¿Si esto no es una democracia, qué es?

¿Qué es la democracia? ¿De qué hablan quienes en la actualidad salen a la calle supuestamente a defenderla? ¿Cuáles son los sentidos que están en disputa?

“Alien Duce dice desde la TV que no quiere estar jamás en la TV”. Así empieza una conocida canción de Los Redondos explicitando una gran paradoja social. Es común entre todas las personas usar palabras o conceptos importantes para defender y justificar una posición que se quiera tomar. La paradoja sucede cuando estas palabras son utilizadas desde una significación antagónica a la que tradicionalmente significan. La democracia es una de esas palabras que caen en retóricas vacías de diferentes actores y sectores sociales que van disputando su significado.  

Las nociones tradicionales de este concepto nos muestran algo importante: el pueblo, entendido como la mayoría, es central en su definición, viéndose representado y partícipe de las decisiones tomadas bajo esta forma de gobierno. 

Si nos remontamos a su origen, la democracia ateniense suponía la participación de todes, pero ese todes era excluyente, representaba un porcentaje sumamente minoritario de la población (varones, blancos, libres y propietarios). Cabe preguntarse en qué medida este “todes” que es el pueblo, no es también excluyente, si no existe un grupo que se arroga la representatividad del conjunto o la posibilidad de gobernar (en beneficio propio) en nombre del bien común. 

Siendo que la democracia es el gobierno del pueblo, entonces el Estado (se supone) debe representar a la mayoría, sancionando leyes, generando derechos y redistribuyendo los bienes a fin de alcanzar al total de la población. En contracara, muchos gobiernos que se jactaban de democráticos se parecieron más a las otras formas de gobierno descriptas en la antigüedad (y en la modernidad). Estas no contienen en su definición al pueblo, implicando también que, generalmente, las decisiones políticas que se toman van en detrimento de los sectores populares vulnerando derechos y posibilidades de la mayoría.

Desde la Revolución Francesa hasta la actualidad, podemos decir que no ha habido dos gobiernos iguales, que no existe la democracia con mayúscula, sino distintas expresiones democráticas de mayor y menor participación popular, con más derechos o más privilegios, con más participación del Estado y otras con más participación del mercado, y un sin fin de etcéteras.

Democratizar como verbo, como tarea para pensar en ampliar derechos (individuales y colectivos), cómo generar mayor participación y debate, cómo generar mayor igualdad de oportunidades, cómo dar voz a quienes no la tienen.

Resulta interesante entonces dejar de pensar la democracia, como una definición estática y acabada, sino como una respuesta dinámica y situada. Pensar la democracia implica pensar sus múltiples aristas en cada contexto histórico. Democratizar como verbo, como tarea para pensar en ampliar derechos (individuales y colectivos), cómo generar mayor participación y debate, cómo generar mayor igualdad de oportunidades, cómo dar voz a quienes no la tienen. No se trata de precisar los alcances universales del término, sino de preguntarnos qué significa en cada contexto.

Juego de caballeros

Recientemente salió una serie que relata los inicios del fútbol profesional en Inglaterra, y retrata el debate de la elite inglesa que se negaba a profesionalizar el deporte porque de lo contrario se “contaminaría”. Esta elite se posicionaba como “guardián” de los valores y principios fundamentales de ese deporte, para mantener los privilegios de poder ganar en esa competencia. 

Haciendo un paralelismo, podemos pensar que existen algunas minorías poderosas que buscan apropiarse del significante de la democracia, para defender los propios intereses en nombre de un gobierno “justo y meritocrático”. Esta es la paradoja de los “guardianes”, defender la democracia como si fuese una caja vacía de contenido, para proponer un Estado liberal que incentive la lógica meritocrática.

Esta es la paradoja de los “guardianes”, defender la democracia como si fuese una caja vacía de contenido, para proponer un Estado liberal que incentive la lógica meritocrática.

Estos “guardianes de la democracia”  en su afán de “cuidarla” pueden violentar a cualquiera que ellos crean que no sigue sus mismos pensamientos. Los hechos sucedidos en las últimas marchas anticuarentena muestran este doble suceso. Por un lado la violencia de aquellas personas que decidieron manifestarse y por el otro, la defensa de una democracia que, supuestamente, se ve en peligro. El problema surge, nuevamente, al analizar de qué democracia están hablando estos supuestos guardianes.

