la reconciliación de fuerzas de seguridad y sociedad civil. Las inicia siempre igual: pregunta a su auditorio de clase media, jóvenes, blancos, estudiantes si algune quiere ser policía. Se alzan dos, tres, pocas manos. Pregunta quién quiere que sus hijes sean policías. Las pocas manos alzadas bajan. Pausa, mira, y pregunta quién quiere salvar vidas. El golpe de efecto es obvio; todes alzan la suya. 

Mira a su auditorio, y les dice que la función de la policía es salvar vidas

El análisis es limitado, obviamente, y efectista. La Policía no existe sólo para salvar vidas. Pero sí nos pone de relieve un debate que hay que dar: ¿para qué queremos una Policía? ¿Como garante del orden público? ¿Como equipo de respuesta de emergencia? ¿Como una manta frente a ése particular eje de maldad que, bien representados por los medios, es la delincuencia callejera, encarnada en el punga, el motochorro, y las entraderas? 

En “Elogio a la policía del cuidado”, se habla de la función de cuidado de las fuerzas de seguridad. La disyuntiva poli-bueno/poli-malo es obvia leyendo medios orientados más o menos al punitivismo o al garantismo: tareas de cuidado, heroísmos individuales y vocación de servicio; frente a corrupción, violencias institucionales; la maldita policía.

La disyuntiva poli-bueno/poli-malo es obvia leyendo medios orientados más o menos al punitivismo o al garantismo.

Al interior de las fuerzas, observamos una diversidad de objetivos, intenciones, subjetividades que no parecen remitir a una unidad de conducción. Es interesante pensar que hay una vuelta de tuerca que dar: ¿Para qué está? ¿Para salvar vidas? ¿Para cuidar? ¿Qué políticas públicas son deseables en tal sentido? ¿Qué cambia? ¿Es la misma policía? 

Quizás lo que cambia no es la Policía en sí, ni el sujeto policía; lo que cambia es la conducción táctica y la conducción estratégica de las fuerzas. A nivel táctico, las fuerzas se organizan en varios niveles: las direcciones y superintendencias, y territorial: comisarías, delegaciones y destacamentos. La lógica organizativa de las fuerzas excede este texto, pero es importante recordar que la autonomía de los mandos policiales existe; y por sus propias características es poco permeable a la injerencia externa. Los vínculos con la delincuencia son, por su propia naturaleza, personales. Esa construcción táctica es también la que genera respuestas contradictorias; por eso, hay barrios mejores y peores para delinquir, para desarrollar actividades económicas informales, para traficar, para vivir siendo blanco o blanca y para vivir siendo negro o negra. 

La presión civil sobre esas estructuras de poder es habitualmente la que altera la lógica operativa; tanto a nivel global, como a nivel particular.

La presión civil sobre esas estructuras de poder es habitualmente la que altera la lógica operativa; tanto a nivel global, como a nivel particular; un pibe fusilado cambia radicalmente la composición del territorio. La sociedad civil, opina, presiona; los vecinos del territorio estallan, toman la comisaría. A su vez, delitos particularmente sensibles, y bombeados desde la maquinaria mediática, generan sentidos opuestos: la lógica de aplaudir el fusilamiento o de tomar el linchamiento como respuesta frente a una percibida ausencia del Estado. Ahí es donde la lógica de control popular toma una dimensión clara sobre la incidencia en la policía concreta; y ahí es donde la lógica de construir una política de diálogo y control desde la sociedad civil con las fuerzas toma sentido, articulada con una visión estratégica y táctica de qué policía queremos.

La táctica – sea en el control del espacio público, sea en la represión del amplio arco de la ilegalidad – dialoga necesariamente con la sociedad civil, y al mismo tiempo, con la conducción estratégica, esto es, con las políticas públicas, promulgadas desde el Estado municipal, provincial o nacional.

La táctica, sea en el control del espacio público, sea en la represión del amplio arco de la ilegalidad, dialoga necesariamente con la sociedad civil, y al mismo tiempo, con la conducción estratégica, esto es, con las políticas públicas, promulgadas desde el Estado municipal, provincial o nacional. Vayan dos ítems para pensar: por una parte, la lógica de quitar elementos letales a las fuerzas durante los operativos de control del espacio público durante el gobierno de Néstor Kirchner, que marca una línea estratégica política: que no haya muertos en la protesta social. Esto repercute directamente con el diálogo con los sujetos que la protagonizan: sin el elemento operativo armas letales, se desarman las narrativas de derecha, simbolizadas en el policía desbordado que hace uso del arma en un contexto de terror; y a la vez, permite un diálogo, que ya existía, aunque más condicionado. en un contexto de menor peligrosidad para les involucrades. Por otro lado, se quita la obligatoriedad de llevar el arma reglamentaria mientras les funcionaries de las fuerzas no se encuentran en servicio. El CELS compila datos de letalidad policial, esto es, de particulares que mueren violentamente por une funcionarie de las fuerzas, y de funcionaries abatidos en hechos de violencia. 

