Nada se pierde, todo se composta

El ambientalismo como paradigma social llegó para quedarse. Se abren nuevas discusiones en torno a una problemática compleja que involucra el modo de producción capitalista y el ecosistema en el cual vivimos. Está claro cuáles son las consecuencias socioambientales de la intervención humana en nuestro planeta: la deforestación, la emisión de gases dañinos, el cambio climático, la extinción de flora y fauna autóctona, por mencionar sólo algunas. Pero, ¿cuál es el mejor camino para construir políticas públicas con perspectiva ambiental?

Las notas que estuvieron circulando en los últimos días sostienen que el compost, hacer masa madre o juntar colillas de cigarrillos en los parques de la ciudad no provocan un cambio estructural. Sin embargo, esas actividades acercan los debates a quienes alguna vez escuchamos hablar sobre el monstruo del calentamiento global, pero no nos asusta tanto, porque no sabemos bien qué hace. 

Digo que los cambios estructurales son urgentes porque así me lo dijeron. Pero los números catastróficos y abstractos no suelen ser suficientes para el cambio social. Incluso, la data pareciera estar recluida a un cúmulo de expertes para les cuales no existe traductor de Google. El camino a entender por qué es urgente, qué puedo hacer desde mi lugar para aportar, cómo más personas pueden participar de este proceso…ese es un terreno más difícil. 

A diferencia de otras problemáticas sociales, “la cuestión ambiental” se presenta como algo de lo que hay que ocuparse, pero es tanto y tan complejo que para mi (nuestra) individualidad porteña resulta, en un principio, abrumador. 

A diferencia de otras problemáticas sociales, “la cuestión ambiental” se presenta como algo de lo que hay que ocuparse, pero es tanto y tan complejo que para mi (nuestra) individualidad porteña resulta, en un principio, abrumador.  Honestamente, mi único contacto directo con la “naturaleza” es a través de las plantas que tengo en una maceta y los animales domésticos de mis conocides. 

Como habitantes del centro urbano más importante del país, ¿por qué habríamos de sentir empatía por los árboles que talan? ¿Por qué habríamos de sentir empatía por la matanza cruel de animales? Si la única manera en que me vinculo con ellos es en forma de milanesa con puré o de suculentas que decoran mi monoambiente. No les puedo explicar lo que me indigné cuando prohibieron que los comercios te den bolsas de plástico, ¡qué avasallamiento a mi comodidad!

Como habitantes del centro urbano más importante del país, ¿por qué habríamos de sentir empatía por los árboles que talan? ¿Por qué habríamos de sentir empatía por la matanza cruel de animales?

Además de la dificultad para incorporar las bolsas de tela, otro de los recuerdos que tengo en relación al ambiente fue en la primaria. Nuestro maestro nos enseñó a leer las etiquetas y la información nutricional de los paquetes de galletitas que consumimos. Después de frustrados intentos, trece años más tarde sigo sin poder identificar la mayoría de sus ingredientes, y algo de ese no saber qué estoy consumiendo o si es dañino para mi organismo a largo plazo me queda resonando.

El segundo momento fue cuando me di cuenta de que recuperar material reciclable de la basura es un trabajo y por qué a veces es necesario meterse dentro de los contenedores para poder hacerse de ese material, venderlo y poner un plato de comida sobre la mesa. Al principio sólo separaba las botellas y el cartón y las dejaba al costado del tacho para que puedan alcanzarse mejor; después fui googleando y aprendí a separar los distintos tipos de materiales para llevarlos a la campana verde, por ende, facilitar el trabajo. La verdad es que no lleva mucho tiempo y darle a esos residuos secos un lugar en mi casa me permitió ver cuánto y qué era lo que consumía. De alguna manera, empecé a poder elegir desde otro lugar. 

A partir de este nuevo hábito fui conociendo de qué material están hechas las cosas que conforman nuestra vida cotidiana. La pasta de dientes, el cepillo, los bowls, las cremas, todo de un mismo material: el plástico, que tiene un montón de virtudes, pero no se descompone nunca. Eso quiere decir que esa tapita de Coca-Cola que te compraste en el chino después del fulbito pre-pandemia va seguir estando, por lo menos, 400 años más. Y cuando se descomponga, lo hará como micro-plástico en el aire. Así que podríamos decir que tienen el elixir de la vida: son Voldemort y sus horrocruxes. 

