Yo soy tu maestra, quien supo enseñarte.

En los últimos meses, hemos asistido a innumerables transformaciones en nuestra sociedad. Producto de la urgencia que instaló la pandemia en nuestra región y el mundo, las instituciones tuvieron que adaptarse, las dinámicas sociales se modificaron, la vida cotidiana dió un giro y las desigualdades se profundizaron. La escuela, como institución nacional que recorre nuestro país de punta a punta, no quedó exenta de todos estos movimientos, como ha ocurrido siempre durante las distintas crisis sociales y económicas  a lo largo de nuestra historia. Es en este contexto que maestres, estudiantes de la formación docente, pensadores de la educación, niñes, adolescentes, familias, vamos formulando preguntas, ensayando reflexiones individuales y colectivas sobre este nuevo escenario que es la educación en tiempos de pandemia. 

El domingo 15 de marzo todo lo que conocíamos se puso en pausa. El anuncio de la suspensión de clases presenciales nos tomó por sorpresa a pocos días del comienzo del año lectivo. En principio, la medida iba a constar de dos semanas, pero seguimos con la incertidumbre de no saber cuándo volveremos a habitar la escuela tal como la conocimos.

El aula hoy se parece más a un grupo de WhatsApp, una pantalla en mosaico de videollamada, un cuadernillo con actividades o un conjunto de fotocopias. No hay una división clara entre el mundo escolar y el mundo doméstico.

Se pierde ese espacio con una lógica de funcionamiento particular, con otros objetos, tiempos, intenciones y juegos.  Aparecen nuestras cocinas, habitaciones, comedores. En el “aula” ahora están nuestres familiares, parejas, la gata y el perro. Ese ambiente de intimidad pedagógicamente pensado que es la escuela, ya no está.

Pero más que pensar en “La Escuela” con mayúsculas, nos encontramos con una enorme diversidad de escuelas, en plural. Y este es otro desafío al que nos enfrentamos les docentes: achicar las desigualdades que quedaron brutalmente expuestas en la pandemia. Con los movimientos producidos por el ASPO, en muchos casos la escuela vuelve a ser el único contacto con el acompañamiento del Estado, el lugar donde retirar las viandas y acceder a un escaso material didáctico. En el otro extremo, tenemos realidades donde les chiques tienen más de una videollamada por día, tareas periódicas y entregas con las que deben cumplir religiosamente, en un intento de reproducir la escuela presencial. En palabras de Inés Dussel, en este contexto se rompe algo del espacio igualitario que supone la escuela.

Ilustracion: @melidibujando
Y salimos a la cancha…

“Les maestres están de vacaciones”, “¿Quién me va a pagar por enseñarle a mi hije?”, “Antes trabajaban cuatro horas, imaginate ahora”. Frases como estas empezaron a aparecer en los grupos de las familias, en declaraciones de personalidades públicas y en los medios de comunicación.  Pero lo cierto es que no reflejan la realidad: desde el primer lunes de aislamiento, les docentes de todas las escuelas del país seguimos trabajando. Y más que nunca. Maestres y profesores tuvimos (y tenemos) que barajar y dar de nuevo. Nada -o casi nada- de lo que sabíamos alcanzaba para esta realidad, o al menos eso sentimos en un comienzo. Después, nos dimos cuenta de que sí teníamos herramientas y había otras por construir. La desesperación del principio se fue transformando, mediante la charla con colegas, en un aprendizaje de nuevas estrategias y propuestas para seguir educando.    

En cualquier contexto, una de las características principales de la docencia es la de estar siempre en acción: tomamos decisiones permanentemente, sin tener mucho margen para detenernos a reflexionar antes de actuar. Esta vez, a muy pocas horas de la noticia del aislamiento preventivo, tuvimos que salir a la cancha. ¿Por dónde empiezo? ¿Cómo me comunico con todes mis estudiantes? ¿Whatsapp, Classroom, Zoom, campus virtual, Edmodo? ¿Qué pasa con mi privacidad? ¿Le doy mi teléfono a todas las familias? ¿Qué se puede enseñar en este contexto? “Inventamos o erramos” fue la premisa de las primeras semanas.

Ilustracion: @melidibujando

Pero, con el paso del tiempo, empezamos a compartir nuestras experiencias. En los chats grupales y en los mails hubo desfiles de recursos didácticos.

Muches comenzamos a construir herramientas colectivamente, pensamos y repensamos continuamente nuestras prácticas tratando de generar contenido para nuestres estudiantes. 

“Cada maestritO con su librito”… o con su pantallita    

La tarea docente suele ser bastante solitaria. O eso nos quiere imponer el sistema escolar, dando por sentado que cada une piensa y transita individualmente lo que sucede dentro de su aula. Pero contra todo pronóstico, muches intentamos luchar contra ello generando espacios de encuentro en las salas de maestres, en las horas libres, durante los turnos de entrada y salida, en el ir y venir de los mates en los recreos… Sin embargo, en esta nueva normalidad atomizada, ese mandato de soledad se recrudeció. El desafío de encontrarse y construir de forma conjunta se hace más difícil cuando cada une está detrás de una pantalla. 

Además, frente a un escenario desconocido se hizo carne en nosotres la espera de la palabra autorizada. Aguardábamos las miradas y recomendaciones de les pedagogues, académiques, funcionaries y científiques. Y así, en el devenir de todas las decisiones que fuimos tomando, nos encontramos inmerses en una tensión de larga data en el campo educativo. La premisa con la que fuimos formades todes les docentes supone que nuestro rol es poner en práctica una batería de conocimientos que pensaron y escribieron otres. Aparentemente, nuestro saber tiene que ver con la implementación de estrategias para la enseñanza, “no somos quienes piensan la educación, sino quienes la ejecutan”. 

Hoy nos volvemos a parar sobre esta histórica disputa de sentido por las voces legítimas en la construcción del saber pedagógico. Y es que, después de estos cuatro meses de recorrido, se vuelve a hacer visible que les docentes tenemos mucho para decir, sobre todo en los contextos que ponen en jaque al sistema educativo.

Somos quienes entendemos las dinámicas que se desarrollan dentro del aula; pero también somos constructores del saber pedagógico y el conocimiento que construimos debe ser colectivo.

  Pensar y hacer escuela

A todas las dudas vinculadas con lo inmediato (plataformas, herramientas tecnológicas, frecuencia de los encuentros, etc.), se agregan interrogantes referidos a cuestiones más estructurales de la educación. Como mencionamos anteriormente, les docentes nunca dudamos de la necesidad de sostener la enseñanza. Pero…¿la enseñanza de qué? Además de adaptar los contenidos conceptuales a esta nueva realidad, ¿cuáles son aquellas otras cosas que también se enseñan en la escuela y debemos sostener? ¿Cómo mantener el vínculo pedagógico a pesar de la distancia? 

Ilustracion: @melidibujando

Para responder estas y otras preguntas hace falta el intercambio de experiencias, la charla, el debate permanente. Sabemos que asumir esta tarea colectiva implica la deconstrucción de la individualidad que caracteriza los hábitos de la tarea docente y las rutinas escolares. Pero el fortalecimiento de las redes que tenemos, la construcción de nuevos puentes, se vuelven imprescindibles a la hora de buscar respuestas a todas las preguntas que nos trajo la pandemia. En este escenario, encontramos un doble valor en el contacto entre nosotres. Por un lado, la reflexión colectiva para la creación de herramientas y recorridos posibles, por el otro, un sostén emocional para atravesar con otres la pandemia y los desafíos que se nos presentan como trabajadores y, específicamente, como educadores. 

Les docentes podemos y debemos ser parte de la construcción del pensamiento pedagógico y didáctico, junto a les académiques. Para eso hace falta reforzar las discusiones entre colegas, poniendo en valor nuestros conocimientos situados. En este contexto adverso, reafirmamos que tenemos esos saberes y que construirlos con otres es el modo de resignificarlos.

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