Mantenlo prendido fuego

Releo lo escrito y detecto que en la narración uso el plural y el singular indistintamente. A vos soy yo, y otras soy nosotras. Trato de ordenar el texto, pero no puedo. Seguramente use el plural para esconderme. Pero también me gusta sentir que el yo es parte de un nosotras. Entonces me permito esta posibilidad. La de soltar este texto siendo yo y siendo todas, para que entre todes podamos empezar a construir las redes y diseñar los caminos donde seamos capaces de repensarnos y de vivir con la libertad con la que nos deseamos.” Alejandra Iriarte.

“Él no se merece ni una palabra de este testimonio, que es todo mío. En cambio, sí lo merecen todas las que pusieron, ponen y pondrán el cuerpo para hacer de este mundo uno más justo. A todas ellas, me animo a decirles que esa pelea siempre vale la pena. El problema no son nuestras existencias, ni la política, ni la militancia. El problema es el machismo que aún nos mata, nos viola y nos calla.” Manuela Bares Peralta.

Aquí empiezan algunas palabras propias, algunas ideas, algunas alegorías y reflexiones. No pretenden ser un manifiesto ordenado y revelador, no pretenden echar luz sobre nada que no se haya ya dicho o pensado. Son un aporte más a un entramado colectivo de quien se sintió sostenida por otras y le surgió ponerle palabras a ello. Ponerle a nuestras experiencias categorías políticas, tanto como ponerle metáforas que nos ayuden a ilustrar, es también hacer nuestro aporte a ese gran fuego, que es más que la suma de cada leño encendido, más que la suma de las partes, de las individualidades que hacen al todo.

Poner en palabras…¿es una decisión o un mandato? ¿Somos menos feministas quienes no podemos o no sentimos que queremos hablar de la violencia que vivimos en este momento? ¿Sólo son nuestras propias palabras las que pueden reparar? ¿O puede existir también una red de palabras que sostiene, repara, libera, colectivamente? Y, en el reverso de las palabras: los silencios. Hay silencios que nos ayudan a encontrarnos, a ordenar pensamientos, a parar el mundo cuando lo necesitamos. También los hay de aquellos que duelen, arden, queman por dentro. Silencios cargados de impotencia, tristeza, dolor. En las emociones, pero también en el cuerpo. 

Poner en palabras…¿es una decisión o un mandato? ¿Somos menos feministas quienes no podemos o no sentimos que queremos hablar de la violencia que vivimos en este momento?

Y hay palabras que liberan. Propias o de otras u otres, con marcas parecidas a las nuestras en sus cuerpos, sus cabezas, sus emociones. Ahí te encontrás con lo que ya sabías en tu cabeza pero no podías terminar de hacerlo experiencia: no estás loca, no fue tu culpa. Como si las palabras fueran pedazos de leña que se suman a una llama que nos da calor, que nos reúne en torno a ella: el fuego inmenso de los feminismos que hace años crece. Podemos pensar el fuego como algo que destruye, y cuánto es necesario destruir de todo lo que traemos aprendido y vivido. Pero el fuego también es vida compartida, potencia, abrigo. Ese “y ahora que estamos juntas” que se resignifica una y mil veces.

Las palabras leídas también sanan, los relatos compartidos y escuchados también hacen bien; porque sanar es en espejo de otras. Hablar implica movilizar, exponer, ponerse en la primera línea de fuego, y no sólo no siempre queremos, muchas veces no podemos. Muchas veces estamos ocupando nuestro tiempo en sostener redes, construcciones, espacios y pareciera que para nombrarnos, pensarnos y sanarnos “no hay tiempo”, ni resto de energía. Las tareas se jerarquizan, y, aunque le demos batalla a eso a diario, tenemos, individual y colectivamente, muchas veces la sensación de que lo urgente pasa por otro lado y esto puede esperar. Ahí es donde los feminismos emergen y reparan una vez más: ya no más sola, ya no con los demonios gritando en tu cabeza, hay otras palabras en las que refugiarte.

El signo como arena de la lucha ( de clases en palabras de Voloshinov, contra toda opresión podemos pensar nosotres), la palabra, nos da cauce a todo esto, y ahí se vuelve política, pone rumbo, da potencia: lo personal es político, la biografía es política, nuestros cuerpos y sus padeceres y alegrías lo son.

Los feminismos nos permitieron dotar de categorías políticas aquello que nos vendieron como particularidades biográficas de las que éramos responsables, por las que mejor no victimizarse, porque mostrar “debilidad” siempre es un disvalor cuando estás por fuera de la norma. Nos permiten la reparación de la palabra colectiva, en donde si querés podés nombrarte, con nombre propio, y si no, refugiarte en tus compañeras. El signo como arena de la lucha ( de clases en palabras de Voloshinov, contra toda opresión podemos pensar nosotres), la palabra, nos da cauce a todo esto, y ahí se vuelve política, pone rumbo, da potencia: lo personal es político, la biografía es política, nuestros cuerpos y sus padeceres y alegrías lo son. Una remera que diga. Mil remeras que digan. Y que de tanto repetirlo, un día nos lo creamos también nosotras; dejemos de sentirnos las locas, las malas, las de los malos modos, las que no pudieron, las derrotadas.

Las ganas de sanar o de ponerle palabras a lo atravesado resuenan. Pero bienvenido cuando también resuena el alivio de por fin entender que no estás sola. Ponerle palabras también que destaquen, pongan en valor, celebren con bombos y platillos el hecho de que nos tenemos. Quiero repetirlo y gritarlo: nos tenemos. Porque aun cuando lo sabes, hay días que te olvidás. Porque aun cuando lo sabés, hay meses enteros de no sentirlo. Bienvenida la reparación de la mano de ese entramado de palabras colectivas, en donde si quiero puedo fundirme, sumar mi leña. Pero si no tengo leña, si aun mi leña está verde o mojada y necesitamos tiempo para que pueda aportar a ese fuego, ese fuego también es mío, también me da calor, también me refugia. Compañera, compañere, que nadie pregunte cuándo vas a tirar tu leña al fuego, que nadie se atreva a hacerte sentir que no es tuyo aun cuando sólo necesitás por un tiempo su calor sin que nadie haga preguntas.

Ponerle palabras también que destaquen, pongan en valor, celebren con bombos y platillos el hecho de que nos tenemos.

“Me encontré en tus palabras” es también enunciarse, decirse. Gracias infinitas a aquellas que nos dijeron y nos dicen, que nos enuncian y nos permiten enunciarnos en un mensaje privado por Whatsapp en el que les agradecemos por habernos prestado sus palabras para usarlas de refugio. Contar con ese fuego colectivo. No cargar a nadie con el peso de ser la única que lo lleve todo. Saber las que no pudimos aún ponerle voz que algún día podremos, y ese día tiraremos nuestra leña al fuego, para abrigar a las y les que lleguen, sin mirar si vienen con las manos llenas o vacías, sin preguntar nada. Solo abrir la ronda y convidarles el calor, que irá haciendo arder todo lo que no nos deja ser: nos reúne, nos ilumina y nos refugia mientras somos lo que somos e intentamos desde ahí construir ese mundo más justo, en donde todo sea calor compartido y ya nada no nos deje ser.

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