La chancha y los 20

En los últimos días, se encendió el debate a partir de un posible acuerdo entre cancillería y China, que  invertiría en Argentina para la creación de granjas industriales de carne porcina destinadas a la exportación y su abastecimiento. Activistas y organizaciones sociales rechazaron el proyecto, señalando las graves consecuencias ambientales y sanitarias que podría tener a través de una campaña en redes sociales.

Esta campaña se encontró con su oposición: quienes defienden el acuerdo sobre la base de la necesidad de dólares que tiene el país y la situación de pobreza en la que se encuentra buena parte de la población; que no escatimaron en acusaciones hacia el ambientalismo (les adjudicaron el ignorar estas cuestiones y oponerse al desarrollo). El debate es complejo pero, ante todo, es una excelente noticia que se dé. Ahí es donde nos queremos meter. Y deseamos profunda -pero muy profundamente- convencerlxs de lo siguiente: desarrollo y ambiente no son asuntos separados, mucho menos opuestos. Más bien diríamos que son urgentemente complementarios. 

Desarrollo y ambiente no son asuntos separados, mucho menos opuestos. Más bien diríamos que son urgentemente complementarios. 

¿Qué sabemos del acuerdo? Poco. La información oficial es escasa. Cancillería publicó inicialmente un comunicado según el cual China invertiría para producir 9 millones de toneladas de carne porcina (se calcula que eso representa 100 millones de cerdos). En los últimos días esa publicación se reeditó y el número se actualizó a 900 mil toneladas, significativamente menor. Según se conoce a través de los dichos del vicecanciller Neme en una entrevista radial, Argentina pediría inversión mixta, localización de las granjas en provincias fuera de la región pampeana y la inclusión de tecnología de punta, biodigestores y frigoríficos. Ciertamente, no hay nada firmado. Pero también es cierto que abundan las experiencias extractivistas en Argentina y en América Latina, con graves consecuencias en términos ambientales, lo que alcanza para encender las alertas y someter el acuerdo a revisión.

Desde el ambientalismo, se advirtieron los riesgos sanitarios de la producción industrial de cerdos que, por la magnitud y los tiempos de la producción, conllevaría inevitablemente alta concentración de animales en poco espacio. Si aparece un virus, la rapidez de contagio aumenta. A su vez, la alta cantidad de antibióticos suministrados de forma “preventiva” aumenta las posibilidades de generar cepas de virus más resistentes, con riesgos de transmitirse a los humanos. Un riesgo que China decide -y paga por- no correr, después de haber tenido una epidemia de Peste Porcina Africana entre los cerdos, que aseguran les tomará 10 años erradicar y por la que debieron sacrificar buena parte de su producción. La pandemia nos enseñó que no podemos desentendernos de las enfermedades que producen los animales; los saltos zoonóticos pueden producirse en cualquier momento y son la consecuencia de nuestras propias actividades.

Okja: pelicula que retrata la producción ganadera industrial.

Por otro lado, se advierte sobre la enorme cantidad de desechos orgánicos que generan los cerdos, lo que contaminaría ríos y napas subterráneas. Esto encontraría una solución en el tratamiento de los excrementos y la orina para la producción de biogás (combustible generado a partir de la materia orgánica), de acordarse la inversión necesaria y dependiendo del volumen de la producción. Pero, a su vez, se sumaría la degradación ambiental que ya existe producto del uso de agrotóxicos en los cultivos de soja y maíz que hoy se exportan para la alimentación de estos animales. Es ahí donde se ponen en evidencia las desigualdades ambientales entre quienes están más expuestos a las fumigaciones y quienes pueden ignorarlo. 

Señalar los riesgos ambientales de este acuerdo no necesariamente implica su anulación, pero sí una revisión de fondo.

