Más, me das cada día más

En las últimas semanas el “impuesto a las grandes fortunas” empezó a tener una mayor relevancia en la agenda mediática debido a la necesidad de recaudar fondos por parte del Estado nacional para destinar a los diferentes programas que intentan paliar las consecuencias de la pandemia. En una nota anterior1 intentamos explicar de manera sencilla las tres principales vías de financiamiento con las que cuenta el Estado en la actualidad y las consecuencias de cada una.

En primer lugar para entender la relevancia del sistema tributario es importante saber que el Estado necesita dinero para cumplir con las distintas obligaciones que tiene. Aquellas son, por ejemplo, el pago de jubilaciones, obra pública, sueldos de docentes, o gastos necesarios para mantener el sistema de salud público. Entonces, ¿Cómo hace el Estado para obtener ese dinero? Se financia principalmente de la recaudación tributaria, la emisión monetaria y la toma de deuda. 

Hoy en día la mayor parte de los ingresos provienen de la impresión de billetes, que a futuro puede traernos varias complicaciones por la presión sobre el tipo de cambio. El endeudamiento, mientras no se resuelva la reestructuración, no es una alternativa posible, y la recaudación a través de los impuestos ha caído considerablemente por la disminución de la actividad económica por la pandemia. Sin embargo, la recaudación de los impuestos puede jugar un rol importante de cara al futuro y es por esto que se instaló en la agenda la necesidad de una reforma del sistema tributario bajo ciertas premisas, pero teniendo en cuenta que el aumento de la presión tributaria no es algo que sea factible.

En el cuadro elaborado por Juan Manuel Telechea para el newsletter de Cenital del día 3 de junio podemos ver los distintos porcentajes de los gastos realizados por el Estado en el 2019 y, además, cuánto representa cada impuesto en la recaudación total de ese año. Entonces los gastos de mayor erogación que son los de la Seguridad Social y son principalmente las jubilaciones y pensiones. Entre las transferencias al Sector Privado podemos encontrar la AUH y el IFE, y las destinadas al Sector Público comprenden las realizadas a las provincias y universidades, entre otros. En contraposición, el principal ingreso por recaudación es el IVA, que tiene el problema de ser regresivo. 

¿Qué quiere decir que el IVA es regresivo? Un impuesto es regresivo cuando alguien que tiene un ingreso mayor termina pagando proporcionalmente menos que otre con un ingreso menor. Es decir que mientras más pobre sos, una mayor parte de tu ingreso será destinado a pagar el impuesto y, por el contrario, cuanto más rico sos, menos esfuerzo implica el pago del mismo. Los sectores con menores ingresos suelen destinar la totalidad del mismo a consumos inmediatos, es decir bienes y servicios y todos éstos son alcanzados por el IVA.

Un impuesto es regresivo cuando alguien que tiene un ingreso mayor termina pagando proporcionalmente menos que otre con un ingreso menor.

Para que quede más claro cómo funciona de forma regresiva el IVA vamos a desarrollar un ejemplo: el INDEC mensualmente elabora la Canasta Básica Alimentaria y la Canasta Básica Total2. En el mes de mayo para que una familia con dos hijes no queden debajo de la línea de pobreza debieron tener ingresos por $43.080,38. Como se mencionó anteriormente, la totalidad de este ingreso va a ser destinado a consumos corrientes, por lo tanto, teniendo en cuenta un IVA de 21%, deberán destinar $9.046,88 para pagar el impuesto.

En cambio, en una familia con mayores ingresos, el IVA se licúa, porque además de la compra de bienes y servicios, el dinero se invierte y/o se ahorra y no consumen todo lo que ingresa. Para seguir con el ejemplo anterior, si a una familia de igual composición tiene ingresos por $100.000 y tiene una capacidad de ahorro del 30%, destinarán $70.000 al consumo de bienes y servicios. Esto arroja que deberán abonar un total de $14.700 en concepto de este impuesto. Evidentemente esta familia pagará más en términos nominales de IVA ($5.600 más aproximadamente), pero, sin embargo, representa 14,7% de sus ingresos y no 21%, es decir es menor en términos proporcionales.

¿Desde dónde venimos y dónde estamos ahora?

En la década de 1930 frente a la disminución y el agotamiento de la recaudación de la Aduana por la reducción del volumen del comercio internacional, el gobierno se vio en la necesidad de incorporar el Impuesto a los Réditos (luego llamado Impuesto a las Ganancias) y años más tarde el Impuesto General a las Ventas. A su vez, en el año 1932/33 fundó la Dirección General del Impuesto a los Réditos (hoy es la AFIP) con el objetivo de organizar institucionalmente el sistema tributario. 

Desde esa fecha hasta el día de hoy la estructura impositiva fue cambiando, pero hay problemas que aún siguen sin resolverse. Por un lado podemos mencionar que nuestro sistema posee un sesgo regresivo y cuenta con serias dificultades para la fiscalización y recaudación de los mismos. En la actualidad, en Argentina están en vigencia 165 impuestos distribuidos en los tres niveles estatales: 41 nacionales, 39 provinciales y 85 “tasas” municipales que gravan la posesión o actividad según cada caso. De los 165 tributos que tiene nuestro sistema impositivo solo 11 explican el 90% de la recaudación.