Si miramos los números, la baja en la tendencia de funcionarios abatidos tiene una correlación directa con las políticas de desescalamiento; a partir de 2003, la baja en los casos de muertes violentas de particulares tiene un correlato directo con la baja en los casos de funcionarios abatidos. 

Como contracara, podemos nombrar la doctrina Chocobar, y la lógica de cuidar a las fuerzas de la gestión de Patricia Bullrich, que se pone de relieve con el caso de Santiago Maldonado: se opera en el sentido de que el uso de la fuerza va a estar justificado, defendido y levantado como bandera desde el Estado. El tribunerismo punitivista no es nuevo; sí es nueva su aplicación explícita y reivindicada por buena parte de la sociedad en democracia. Como política pública, un análisis de cifras remite a que los propósitos de la Policía (salvar vidas, controlar el espacio público, servir a la comunidad) dejan de cumplirse; las cifras en la cantidad de policías abatidos no se alteran fuera de los marcos de las fluctuaciones normales; los números de heridos crecen. Las organizaciones políticas empiezan a considerar la autodefensa como primordial; el miedo a la policía se hace cuerpo en el miedo a ser lastimades, vulnerades fìsicamente. Una generación que había ingresado a la política sin el fantasma represivo vuelve a tener miedo un 24 de Marzo; madres y padres miran las escenas de las movilizaciones con la angustia de ver lastimades a sus hijes. Recomienza la idea de unas Fuerzas de Seguridad esencialmente malas. Al mismo tiempo, la lógica de disminuir la peligrosidad de las interacciones se rompe: así, la confianza de la sociedad civil en sus fuerzas de seguridad disminuye. 

De los datos podemos aproximar alguna hipótesis: las lógicas de proteger las fuerzas sosteniendo y reivindicando la violencia institucional tienen nula incidencia en los números absolutos de la violencia, y generan una brecha de entendimiento entre los actores de la vida civil y las fuerzas; el factor objetivo tiene alteraciones irrelevantes. En cambio, el factor subjetivo se traduce en menor diálogo, menor efectividad de las políticas de seguridad, menor transparencia y democracia. 

Las lógicas de proteger las fuerzas sosteniendo y reivindicando la violencia institucional tienen nula incidencia en los números absolutos de la violencia.

Entender que los tres factores: conducción táctica, estratégica, y diálogo y control con la sociedad civil dan por resultado la Policía que tenemos parece un buen comienzo para discutir entonces quién es ese ente policía, y como disputarlo políticamente. Es imprescindible correrse de la lógica de antagonizar constantemente entre civiles y policías, de un lado y otro, desde la conducción estratégica, táctica, la organización popular, y la opinión pública, para encontrar caminos de diálogo entre los sujetos afectados. 

¿Y si es un policía, no toda la institución?

La ministra de Seguridad, Frederic -antropóloga, de Puán, y del CELS- está lejos del perfil habitual de la cartera de Seguridad: viene representando una política de salvaguardar la institución frente a las individualidades policiales. Retomamos el concepto de conducción estratégica: la lógica política es que la policía salve vidas, no que las quite. Así, las lógicas de violencia institucional obtienen una respuesta fuerte desde el Estado: se separa a los policías denunciados, se subsana el hecho, y se sostiene el trabajo invisible de les miembros de las fuerzas que mantienen el control del espacio público desde un lugar de cuidado. Se cuida la Institución más allá de los elementos individuales. Ésta política cuida a las fuerzas desde un lugar que no implica avalar la violencia institucional; más bien, ayuda a los buenos, castiga a los malos, corrige a los dudosos (Marcos Molero dixit).

Cuando absolutizamos el problema de las fuerzas y lo convertimos en un monolito, inamovible, sin contradicciones internas, sin conducciones estratégicas y tácticas, con diálogos con amplios sectores, limitamos el universo de lo posible a dos posturas: la abolición, o la aceptación; obviamos las políticas públicas que puedan, en efecto, transformar la realidad

Comenzar a pensar las Fuerzas de Seguridad como un territorio en disputa, viendo como las políticas públicas dan resultados reales.

Comenzar a pensar las Fuerzas de Seguridad como un territorio en disputa, viendo como las políticas públicas dan resultados reales; orientar el debate hacia el terreno de que lo bueno, lo deseable (una policía en diálogo, con función de servicio, de cuidado), se aúne a lo útil (fuerzas más cuidadas, espacio público más seguro), sirve como punto de elaboración para pensar políticas de seguridad pública que puedan comprender a todes, que tenga como horizonte la eliminación de la violencia institucional como política de Estado, con un plan concreto de construcción de qué fuerzas queremos. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: