Fragmentos de lecturas amorosas

1

Es demasiado idealista… y, por eso mismo, cruel” Dostoievski

Con ese epígrafe empieza Deleuze su estudio sobre Sacher-Masoch. 

Advierte algo que cuesta admitir, que es difícil de soportar: en la voluntad de hacer el bien, en el regocijo de los ideales, aún los ideales más igualitarios, más “deconstruidos”, anida un exceso de crueldad que se hace sentir.

No es un asunto de contenidos. Tampoco se trata de confundir lucidez con cinismo. 

Ni siquiera es una crítica a los ideales: el asunto está en el demasiado.

Y ese demasiado indica menos una cantidad que la realidad de un peligro: estar demasiado seguros de lo que defendemos, anestesiados en certezas hermosas que nos permiten lastimar sin culpa, humillar sin pudor.

Dostoievski parece decirnos que existe, también, un amor romántico con los ideales, con ciertas consignas, que valdría la pena interrogar.

Dostoievski parece decirnos que existe, también, un amor romántico con los ideales, con ciertas consignas, que valdría la pena interrogar.

2

Esto despertó en ella la vieja susceptibilidad que es uno de los principales rasgos de carácter en los niños predestinados a la histeria. Es insaciable de amor.

Es una de las definiciones más bellas de histeria que leí en Freud. 

No la piensa como una patología a curar, tampoco la lee bajo el lugar común de la insatisfacción. Si en la histeria aparece la insaciabilidad del amor, es porque el amor es insaciable: esa verdad es la que anuncia el sujeto histérico. 

Es una verdad que incomoda a quienes creen saber y se dedican a enseñar cómo amar de una manera sana, no tóxica, responsable, equilibrada. Lo insaciable disuelve cualquier ideal de dominio, cualquier intento de normalización. 

Lo insaciable no es inalcanzable. Lo inalcanzable es la normalidad. 

Pero lo insaciable no es inalcanzable. Lo inalcanzable es la normalidad. 

Por eso Freud escribía un poco después: “descubrí, hace mucho tiempo, que sólo se requiere un poco de coraje para cumplir deseos que antes se habían juzgado inalcanzables”.

El coraje del deseo, lejos de cualquier épica, hace de lo insaciable un recorrido donde los encuentros son posibles: una mirada, algunas noches luminosas, ciertos besos, un silencio compartido, la alegría de una lectura que nos salva del tedio del mundo.

3

Para Barthes el sujeto enamorado nunca se pregunta qué es el amor: no es una cuestión que le interese. 

Lo que le importa es el quién: ¿quién busca el amor? O, quizás mejor, ¿quién es el amor? ¿quién logra despertar el amor, quién hace que el amor exista para mí?

Para Barthes el sujeto enamorado nunca se pregunta qué es el amor: no es una cuestión que le interese. 

El amor se trama en ese desplazamiento del qué (siempre metafísico, según Deleuze) al quién (amoroso).

Nuestro idioma incluye en el verbo amar al espacio habitado por esos seres, ávidos de seducción, que llamamos sirenas. 

Aunque nadie las iguale en sus cantos, un poeta argentino se animó a preguntar: 

“¿Quién es el mar?” 

E insistió:

“¿Quién es el mar, quién soy?” 

Entregarse a las olas, abismarse en otro cuerpo para poder decir con Marguerite Duras: 

no sé nada desde que llegué al mar” 

o con Osvaldo Bossi: 

Se abre el cuerpo

como una flor fresca.

Te lo entrego otra vez. Yo

no aprendí nada de la vida.”

4

Me acuerdo de cuando Osvaldo Bossi, en uno de sus talleres, contó que el hallazgo de Barthes había sido descubrir que el enamorado está atrapado en un discurso. Y que ese discurso está hecho de figuras, de múltiples figuras, que cualquier enamorado atraviesa en algún momento.

Tamara Kamenszain escribió que cada generación tiene su Barthes. Como si cada generación, al leerlo, construyera una nueva figura para orientarse en el laberinto del deseo. 

Me gusta creer que mi generación –si pudiera hablar de ella–, tan apasionada por pensar críticamente las maneras de relacionarnos, defiende la experiencia de la amistad. 

Me gusta creer que mi generación –si pudiera hablar de ella–, tan apasionada por pensar críticamente las maneras de relacionarnos, defiende la experiencia de la amistad. 

Un fragmento del prefacio al curso que Barthes titula Cómo vivir juntos nos ayuda a reivindicar esa dimensión de la existencia:

“Barthes siempre decía así, los amigos, en plural, nombrando de ese modo una suerte de tejido o red benevolente, una serie de lugares que le garantizaban afecto, amparo, fidelidad, pero sobre todo algo que le era cada vez más imperioso: la ausencia de agresividad”

5

Alguna vez Jorge Jinkis se preguntó cuál es la diferencia entre hablar con un amigo y hablar con un analista. La pregunta es menos ingenua de lo que parece, viniendo de un analista. Aclaró que no se trata de una cuestión de contenidos, tampoco de una diferencia respecto al “dispositivo” –nada impediría conversar con un amigo recostado sobre un diván–. 

¿Dónde marcar el límite? Jinkis concluía –cito de memoria, busqué la referencia y no la encontré–: “¿no sería mejor decir que hay un decir que hace amigos, y un decir que hace análisis?”. Lo que instaura la diferencia es el decir, o, más precisamente, las consecuencias del decir, porque las palabras hacen algo en el mundo: amistades, amores, análisis. 

Aunque no siempre es posible darse a las palabras y sus efectos. Tal vez la neurosis no sea otra cosa que una defensa contra las palabras.

Es necesario, entonces, recuperar la lengua como tesoro. Un tesoro compartido y fugaz, como esas estrellas que se pierden en la noche y contemplamos con el asombro de lo que nunca se repetirá igual, como un amor, como una amistad, como un análisis. 

Octave Mannoni recordaba que Lacan nos enseñó a distinguir la lengua como código de la lengua como tesoro. Quizás la amenaza de la codificación de la lengua estuviera cifrada en la agresividad de la que Barthes buscaba escapar: la codificación de las instituciones académicas, de ciertas militancias, de algunos psicoanalistas, del sentido común, de los ideales en los que Dostoievski encontraba una forma de la crueldad.

Es necesario, entonces, recuperar la lengua como tesoro. Un tesoro compartido y fugaz, como esas estrellas que se pierden en la noche y contemplamos con el asombro de lo que nunca se repetirá igual, como un amor, como una amistad, como un análisis. 

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