La modernidad líquida, como la define Bauman, es la sensación de que nada se debe mantener de forma permanente. Hay una necesidad de estar en constante movimiento, por ende, el modelo de descarte cuaja perfectamente. “Lo tiro al inodoro y se va, lo tiro a la basura total compro otro”, son algunas de las frases que me definieron durante casi toda mi vida. Pero esa forma de ver el mundo se resquebrajó; las cosas no se van, quedan alojadas en otro lugar.  

Entonces hay que estar atentes, porque el discurso de “lo que yo haga no va cambiar el mundo” es un arma de doble filo. Desalienta y quita la posibilidad de pensar críticamente sobre nuestros hábitos de consumo. Conmigo, muchas veces lo lograron: ante la falta de respuestas fui leyendo cada vez menos las etiquetas y tirando con menos culpa los residuos sin distinción. O, por lo menos, por un tiempo. Siempre pica el bicho.

La cajita donde estaban guardadas esas preocupaciones postergadas -que me daban un poco de vergüenza- se abrió y empecé a incorporar una perspectiva que atravesó todos los aspectos de mi vida.

Había en mí un resabio de aquel interés de mi niñez y adolescencia, de preguntarme por qué las cosas eran así, cómo podrían transformarse para ser un poco menos injustas. La cajita donde estaban guardadas esas preocupaciones postergadas -que me daban un poco de vergüenza- se abrió y empecé a incorporar una perspectiva que atravesó todos los aspectos de mi vida.

Definitivamente, el ambientalismo es parte de discutir las injusticias: discutir un modelo socio-económico que es para unes poques implica discutir el ambiente que queremos. ¿Por qué? Porque no es justo que haya personas que tengan que vivir al lado de un basural, no es justo que en un país que produce alimentos haya quienes comen una vez al día, ni tampoco que el monocultivo de soja -que daña la biodiversidad- tenga sustancias tóxicas para el entorno y su producción esté destinada a la exportación.

Por estas formas de actuar sobre el planeta estamos atravesando la crisis del antropoceno. Esto quiere decir que cruzamos una puerta. Las respuestas de la naturaleza ya no son previsibles e, incluso, pueden ser irreversibles. La idea del monstruo que no asusta, por ende, es la naturalización de un modo de intervenir sobre los recursos naturales para sostener el modelo de consumo capitalista. En ese sentido, se desgrana la capacidad de asombro, como así también se produce la apatía frente a estos temas. Me pregunto entonces, ¿cómo podemos revertirlo?

Principalmente, no hay que caer en la falsa dicotomía que hace competir a acciones de alto o de bajo impacto. Algunes dirán que es necesario (casi obligatorio) que todes seamos individues sustentables. No tienen en cuenta las condiciones de posibilidad reales que se requieren actualmente para poder llevar estas prácticas adelante. Otres dirán que es necesario una política pública -global o estatal- fuerte, que genere cambios estructurales. Esperan que esas acciones caigan del cielo y sean vuelvan, mágicamente, parte de la agenda pública. 

Es hora de corrernos del dicho “para todo tema existe una parte de la biblioteca que piensa una cosa y otra parte de la biblioteca que piensa otra” y empezar a indagar sobre los híbridos; una forma de pensar el mundo en la cual haya lugar para todes. Allí donde prime la voluntad de transitar un camino hacia una Argentina más justa, libre, soberana y sustentable.

Para ello, es necesaria una conciencia ambiental que se nutra de aquellas acciones que parecen pequeñas, pero representan los aprendizajes que nos conducen hacia un cambio estructural con debate colectivo.

Recuperar los movimientos sociales como expresión popular implica recuperar también aquellos pasajes de la historia que fueron olvidados. Perón propuso la Comunidad  Organizada como modelo de Nación, y en ese modelo se manifiesta también una mirada ambiental. En sus palabras (1972): “El ser humano cegado por el espejismo de la tecnología ha olvidado las verdades que están en la base de su existencia. Y así, mientras llega a la luna gracias a la cibernética, (…) mata el oxígeno que respira, el agua que bebe y el suelo que le da de comer”.Lo urgente es la transformación de las distintas voces que salen de las bibliotecas en un sólo grito que se de en el marco del ambientalismo popular. Para ello, es necesaria una conciencia ambiental que se nutra de aquellas acciones que parecen pequeñas, pero representan los aprendizajes que nos conducen hacia un cambio estructural con debate colectivo. El ambientalismo es una herramienta para la ampliación de derechos y, si queremos discutir un modelo de país, tenemos que discutir entonces aquello que posibilita nuestra existencia en él.

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