Señalar los riesgos ambientales de este acuerdo no necesariamente implica su anulación, pero sí una revisión de fondo. No apuntamos a dejar de producir ni a cerrarse al capital extranjero o a la participación de grandes empresas, lo que cuestionamos es que sea a costa de más contaminación, más deforestación, más concentración de la tierra, más riesgos sobre la salud y calidad de vida de las personas que habitan y trabajan los territorios. Hay una distancia entre el modelo extractivo y un modelo productivo basado en el aprovechamiento de los recursos naturales de manera sostenible.

En definitiva, la discusión excede este acuerdo puntual, se trata de una discusión sobre el modelo de desarrollo que queremos para nuestro país. ¿Quién podría poner en tela de juicio que se genera valor agregado a nuestra producción al exportar directamente la carne en lugar de los granos que alimentarán a estos animales? Nadie. ¿Quién podría poner en tela de juicio la necesidad de divisas que tiene la Argentina, siempre y ahora, en el medio de un proceso de reestructuración de la deuda y en el marco de una pandemia? Nadie. Que el crecimiento económico y productivo es necesario para el desarrollo es innegable. 

Discutir cómo se generan esas divisas tan requeridas, a partir de qué modelos productivos, es tan necesario como discutir cómo se distribuyen esos beneficios. 

Ahora bien, el crecimiento no es suficiente. Aumentar nuestras exportaciones y generar más valor agregado nos garantiza más divisas, pero no necesariamente menos pobreza ni menos desigualdad en lo relativo a la distribución del ingreso ni al acceso a la vivienda, a la salud, a un ambiente sano. Discutir cómo se generan esas divisas tan requeridas, a partir de qué modelos productivos, es tan necesario como discutir cómo se distribuyen esos beneficios. 

¿Es posible avanzar en este proyecto sin degradación ambiental, con controles sanitarios, producción desconcentrada y menor uso de antibióticos? ¿Es posible otro aprovechamiento de los recursos naturales?

La respuesta sólo la encontraremos si se incorpora una perspectiva ambiental en las políticas públicas y en el modelo productivo, de la mano de la inclusión de quienes pueden aportar esta mirada (activistas, ambientólogxs, pequeños productores, organizaciones sociales, etc.), jerarquizando al Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible y otras representaciones institucionales. ¿Cómo colaboramos desde el campo popular? No subestimando la cuestión ambiental ni denigrando a quienes la militan, apropiándonos de la agenda e incorporándola como bandera de lucha. 

Sabemos que no se trata de un camino fácil y que las grandes transformaciones no suceden de un día para otro, pero tenemos que empezar a debatir cómo ir hacia el modelo de desarrollo que queremos.

¿Cuál es el momento para las discusiones si no este? Hace cuatro meses, un virus nos tiene encerradxs en casa, se cobró más de 600 mil muertes en todo el mundo y generó desastres en todas las economías. Este virus no es una casualidad, es la consecuencia de un modelo de producción, distribución y consumo que pide a gritos ser revisado. Sabemos que no se trata de un camino fácil y que las grandes transformaciones no suceden de un día para otro, pero tenemos que empezar a debatir cómo ir hacia el modelo de desarrollo que queremos. La situación es extraordinaria y demanda respuestas extraordinarias, no las mismas de siempre. 

La justicia ambiental llegó para interpelar transversalmente otras luchas. Excluirla del debate sobre el desarrollo que queremos implica desentendernos de quienes conviven con las consecuencias directas de la degradación ambiental. En este sentido, hablar de desarrollo en relación con el ambiente no es tratar temas a largo plazo, es resolver problemas inmediatos. Se trata de valorar conocimientos y saberes que nos ofrecen otras soluciones a problemas ya conocidos. Como nos enseñaron los feminismos, el esfuerzo es doble: no se trata sólo de incorporar nuevas miradas sino de deconstruir las que hoy tenemos. 

Es hora de sentar en la mesa chica al ambiente, discutiendo a la par con economía y producción.

Es hora de sentar en la mesa chica al ambiente, discutiendo a la par con economía y producción, para avanzar hacia un desarrollo sostenible ambientalmente y con inclusión social. 

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