Y todos me miran, me miran, me miran.

No existe duda alguna de que, cuando nos toca reflexionar sobre la televisión argentina de los últimos veinte años, los reality shows adquieren una relevancia fundamental, ya sea por sus altos niveles de audiencia como por la capacidad que muchas veces tienen para hacer noticia las acciones de sus participantes dentro y fuera de ellos. En ese sentido, hay un amplio abanico de programas en los que se presenta a un conjunto de personas que, en muchos casos, no son figuras públicas y se someten a diversas pruebas con el objetivo de ganar un premio en dinero o ganar notoriedad; una vía rápida para persistir en los medios de comunicación. 

En los últimos meses, el reality show llamado Bake off se convirtió en uno de los programas más vistos de la televisión abierta argentina, conducido por Paula Chaves (quien, casualmente, fue ganadora del reality show de modelos Super M en el año 2003). El objetivo del programa es encontrar al “mejor pastelero amateur del país”, quien es elegidx entre catorce participantes que deben cumplir diversas pruebas y son evaluadxs por un jurado compuesto por tres expertxs gastronómicxs que tienen en cuenta las habilidades, las técnicas y la creatividad de lxs concursantes. 

Un jurado de Bake Off, habló de la polémica que se generó por ...
El jurado y la conductora de Bake off

Asomándonos a la final, el escándalo estalló con la aparición de testimonios, documentación y otras pruebas que certifican que Samanta Casais, finalista de Bake off, transgredió las normas del programa por su condición de pastelera profesional, actividad que ejerció en restaurantes y pastelerías, algunos de ellos de reconocido prestigio en la Ciudad de Buenos Aires. La situación se fue agudizando por la irrupción de relatos que no sólo confirmaban la actividad profesional de Casais, sino también causas iniciadas en la justicia por estafa e -incluso- por homicidio culposo. Pese a que también la filtración de videos mostrando qué participantes quedaban en carrera hicieron pender de un hilo la fuerte expectativa frente a la final del certamen, continuó imponiéndose en audiencias y la intriga se fue acrecentando todavía más.

Los reality shows cuentan con una dinámica que permite potenciar cualquier imprevisto en pos de sumar televidentes y, en algunos casos, marcar la agenda de los medios de comunicación. Seleccionan personajes comunes y corrientes -que en pleno apogeo de la fama inmediata se ven superadxs por sus propias realidades- y lxs convierten en los más amadxs o lxs más odiadxs. Este viene siendo un recurso muy utilizado por el formato del reality con el fin de no perder vigencia y seguir exhibiendo los pros y los contras de ser famosx. 

La realidad (siempre) supera la ficción

Nacer, crecer, reproducirse y morir: una cadena que parece no ser del todo suficiente para quienes participan de un reality show. En ese ciclo falta la fama, el reconocimiento mediático, sin importar el precio que haya que pagar. La mayoría de quienes se adentran en esta aventura intentan dejar una huella, se preparan años para enfrentarse a una cámara. Pero siempre la vorágine y la ambición por el rating pueden más.

Ya se trate de una competencia de talentos, un concurso de cocina o un programa en el que se encierra a una veintena de personas en una casa, el objetivo principal pasa a un segundo plano. Lxs productores de estos ciclos, con la experiencia y el transcurso de los años, han logrado refinar la tarea de buscar participantes con historias de vida que puedan resultar atractivas, con personalidades extrovertidas que se presten a la dinámica de “todo por el rating” y, por sobre todas las cosas, que sepan jugar el juego. Es así como se va construyendo una ficción, donde los personajes que salen de la realidad se muestran como si hubiesen nacido en la televisión: alguna identificación con lxs televidentes existe, pero unx no se reconoce del todo aunque se trate de una persona no famosa. Los ejemplos en la historia de los productos televisivos nacionales son variados y muy claros.

Lxs productores de estos ciclos, con la experiencia y el transcurso de los años, han logrado refinar la tarea de buscar participantes con historias de vida que puedan resultar atractivas, con personalidades extrovertidas que se presten a la dinámica de “todo por el rating” y, por sobre todas las cosas, que sepan jugar el juego.

