FUERZA NATURAL

Los temas ambientales circulan por las redes, los medios de comunicación, las conversaciones entre amigues y -más que nunca- en la agenda pública. El 5 de junio es el Día Internacional del Ambiente. La pandemia dejó en evidencia lo que nos falta comprender sobre nuestra interacción como sociedad con los sistemas naturales. Parece obvio preguntarnos qué estamos haciendo las sociedades con la naturaleza. Pero queremos contestar primero ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de naturaleza? 

La idea de naturaleza no es estática ni unívoca. A lo largo de la historia, ha cambiado de sentido y significado según el contexto, lo que se traduce ineludiblemente en un cambio de nuestro accionar sobre ella. En el mundo occidental, en general, esta idea se construyó sobre los cimientos de una dicotomía con nuestra propia especie que hasta el día de hoy nos cuesta romper. Las concepciones y los modos en que interpretamos la naturaleza surgieron en distintos momentos sociopolíticos e históricos del mundo, pero muchas de ellas convivieron y aún conviven. 

¿De qué estamos hablando cuando hablamos de naturaleza? 

En la tradición judeocristiana, e incluso en corrientes del pensamiento griego, la naturaleza se interpreta como creación divina. La diversidad de especies y de ecosistemas eran obra  de un Creador y, en cierta forma, prueba de su existencia y su capacidad.

Con el surgimiento de la ilustración europea y la modernidad, la naturaleza comenzó a entenderse desde una óptica utilitarista. Toda su abundancia y biodiversidad existía para mejorar nuestras sociedades, para perfeccionarlas. Los recursos naturales eran un medio para el progreso y es por esto que el Hombre -la concepción de humanidad que imperaba en ese entonces- podía dominarla. 

Las críticas al progreso de la mano del romanticismo involucraron a la naturaleza, asociada principalmente con el daño ocasionado en las condiciones de vida por la revolución industrial. En contraparte, la búsqueda fue la de una naturaleza prístina, preservada y sin transformación. Es así como adquirió valor la naturaleza en tanto solemne, bella, apreciable por sus paisajes, disfrutable más allá del uso per se. 

Con la evidencia de las crisis ambientales hacia mitades del siglo XX, comienza una nueva preocupación por la naturaleza y, acompañada de nuevas disciplinas como la ecología, empieza a pensarse en términos de “ambiente” como un entorno complejo donde todos sus componentes interaccionan.

Los nuevos ambientalismos buscan posicionarse desde una perspectiva más integral, pero en la cotidianeidad nos cuesta incluirnos en la fórmula del ambiente.

El ideario de una naturaleza externa todavía nos acecha. Los nuevos ambientalismos buscan posicionarse desde una perspectiva más integral, pero en la cotidianeidad nos cuesta incluirnos en la fórmula del ambiente. Esto se evidencia principalmente en las grandes ciudades, donde en general se concibe la naturaleza como ajena, únicamente disponible alejándonos, viajando. Mirando así al mundo, pareciera que la naturaleza le pertenece sólo a las áreas protegidas, o incluso al ámbito rural, y que todo lo relativo a la urbanidad queda por fuera, inaccesible al plano natural.

¿De qué formas interactuamos con el ambiente?

El planeta se vincula de manera sorprendentemente eficiente con su biodiversidad. En cada ecosistema, las diferentes especies que lo habitan cumplen funciones que permiten un continuo flujo de materia y energía, de interacciones de todo tipo con el resto de los organismos que comparten hábitat, y conforman una red compleja de procesos que les permite sostener todos sus atributos ambientales cambiantes. Sin embargo, pareciera que somos la excepción a la regla: la naturaleza tiene una relación complicada con les humanes. Lo cierto es que nuestro rol en el ambiente no se circunscribe únicamente a nuestro componente biológico. La vida social nos fue transformando en seres cada vez más complejos, con diferentes lenguajes, religiones, sistemas de producción, cosmovisiones. Y, como hemos visto, con diferentes concepciones acerca de nuestro entorno. Con el desarrollo científico y tecnológico, la cuestión se pone todavía más interesante. Desafiamos las adversidades y los límites naturales construyendo ciudades adaptadas, medios de transporte, encontrándole cura a enfermedades, alargando la esperanza de vida, cultivando nuestro alimento, y hasta incluso diseñando semillas como más nos gusta.

