Despojate de toda esa Europa que no deja ver

La reforma universitaria de 1918, así como la democratización de las universidades y su condición de gratuidad llevada adelante en 1949 por el gobierno peronista, se constituyeron como hitos históricos que definieron un modelo de universidad. Fue así como muchas de las casas de estudios se dispusieron a trabajar por la soberanía tecnológica, el desarrollo económico y la solución de las problemáticas sociales. Este modelo fue interrumpido por las diversas dictaduras militares: en 1955, se persiguió a intelectuales y a científicxs; en 1976, la dictadura satelizada por Estados Unidos con el Plan Cóndor fue aún más sangrienta, muchxs científicxs se exiliaron o fueron desaparecidxs. Los golpes de estado destruyen, así, la unión entre universidad y comunidad. La torre de marfil con investigadorxs aisladxs del pueblo no solo se vuelve algo inútil, sino que profundiza la dependencia tecnológica del país. Su correlato económico es de tipo neoliberal: consiste en destruir la industria nacional, centrarse en la producción de materia prima y achicar el Estado. 

En términos generales, la matriz de conocimiento nacional corre el riesgo de cerrarse sobre sí misma para quedar al mando de unxs pocxs que terminan mercantilizando sus fines. Para que esto no suceda, es necesario que la universidad se construya de abajo hacia arriba, es decir, con amplia participación estudiantil de vocación crítica, en un contexto democrático. Pero a su vez de afuera hacia adentro, en un permanente trabajo en conjunto con la comunidad, para que se puedan identificar las necesidades sociales.  

El filósofo Santiago Castro Gómez sostiene que muchas veces la universidad en Latinoamérica tiende a reforzar la hegemonía cultural, económica y política occidental. Hay un concepto muy interesante que explica este fenómeno, “la hybris del punto cero”: fue la forma ontológica que tomó el conocimiento aproximadamente entre los años 1400 y 1700, aunque residualmente siga perdurando hasta hoy en la disciplinarización del conocimiento y en la estructura universitaria. Esta noción hace desaparecer la concepción orgánica que existía sobre la relación entre la naturaleza y el hombre. Ahora es la naturaleza la que se estudia, pero desde la distancia correcta, desde la matemática, como si ese fuera un lugar sagrado, en el cual no existe la contaminación de lo que se está conociendo. Esa distancia entre el sujeto que conoce y el objeto es la que permitiría la objetividad.  Los olores, los sabores, las pasiones, los colores, lo corporal, se presentan para Descartes como un “obstáculo epistemológico”. Esta descripción puede parecernos lejana, pero: ¿no será el origen de ese supuesto lugar de neutralidad tan cómodo que algunxs eligen cuando se toca el tema de la política? La distancia necesaria para poder ver, entre el que ilumina y el iluminado. Es la forma de conocer que se desprende de la colonización, de la usurpación de estas tierras. Nuestra independencia, la que conformó el estado-nación, no es una garantía eterna, es más bien una lucha constante por la liberación. Quizás estas pequeñas líneas nos ayuden a pensar cuál es el origen de aquel aparente lugar neutro, sagrado, objetivo, de quienes acusan no tomar posición o postura política. 

Es necesario que la universidad se construya de abajo hacia arriba, es decir, con amplia participación estudiantil de vocación crítica, en un contexto democrático. Pero a su vez de afuera hacia adentro, en un permanente trabajo en conjunto con la comunidad, para que se puedan identificar las necesidades sociales.

Si la universidad no toma una posición política, si no trabaja en conjunto con el Estado, y con su comunidad, ese lugar lo tomará el mercado, las multinacionales, el establishment. Si la ciencia responde a una lógica mercantil, a los imperativos del mercado global, sesga la producción de conocimiento, anulando el diálogo, la acción y la reflexión para pasar a ser una microempresa prestadora de servicios. Es necesario entonces preguntarse qué universidad queremos: ¿una que tienda al individualismo, a la fragmentación de lazos, o una que responda a las necesidades sociales? Dora Barrancos (socióloga, investigadora, historiadora y feminista) sostiene que son “las necesidades sociales las que deben generar compromisos de conocimiento”. La universidad debería entonces responder a las necesidades populares y formar profesionales que puedan abordar las distintas problemáticas con una perspectiva de derechos humanos, género, interculturalidad, conocimiento de leyes pertinentes, entre otras. Este abordaje debería ser un proceso colectivo: junto a diversxs profesionales, realizando un trabajo transdisciplinario, con y para la comunidad. 