De los 165 tributos que tiene nuestro sistema impositivo solo 11 explican el 90% de la recaudación.

Uno de los problemas que cuenta la estructura impositiva actual, para decirlo de una forma menos técnica, es que en proporción pagan más los que menos tienen. En síntesis guiño guiño, la mayor parte de la recaudación del Estado proviene de impuestos que no tienen en cuenta la capacidad contributiva de las personas. Los impuestos que recaen sobre los consumos generan más distorsiones en los sectores más vulnerables. Esto afecta no sólo a los hogares pobres sino también a los hogares monoparentales, es decir, aquellos en los que hay menores y están económicamente a cargo de personas de cualquier género que afrontan la maternidad o la paternidad en solitario, pero que se observa mayormente en las mujeres jefas de hogar. 

Otro aspecto importante es que el sistema impositivo argentino está conformado por un conglomerado de leyes que casi no tienen perspectiva de género. Es verdad que han habido reformas en este sentido, por ejemplo se pasan a gravarse las rentas de las personas humanas de forma individual y no en cabeza del marido, o con la sanción del matrimonio igualitario se vieron obligados a modificar los textos de algunas de las leyes para poder adecuarse. Sin embargo, en la actualidad la estructura de nuestro sistema está edificado sobre un modelo en el que el hombre es el proveedor y la esposa es la dependiente que se encuentra a cargo del cuidado y la atención del grupo familiar. Un ejemplo claro es que hoy en día a la deducción por cónyuge se la sigue denominando carga de familia.

La estructura de nuestro sistema está edificado sobre un modelo en el que el hombre es el proveedor y la esposa es la dependiente que se encuentra a cargo del cuidado y la atención del grupo familiar.

Finalmente, otro de los problemas que debemos tener en cuenta a la hora de una reforma es que la ineficiencia y dificultad del entramado del sistema tributario genera un problema de control que lleva a un mejor escenario para la evasión fiscal y por lo tanto, menor recaudación por parte del Estado para hacer frente a sus gastos.

A dónde queremos ir.

El impuesto a las grandes riquezas no es significativo en cuanto al nivel de recaudación, pero sembró la base para la discusión de los criterios que debería tener una reforma impositiva en nuestro país. Como fuimos mencionando a lo largo de la nota es necesario que a la hora de pensar en impuestos prevalezca el principio de progresividad. 

Necesitamos un sistema donde cada une aporte de acuerdo al nivel de ingresos que tiene, que sea equitativo y en el que nadie tenga que hacer más fuerza que otre. Un sistema con espíritu de justicia social, en el que el esfuerzo que cada une hace sea de acuerdo a su capacidad contributiva. 

Un sistema con espíritu de justicia social, en el que el esfuerzo que cada une hace sea de acuerdo a su capacidad contributiva. 

La nueva reforma impositiva requiere un desarrollo federal, que abrirá el debate sobre la siempre polémica coparticipación federal, sus críticas y la necesidad de rever el acuerdo según el cual se distribuyen los ingresos tributarios hacia las distintas provincias. 

Si el Estado quiere recaudar mediante impuestos deberá tener la estructura necesaria para poder controlar el cumplimiento de las leyes y desarrollar un sistema por el cuál sea fácil y sencillo su recaudación y posterior cobro para evitar la evasión y el mercado ilegal. 

Nuestra legislación tributaria no sólo debe modificar textos, conceptos e impuestos con el fin de reducir las desigualdades de género, sino que debe pensar en establecer criterios tendientes a disminuir las desigualdades entre varones y mujeres. Un ejemplo es la desgravación de los productos de higiene menstrual y del cuidado familiar como pañales descartables y leches maternizadas, y también la introducción de deducciones en los impuestos para familias monoparentales.

La reforma tendrá que dejar de ser un conjunto de parches instalados en emergencia: debe buscar que las empresas reinviertan sus ganancias, los impuestos deberán repensarse de acuerdo al tamaño de las empresas y a su localización geográfica buscando un esquema de promoción industrial. Se deberá pensar en gravar propiedades, bienes personales y dinero en el exterior con valuaciones y mínimos imponibles que se amolden a la realidad. 

Es momento de pensar a largo plazo con un sistema más progresivo y con impuestos concentrados en ganancias y patrimonio. Una presión impositiva más alta sobre las personas por sobre las empresas promociona la reinversión de utilidades, ya que sería más rentable que el pago de dividendos y esto fortalecerá el desarrollo de las empresas. El estado debe articular estas políticas impositivas que, además de herramientas de recaudación, son políticas para el desarrollo.

Finalmente citando al ex Ministro de Trabajo de España, Calvo Ortega: “(…) el impuesto es la herramienta más eficaz para reducir las desigualdades sociales y para la puesta en marcha de políticas orientadas a la igualdad”.

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