Todo afecto es político

“Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón. No pueden ser fanáticos porque las sombras no pueden mirarse en el espejo del sol. Frente a frente, ellos y nosotros, ellos con todas las fuerzas del mundo y nosotros con nuestro fanatismo, siempre venceremos nosotros. Tenemos que convencernos para siempre: el mundo será de los pueblos si los pueblos decidimos enardecernos en el fuego sagrado del fanatismo”

I 

“No, no le da para ser responsable. Le falta carácter”. M escuchó esa frase al pasar. Eran dos compañeros, varones, hablando acerca de una compañera: B. La conoció ni bien empezó a militar. Siempre admiró cómo hablaba, cómo se plantaba ante ciertas situaciones de “la rosca”. Esa palabra primero la escuchaba y no entendía bien qué quería decir. En los pasillos de la facultad, en las reuniones, pero sobre todo ante otros compañeros. Sabía que B tenía un hijo, con lo cual hacía el doble, triple esfuerzo para mantener sus tareas de cuidado, militante, estudiantil. Hace unos días había tenido una discusión bastante fulera con otro compañero en una reunión, y se fue roja de la bronca. Cuando escuchó esa frase en boca de sus compañeros, M se quedó paralizada: ¿Qué carajo es “que te falte carácter”? ¿Hasta dónde tiene que aguantar? ¿Es un mérito aguantar, “bancársela”?

II 

Reunión general. Es la segunda vez que N. tiene ganas de hablar, pero no se anima. No entiende bien por qué. O sí: siente que sabe menos. Escucha a sus compañeros, tan formados, hablando entre ellos, interrumpiéndose por momentos, y siente que nada de lo que diga va a poder aportar demasiado.

III 

         A es responsable de una organización, en la que milita hace 4 años. Hace varios años que, a partir de los distintos debates instalados por el feminismo, empezó a pensar y repensar un montón de cosas de su práctica militante. Quizás por eso varias pibas la eligieron como…¿Apoyo? No sabe bien cómo decirlo, pero hace meses que no para de tener reuniones, charlas, con distintas compañeras que por uno u otro motivo se sintieron incómodas o violentadas por compañeros. A raíz de eso A. está bastante angustiada, no sabe bien qué hacer con tanta data. Si bien siguió tomando responsabilidades, cada vez le cuesta más porque no para de pensar en todas las pibas que se acercaron a charlar con ella. ¿Qué se hace con esto? ¿Cómo canalizarlo? ¿Hay modos “orgánicos” de plantear esto? ¿Por qué estamos tan acostumbrados a que ciertas discusiones son “orgánicas” y otras no?

Salvador Dalí – Busto de mujer

IV

¿Cómo pensar la relación entre política y cuerpo? ¿Cómo se pone en juego la “emocionalidad” en la militancia? ¿Qué ideas tenemos en torno a “poner el cuerpo”, frase tan escuchada dentro de la militancia política?

         Estas son algunas de las preguntas que nos atraviesan para poder reflexionar en torno a la noción de cuerpo en política. La necesidad surge, también, de una serie de debates y conversaciones entre compañeras; del tejido de redes que nos sostienen, pero también nos permiten canalizar, producir, repensar nuestras vivencias en tanto hecho político. Nos proponemos pensar cómo se articula la noción de cuerpo a la hora de pensar en la militancia, en las disputas de poder, en las discusiones cotidianas.

 V

Entonces, ¿a qué cuerpo nos referimos? Como punto de partida, a partir de la lucha por la legalización del aborto en 2018 la noción de “cuerpo” empezó a aparecer en primer plano a la hora de dar discusiones y  debates políticos: el derecho a decidir, la necesidad de una ley que articule y garantice este derecho sobre el propio cuerpo (discusión aparte la de la “propiedad” del cuerpo); pero incluso previamente, a partir de las sucesivas marchas de Ni una menos, se instaló poco a poco cómo son los cuerpos feminizados los que sufren en carne propia la violencia machista, no sólo física, sino también psicológica. 

Proponemos rescatar la noción de cuerpo en tanto atravesado por la palabra, por la cultura, por una época determinada. El cuerpo afectado.

Si bien a raíz de la lucha por el aborto se delineó cierta idea, proponemos rescatar la noción de cuerpo en tanto atravesado por la palabra, por la cultura, por una época determinada. El cuerpo afectado. ¿Por qué “rescatar” esta noción? Porque consideramos que muchas veces queda por fuera de la política. Pareciera que lo que subyace es un binarismo histórico entre “emoción/razón”, donde lo emocional está mal visto o debería quedar por fuera de la militancia política. No es casual, claro, que esta “emocionalidad” muchas veces termine siendo atribuida a las feminidades y mal vista (a los ojos del machismo): mostrarse sensible pareciera ser un acto de debilidad, como si eso que transitan nuestros cuerpos quedara signado negativamente, atribuido como característica a las feminidades. No es casual, tampoco, que esto ocurra en grupos de militancia donde por años las tareas de cuidado y organización (lo relativo al otre) han quedado en manos de las mujeres.