La transculturalidad es otro de los aspectos importantes para descolonizar el conocimiento. Es necesario hacer énfasis en que en la universidad debe existir una articulación de conocimientos ligados a las distintas culturas, a las distintas poblaciones. Se trata de ampliar el horizonte de conocimiento, no de reemplazar el pensamiento occidental por otro. Por ejemplo, si en psicología hablamos del sujeto sin explorar ni reflexionar, corremos el riesgo de quedarnos con un tipo de sujeto “universal” (hombre/blanco/heterosexual). Luego, si trabajamos con población migrante -la cual constituye el 4.9% de la población nacional- puede que le hablemos a un sujeto sin conocer sus intereses y particularidades. De allí se desprenden dos posibilidades: o que nuestro trabajo no sirva para nada o que violentemos a esa persona, a  su cultura y a su historia. 

En la universidad debe existir una articulación de conocimientos ligados a las distintas culturas, a las distintas poblaciones. Se trata de ampliar el horizonte de conocimiento, no de reemplazar el pensamiento occidental por otro.

Desde la transculturalidad y la transdisciplina existe una experiencia muy destacable en la UBA, “El Rol del Psicólogo en una Experiencia de Trabajo Interdisciplinario en la Comunidad” a cargo de Aldo Javier Pagliari. Es una práctica interdisciplinaria e intersectorial que busca repensar y construir el rol del psicologx como profesional de la salud en constante interacción con la población y lxs demás profesionales. Una de sus sedes es el CeSAC 20, ubicado dentro de la Villa 1-11-14 (cabe destacar que la primera construcción del CeSAC 20 fue llevada a cabo por lxs mismxs vecinxs). De forma sintética, podemos pensar cómo esa población se organizó frente a una necesidad para, en un trabajo mancomunado con otros actores, pasar a ser uno de los Centros de Atención de la Salud más importante de la ciudad. Hoy, en el contexto de emergencia sanitaria y económica al que nos arroja la pandemia, se hace necesario que la universidad utilice su estructura para dar soluciones a los problemas. Ya se están viendo frutos de este trabajo: alcohol en gel, respiradores, promotores de salud, entre otros.

En esta dirección, la campaña Universitarixs y Cientificxs Solidarixs está llevando a cabo una campaña formada por docentes, no docentes, estudiantes e investigadores de la universidad pública que deciden poner el cuerpo y realizar acciones concretas y articuladas que respondan a las necesidades de los distintos territorios. Mediante donaciones y distribuciones de recursos buscan generar un lazo solidario con el otrx. El gremio docente Feduba, junto a las organizaciones estudiantiles del campo popular CIDAC (Centro de Innovación y Desarrollo para la Acción Comunitaria) de la Facultad de Filosofia y Letras de la UBA forman parte de UyCS y tienen una larga trayectoria de trabajo en la comunidad, con equipos que trabajan desde “Economía Popular, Trabajo y Territorio”, “Salud Mental Comunitaria” y “Educación, genero y sexualidades” entre otros, mostrando una manera novedosa de inserción de la universidad en el territorio.

La universidad debería entonces responder a las necesidades populares y formar profesionales que puedan abordar las distintas problemáticas con una perspectiva de derechos humanos, género, interculturalidad, conocimiento de leyes pertinentes, entre otras. Este abordaje debería ser un proceso colectivo.

Los barrios más vulnerados son sectores en los cuales la población no cuenta con los derechos básicos que debieran ser garantizados. Las condiciones de hacinamiento influyen en la forma que tienen de atravesar el aislamiento y eso aumenta la desigualdad social. El gobierno de Larreta juega un rol de indiferencia ante estas cuestiones y son los comedores, merenderos, salitas quienes se ponen la comunidad al hombro y generan espacios para dar respuesta a las distintas necesidades.

En estos tiempos difíciles, de incertidumbre, núcleos de organización como Universitarios y Científicos Solidarios emprenden la tarea que Spinoza entendía como la transformación de las pasiones tristes (el odio, el egoísmo, la soledad) en pasiones alegres (el amor, la solidaridad). En palabras del general Perón: “No es el espíritu gregario individualista el que crea la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación, sino el espíritu de Solidaridad”.

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