El 10 de marzo de 2001, se inicia el camino de los reality shows en Argentina con la emisión del primer programa de Gran Hermano. Con un formato innovador para la televisión nacional, se trató de una edición que comenzó con un promedio de 15 puntos de rating hasta llegar a episodios con picos de 30 y una final que rozó los 40 puntos. Su competencia fue Reality Reality, un programa con formato idéntico pero una diferencia notoria: sus participantes eran actores de diversas trayectorias, desde unxs jóvenes Gonzalo Heredia y Sabrina Garciarena, pasando por Gisella Barreto, hasta un consagrado Juan José Camero. 

El primer reality de la television argentina fue Gran Hermano

De la primera temporada de Gran Hermano sólo se recuerda el nombre de Gastón Trezeguet, quien logró consolidar una carrera como productor de televisión en años posteriores. Con las temporadas siguientes, el número de participantes que lograron trascender el reality ascendió: Silvina Luna, Ximena Capristo, Gustavo Conti, Andrea Rincón, entre otrxs. Sin embargo, existen otros nombres que tuvieron notoriedad por sus historias de vida: daban un condimento extra a un programa que consistía meramente en un grupo de personas que se encerraba y convivía. Comenzaban a crear una ficción de sí mismxs para ser funcionales al show usando sus visiones subjetivas; personajes que exponían para las audiencias todo lo que era considerado como “políticamente incorrecto”. Con frecuencia surgían a su vez algunxs consideradxs “marginales”, como Viviana Colmenero, trabajadora sexual, Diego Leonardi y Cristian Urrizaga, que pasaron por contextos de encierro, o la irrupción de Alejandro Iglesias, participante del colectivo trans, en un tiempo donde todavía existía una connotación social negativa hacia ellxs. La aparición de estxs participantes resulta tan pregnante que el interés que generan en lxs televidentes no se mantiene exclusivamente durante el transcurso de los programas, sino que trasciende la finalización del ciclo bajo el conocido lema “¿Qué fue de la vida de…?”. Se puede pensar como ejemplo el reality El bar, donde un grupo de personas debía trabajar y administrar un local gastronómico y estuvo en el centro de la escena por contar con muchxs participantes que continuaron siendo mediáticxs por sus consumos problemáticos de droga, como Cristian Mercatante, quien tras recuperarse logró insertarse como productor televisivo o el fallecido ganador Federico Blanco.

El pastel de la discordia

Bake off resulta ser un caso particular. Mientras que en otros reality el conflicto aparece fácilmente y desluce cualquier intención de centrar la atención del televidente en el talento de lxs participantes, este concurso de pastelerxs amateurs ha logrado captar audiencia por su nivel y las peripecias exhibidas por lxs concursantes ante cada desafío culinario. El público ha demostrado cierto hartazgo en lo que respecta a peleas guionadas y violencia absurda que Gran Hermano o los certámenes de Marcelo Tinelli utilizaron (y utilizan) para obtener algún que otro punto de rating. 

El programa conducido por Paula Chaves combina adrenalina, emociones variadas y, sobre todo, personajes que se desenvuelven como peces en el agua no sólo en la preparación de tortas, sino también en la vorágine televisiva que siempre busca acción. Tras una exitosa temporada en el 2018, Bake off volvió a redoblar la apuesta y no se privó de nada. Ni siquiera de contar con un escándalo que nos sacudió el piso a todxs. El público en redes mostraba su simpatía por varixs de los personajes; a medida que éstxs quedaban fuera de la competencia, las tendencias fueron cambiando y las pasiones aumentaron a niveles exorbitantes. 

En la mitad del certamen, las redes y los medios comenzaron a percibir lo que marcó un rumbo de la competencia: el fenómeno Samanta. Una participante oriunda de la Ciudad de Buenos Aires, que mostraba una imagen dulce y angelical de su persona, pero cuya actitud de sobreexigencia resultaba molesta para lxs seguidores del programa. Todxs hemos leído o escuchado el comentario “no me banco a Samanta”. Por momentos ese escozor parecía desmedido: lxs fanáticxs expresaban lo peor de sí ante cada aprobación que el jurado hacía de los postres de la joven. Quizá, esto fue dando pie a un proceso todavía imperceptible. Y un día, todo salió a la luz. 