En los últimos años, nuestros avances fueron bastante acelerados. Y nuestro impacto en el ambiente, también. Los grandes cambios en el uso del suelo, la emisión de gases de efecto invernadero, la degradación y contaminación ambiental, el tráfico de animales, la introducción de especies invasoras, la extracción de recursos naturales a tasas más veloces de lo que pueden regenerarse, son algunos de los disturbios que producimos cambiando la dinámica propia de los ecosistemas. Éstos, ante tantas nuevas perturbaciones, responden de maneras que desconocíamos, lo cual nos llena de incertidumbre y dificulta mucho predecir de qué forma nos impactará. 

Los grandes cambios en el uso del suelo, la emisión de gases de efecto invernadero, la degradación y contaminación ambiental, el tráfico de animales, la introducción de especies invasoras, la extracción de recursos naturales a tasas más veloces de lo que pueden regenerarse, son algunos de los disturbios que producimos cambiando la dinámica propia de los ecosistemas.

Si bien muchos cambios y fenómenos que catalogamos como “desastres” forman parte de la misma dinámica natural del ambiente, la magnitud a la que se expresan debido a nuestra actividad es abrumadora, tan así que la última era geológica que atravesamos se denomina “antropoceno” debido a que la humanidad es el principal impulsor de los cambios. Las consecuencias son numerosas: cambios en las temperaturas, sequías, inundaciones, pérdida de biodiversidad, erosión de los suelos y nuevas enfermedades. ¿Suena conocido? 

¿Qué nos toca construir?

La actualidad nos enfrentó a imágenes -y fake news- de una naturaleza idílica y resiliente que recupera su solemnidad con sólo unos minutos de descanso de la humanidad. ¿Cuál es la imagen de la naturaleza que tenemos hoy? Si las anteriores formas de ver el mundo nos trajeron hasta acá, quizás sea hora de cambiar un tanto el foco. Replantearse estas concepciones es de alguna manera el efecto de la pandemia que podemos aprovechar. 

Las problemáticas ambientales son problemáticas sociales que, como tales, dejan en evidencia las injusticias que se dan al interior de las sociedades. Y sin ir más lejos, los efectos del coronavirus están dejando al descubierto la exposición de los sectores más desplazados de nuestros centros urbanos. La repercusión de los efectos ambientales se dan en diferentes escalas y en diversos grupos sociales, pero no todos tendrán el mismo grado de vulnerabilidad y eso generará consecuencias diferenciadas. Las acciones en función de las problemáticas ambientales no pueden llegar después de que se produzcan las consecuencias, ya que estaríamos aceptando los riesgos que corren algunas poblaciones sobre otras. Anticiparse a los posibles desenlaces precisa del entendimiento del ambiente para mantener su estructura y sus atributos y frenar el deterioro.

Las problemáticas ambientales son problemáticas sociales que, como tales, dejan en evidencia las injusticias que se dan al interior de las sociedades.

Quizás el punto de partida para una nueva perspectiva es entender que es necesario el cuidado del ambiente y que esto nos incluye. Los efectos del deterioro ambiental en la salud no solo exigen el cuidado de quienes están más expuestos, también es necesario atender los entornos donde las sociedades desarrollan sus actividades. La nueva normalidad nos tiene que traer una nueva relación con el ambiente, con la producción, con el consumo y con la salud.

De todas formas, esto no tiene que excluir el resto de las perspectivas. Todas las ideas sobre la naturaleza pueden ser integradas y serán de utilidad dependiendo los objetivos de nuestras acciones. Para esto es importante tener en cuenta otras miradas, como la teoría ecofeminista, ya que las mujeres son uno de los grupos más perjudicados por las problemáticas ambientales. Desde esta perspectiva, el cuidado de la naturaleza no puede desentenderse de las múltiples opresiones patriarcales, por eso no puede ser una tarea que recaiga en las mujeres como usualmente sucede con el resto de las tareas de cuidado. El cuidado del ambiente nos incluye a todes.  

Además, es necesario incorporar otras cosmovisiones que posean otras formas de entender el entorno; muchas fueron negadas frente a la imposición de los conocimientos coloniales como los únicos válidos. La diversidad es una herramienta inevitable para lograr buenos resultados. Aproximarnos a múltiples marcos conceptuales nos conduce a que ninguna visión sea totalmente ni útil ni inútil, solo necesitamos ser crítiques de nuestras propias concepciones. Incorporar otras visiones que excedan lo que hasta hoy conocemos puede ser una llave que nos abra nuevas puertas. 

Referencias:

Castro, H. (2011) “Naturaleza y ambiente. Significados en contexto”. En: Gurevisch, R. (comp.) Ambiente y educación. Una puesta a futuro, Paidós, Buenos Aires, pp. 43-74

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