Ven y sana mi dolor

Durante años la salud mental ha quedado relegada, tanto en el imaginario social como en el sistema de salud; reducida solamente a la idea de lo patológico, a un problema del individuo. Pero podemos decir que con la pandemia se ha resignificado su importancia, muchas personas se ven superadas por la situación y por primera vez requieren de algún tipo de tratamiento o contención. A su vez vivenciamos y observamos cómo lo económico, lo social y el contexto afectan directamente en nuestra salud mental. Esta relación entre distintas dimensiones no es algo nuevo, aunque quizá la pandemia lo ponga aún más en relieve, y nos arroja a diversas reflexiones. 

Por un lado, observamos la baja accesibilidad que existe en salud mental. Las instituciones públicas no dan abasto, las obras sociales se hacen cargo a medias y quienes pueden terminan accediendo de manera particular, con altos costos. El escenario no es bueno. A su vez, algunos sectores operan rápidamente para catalogar los síntomas producto de la cuarentena como una patología, es decir, patologizan lo que en realidad es circunstancial, contingente, inesperado y amenazante. Se trata de un malestar que mucho tiene que ver con el contexto actual que se vive tanto en Argentina como en el mundo. Esta operación no es ingenua: el diagnóstico suele venir acompañado del “remedio”. Para las farmacéuticas es una gran oportunidad, para la población, un riesgo.  Actualmente, por ejemplo, en los canales televisivos de aire se promocionan somníferos, que es sabido generan una compleja dependencia.    

Vivenciamos y observamos cómo lo económico, lo social y el contexto afectan directamente en nuestra salud mental.

Otra de las consecuencias alarmantes de este contexto es “la otra pandemia”, como lo ha denominado la ONU, que pone doblemente en riesgo a mujeres y niñas, refiriéndose al incremento acelerado de las denuncias por violencia de género (en Argentina se dio un aumento del cuarenta por ciento desde que comenzó el aislamiento). Además son treinta los feminicidios registrados a nivel nacional, la mayoría ejercidos por la pareja actual de la víctima. El aislamiento obligatorio es el escenario perfecto para que el violento ejerza un comportamiento controlador en el hogar, dado que se encuentra alejado de otros vínculos; y también imposibilita el normal acceso a los dispositivos de denuncia para las mujeres. Es importante estar atentxs a esta segunda pandemia en las sombras y difundir líneas de asesoramiento, orientación y contención a mujeres en situación de violencia, como la línea 144 vigente en todo el país.  

A contramano de quienes se aprovechan de una situación tan difícil, están lxs profesionales del restituido Ministerio de Salud de la Nación, que trabajan ingeniando dispositivos para atender el sufrimiento psíquico y la salud mental de la población. En esa dirección habilitaron un 0800 para quienes necesitan ser escuchadxs o tuvieron que interrumpir su terapia; al mismo tiempo, emiten recomendaciones para sobrellevar esta contingencia. Tanto la salud como la salud mental son categorias amplias que parten de una concepcion integral y van más allá de la patología. Por lo tanto, frente a este contexto inesperado y particular, es necesario formar comunidad, generar lazos solidarios, escuchar y estar para el otrx. Nadie se salva solx. El camino es en el encuentro con el otrx, que a su vez genera un encuentro con unx mismx. Lxs docentes garantizando clases virtuales y forjando redes de organización, las mujeres que están al frente de los comedores, el personal de salud y toda la sociedad en su conjunto, son partes fundamentales de un gran trabajo mancomunado para salir adelante.  

Tanto la salud como la salud mental son categorias amplias que parten de una concepción integral y van más allá de la patología.

Otra de las poblaciones más vulnerables ante la pandemia es la que habita los manicomios. En el año 2010 se sancionó la Ley Nacional de Salud Mental (Ley Nº 26.657), fuertemente orientada hacia la protección de los derechos humanos; sostiene que no pueden crearse nuevos manicomios y que los ya existentes deben adaptarse a esta ley hasta que se sustituyan definitivamente por dispositivos alternativos. En pocas palabras, establece la internación como último recurso y por el menor tiempo posible y, a la vez, reconoce como sujetos de derecho a todas las personas internadas. Esto quiere decir que tienen derecho a la salud, a recibir un trato y un tratamiento digno, entre otras cosas.

Diez años después, el estado de los manicomios en la Ciudad de Buenos Aires es alarmante: falta de insumos, escasa limpieza, ausencia de controles en los reingresos,que se  suman al deterioro de los tratamientos, falta de comunicación y la ausencia de equipos de protección para lxs trabajadores. El vaciamiento del sector lleva muchos años, con un hecho que sobresale por su gravedad: la represión en el Hospital Borda, que generó diversxs heridxs, tanto profesionales y trabajadores del lugar como usuarixs. Sin ir más lejos, una clara consecuencia de esto fue que durante el mes de mayo se conoció la muerte –evitable– de un usuario del hospital luego de haber sido atacado por una jauría de perros. Esto, además de pensarse como una forma de violencia institucional, abre preguntas: ¿qué lugar social ocupan la salud mental y lxs usuarixs de estos hospitales?

La muerte en el Borda además de pensarse como violencia institucional, abre preguntas: ¿qué lugar social ocupan la salud mental y lxs usuarixs de estos hospitales?

Durante la cuarentena, la distancia debe de ser física pero no simbólica, debe fomentarse que las personas internadas interactúen con familiares, personas de referencia y representantes legales, como lo ha recomendado entidades como el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales). Para ello es necesario que estos establecimientos cuenten con los recursos necesarios, y es el Gobierno de la Ciudad el que debería brindar las herramientas necesarias no solo para evitar contagios dentro de esas instituciones, sino para que mínimamente puedan comunicarse de forma virtual y seguir en contacto con sus familias o personas de referencia. 

Nos hacemos de las palabras de dos psicólogas con mucha trayectoria en el ámbito público. Tomassa San Miguel se pregunta: “¿Por qué la necesidad colectiva de una renuncia pulsional desata las más ofendidas diatribas seudo intelectuales? ¿Por qué no aparecieron con la misma firmeza y decidida transgresión cuando se abolió un derecho como la salud?”, refiriéndose al Ministerio de Salud eliminado por el macrismo. ¿Por qué desde algunos sectores se intenta enfrentar ciudadanxs contra ciudadanxs, tildando la cuarentena de arbitraria? “La libertad es más importante que la vida misma” dice Bolsonaro. Quienes arrojan a la muerte en un sálvese quien pueda a su población no están muy alejadxs de quienes enseguida hablan de las enfermedades mentales que causa la cuarentena, evadiendo el hecho de que afuera hay una pandemia. Hacer el trabajo de comprender que el problema es la pandemia y no la cuarentena, ni que ésta consiste en una una decisión caprichosa, no implica negar la angustia, sino poder comprenderla en un contexto de cuidado solidario y colectivo. 

Hacer el trabajo de comprender que el problema es la pandemia y no la cuarentena, ni que ésta consiste en una una decisión caprichosa, no implica negar la angustia, sino poder comprenderla en un contexto de cuidado solidario y colectivo. 

Alicia Stolkiner toma como ejemplo de reflexión el caso de Inglaterra. La decisión de su gobierno había consistido en un sálvese quien pueda, pero cuando el primer ministro enfermó, cambiaron su estrategia. Volvemos a ver cómo es necesario que la óptica para observar los problemas sea integral y no una que imponga diagnósticos a individuos aislados. En este sentido, piensa Stolkiner: “¿Cuál sería el precio que paga una sociedad que deja morir a lxs más débiles? Una pandemia de subjetividades horribles”. 

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