Desde Master Chef a Bailando por un sueño, lo importante no está en lo que unx lleva desde afuera, sino en generar situaciones interesantes dentro de la competencia, con las armas que se posea o se adquiera en cada desafío.

En los últimos años, los reality han atravesado un cambio rotundo; los programas que hoy tienen vigencia han adoptado por completo el formato de una competencia de talentos, bien sean artísticos o gastronómicos. Ya no resulta del todo atractiva la idea de un programa en la que se exhiban personas y nada más, es necesaria la justificación del lugar que ocupan en la televisión mediante una habilidad o destreza. Desde Master Chef a Bailando por un sueño, lo importante no está en lo que unx lleva desde afuera, sino en generar situaciones interesantes dentro de la competencia, con las armas que se posea o se adquiera en cada desafío.

Gerardo Bake Off (@gerardobakeoff) | Twitter
Samanta, la protagonista de la polémica.

Comenzó con un video en el que Samanta se mostraba remodelando la cocina de su casa. Muchxs veían en esas imágenes a la ganadora del certamen, usando el premio para dichas refacciones. Pero luego, la hecatombe fue inevitable: imágenes participando como pastelera en programas de televisión, información fiscal que daba cuenta de su actividad como pastelera, reconocidos jugadores de fútbol que confesaron haberla contratado para realizar tortas de cumpleaños. Todo el malestar del público comenzaba a cobrar sentido. Pero todo es en vano si tenemos en cuenta que Bake off fue grabado a mediados del año pasado, la furia fue creciendo hasta llegar al resto de lxs participantes y compañerxs de Samanta. Las autoridades del canal emisor y la productora ya no pudieron hacerse lxs distraídxs frente a los hechos que incluyen mentiras, omisiones escandalosas e, incluso, una muerte de por medio.

La súper final de Bake Off se viene con una torta especial - Los Andes
Los protagonistas de la final

Hoy a la noche, la intriga se disipará como cenizas, las preguntas tendrán respuestas y el círculo se completará. Pero ante todo lo acontecido, ¿es posible pensar que se trate, efectivamente, de una mentira? ¿Es posible que tal vez sea una operación más de las que la televisión nos tiene acostumbrados en otros ámbitos? ¿Se tratará acaso de puro humo con el fin de perpetuar expectativas? ¿Las maniobras de lxs productores habrán dado sus frutos?

Y la pregunta más importante: ¿Podemos decir, en un reality show, que está todo dicho?

No hay dos sin tres

Todxs, en algún momento de nuestra vida, nos sentimos atravesadxs por un reality show. Todxs conocemos algunx amigx que tiene por ahí un CD de Operación Triunfo. En algún momento nos hemos desvelado viendo el canal que transmitía la casa de Gran Hermano las 24 horas. En lo personal, yo fui a ver a Ktrask, grupo surgido del reality Cantaniño, he soñado con vivir la experiencia de estar encerrado en una casa rodeado de desconocidxs y he conocido la presión -y, en muchos casos, el maltrato- que viven quienes se desempeñan en el rubro gastronómico. 

Los reality shows traspasan la pantalla y se meten en nuestras vidas, mostrando gente como nosotrxs que, saciada su hambre de fama, comienzan a resultarnos extraños. Más allá de que podamos tener algunx favoritx, no nos reconocemos en sus acciones, por lo que no hay catarsis posible. Podemos imaginarlo, pero no nos atrevemos a vivirlo. La ficción comienza a apoderarse de cada personaje, pero ante las experiencias de vida o todo lo oculto que se descubre, la realidad lo convierte en campo minado. 

Y todo es posible porque, del otro lado, estamos nosotrxs. Ya sea desde las redes, desde nuestra creencia y, sobre todo, desde nuestro estar frente al televisor. Sin público, no hay reality show.

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