Cuando un varón hetero cis reprime la impronta emocional de su compañere no está realizando un mero acto machista o micromachismo, sino que también coarta la posibilidad de poder sentir esa emocionalidad en el cuerpo. Cuerpo que -como decíamos antes- tiene infinidad de simbolismos a su alrededor. De estos fenómenos, el que más nos interesa es el atravesamiento de la palabra: cómo puede definir muchas veces un determinado comportamiento y cómo nos puede llevar a una angustia insoportable que nos arranca de ese cuerpo simbólico, operando en contra de nuestra construcción en los espacios de militancia. Es por esto que decir “lo personal es político” no se trata de repetir una frase a modo de eslogan vacío, sino de concebir como una posición ética el respeto por el cuerpo del otre en todas sus dimensiones. Cuerpo en tanto vehículo de la palabra, la cultura, la emocionalidad. 

Pareciera que lo que subyace es un binarismo histórico entre “emoción/razón”, donde lo emocional está mal visto o debería quedar por fuera de la militancia política.

VI

La mujer fue tradicionalmente pensada y constituida socialmente con determinadas “funciones” y características: paciente, tierna, madre, entre tantas otras. Existe, por otro lado, la histórica división entre lo público y lo privado: la militancia, en tanto dominio de lo “público”, no debe cruzarse con determinadas cuestiones “personales”, siempre ligadas a un supuesto terreno de lo privado. Ahora bien: cuando las feminidades adquieren una representación en lo público “se les va el cuerpo” (y hasta el alma) realizando el doble de tareas que los varones con los que comparten espacio político. A veces, esto lleva a las compañeras a adquirir rasgos socialmente atribuidos como “masculinos” para poder sobrellevar la carga emocional que esto conlleva y no puede manifestarse.

Esto no significa que las mujeres deban ser más agresivas en la esfera pública o que los varones deban comenzar a ocupar la dimensión de los “cuidados”, sino que debemos poder replantear, discutir y repensar por qué, a pesar de tener lugares de poder (aunque pocos), los cuerpos de las feminidades siguen siendo los más sujetos a una carga extra en todo sentido, tanto en el campo emocional como en el de la labor militante en sí. Tomar responsabilidades políticas, encarar actividades “de género” -como si la perspectiva de género fuera una esfera separada de la militancia cotidiana- y, muchas veces, también cumplir el rol de contener a otras compañeras. Doble, triple, cuádruple tarea. Incluso, a veces parecieran maternar a otres dentro de su grupo. ¿Por qué estas tareas no las realizan varones? ¿Cómo piensan su rol en lo que refiere a las tareas de cuidado de otres compañeres? ¿Se constituye el cuidado de otres como una tarea militante? 

Decir “lo personal es político” no se trata de repetir una frase a modo de eslogan vacío, sino de concebir como una posición ética el respeto por el cuerpo del otre en todas sus dimensiones.

Necesitamos poner en marcha diversos mecanismos para que las mujeres podamos reapropiarnos de nuestros cuerpos y su historia. No se trata del cuerpo de “la mujer” universal, sino de que ese cuerpo propio, vivido femeninamente, pueda llegar a ser una herramienta de emancipación en nuestra sociedad. Para ello será necesario apuntar a esas cuestiones “públicas” que resultan inconcebibles en la vida privada (y viceversa). 

VII

Por último, lo fundamental: somos militantes peronistas. No es algo menor a la hora de pensar y conceptualizar cómo se conjuga el cuerpo afectado y la política. Cuando hablamos de cuerpo, de emocionalidad, nos resulta fundamental poder vincularlo con el peronismo. No sólo en tanto dador de una identidad particular, sino por ser el movimiento que puso en escena la felicidad del pueblo como objetivo político. En una nota hermosa, Daniel Santoro habla del peronismo como “aquella fuerza política que democratiza el goce”. No se trata solamente de un movimiento que brega por “satisfacer necesidades”, sino también, fundamentalmente, brega por la alegría. 

“La alegría” que, pensándola en relación a los últimos años, se constituyó casi como un significante vacío, apropiado por Cambiemos de modo naif, despojado de todo contenido político. Sostenemos, entonces -y resuenan en nosotras desde Jauretche hasta Benedetti- la defensa de la alegría, entendiendo el trasfondo político que ésta conlleva, contra la maniobra de las derechas que buscaron vaciarla de sentido. Esa alegría que también nos sostuvo -y sostiene-, que es motor de militancia. El peronismo nos brinda un sentido profundo, nos lleva a gozar más allá de lo que nuestros cuerpos pueden explicar, nos hace parte de un todo y no nos obliga a quitarle ese mismo goce al otre: nos hace gozar con ese otre. Nos regala momentos únicos para sostenernos y sostener el cuerpo. Nos atraviesa con una emoción infinita difícil de explicar. Porque los cuerpos deben ser sostenidos en todas sus dimensiones: a través de la movilización colectiva, pero también con herramientas de construcción dentro de las organizaciones. El peronismo funciona, citando a Marcelo Percia (psicólogo, ensayista, docente universitario, psicoanalista) como “movimiento que aloja diferentes formas de vivir, respirar, amar, hablar, desear, trabajar. Multitud como multiplicidad de diferencias.” Y así, en sus diferencias, unimos los cuerpos para generar una felicidad masiva y colectiva a la que llamamos justicia social.

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