En síntesis, el modus operandi es siempre el mismo. Aprovecharse de ciertos conceptos que generan cohesión social y llevan consigo esperanza y posibilidades, extraer su contenido original y rellenarlo con diferentes concepciones antagónicas a aquello que la palabra o el concepto tiene por sí mismo.

El hecho maldito del país burgués

La tradición liberal argentina, formó un imaginario de ciudadano nacional que data de los inicios de la Revolución de Mayo. Más adelante, la dicotomía sarmientina Civilización y Barbarie logra explicitar esta problemática argentina. 

El “modelo ideal” de argentino esperado por Sarmiento, y la tradición liberal, es el que trabaja y progresa de forma individual. La lógica meritocrática siempre acompañó a dicha tradición.Por eso la función del Estado según esta perspectiva es la de garantizar los derechos individuales y no sociales. Los valores que se pretendieron formar en la sociedad argentina que tienen que ver con el cuidado de la propiedad privada y el libre comercio. Las últimas manifestaciones en defensa de Vicentin y la propiedad privada muestran que este espíritu sigue fuertemente arraigado.

En contraposición, los gobiernos populares, vienen a disputar este sentido democrático impuesto por el liberalismo, proponiendo modelos económicos y sociales más igualitarios, a partir de un Estado que distribuye la riqueza pero también que amplía derechos.

Esto muestra dos aspectos que incomodan a la oligarquía argentina:  el primero es que lo hagan en nombre de la democracia, y el segundo es que triunfe. 

Esto muestra dos aspectos que incomodan a la oligarquía argentina:  el primero es que lo hagan en nombre de la democracia, y el segundo es que triunfe. 

Los sectores liberales suponen un Estado “neutral”, que no interviene en la economía y en los conflictos. Por lo tanto se afirma que el populismo viene a romper con esta supuesta neutralidad y a coercionar a los empresarios vulnerando el derecho natural a la libertad y a la propiedad privada. Sobre estos supuestos se enuncia la existencia de un Estado autoritario. ¿Para qué dicen eso del populismo? ¿Por qué necesitan crear ese discurso? 

Los gobiernos populares generan una doble amenaza para estos sectores. Por un lado, que la idea de democracia sea distinta de la que ellos pretenden, acercándose a una concepción social según la cual la mayoría se tiene que ver representada en las decisiones políticas del gobierno. Y en segundo lugar, la amenaza concreta de que esta concepción social de democracia triunfe en las elecciones, haciendo efectivas las propuestas políticas que emanan de esta mirada alternativa sobre dicha forma de gobierno.

Sin embargo, a conciencia de estas posibilidades, el capital concentrado desarrolla diversas estrategias para aminorar dichas amenazas. Un ejemplo claro es el reconocimiento público al alfonsinismo que efectuó el macrismo al enarbolar una estatua de Alfonsín. Pero allí, tal como analiza Martín Rodriguez en esta nota, se retrata a una figura derrotada: un presidente “que no pudo”. Desde la perspectiva de estos sectores hegemónicos, se puede tener un proyecto alternativo, se puede desafiar al poder, pero algo muy distinto es vencerlo y mucho más en nombre de la democracia. Entonces, debemos decir que la disputa sobre el sentido de la Democracia es una disputa estratégica. El orden social, político y económico del capitalismo occidental se sostiene sobre este significante. 

Como escribe Sarmiento, “Facundo no ha muerto, está vivo en las tradiciones populares, en la política y en las revoluciones argentinas”. La herencia del proyecto popular es y será siempre una amenaza, un hecho maldito. Por eso en nombre de la democracia se hicieron los golpes de Estado y las dictaduras, las proscripciones y las persecuciones, que en los distintos momentos de la historia han cambiando de formato, pero el sentido siguió siendo el mismo. 

Hoy, esos “guardianes” son quienes convocar a movilizar “en defensa” de Vicentin, la dirigencia de Cambiemos, parte del sector empresario. En el 2019 nuevamente el pueblo en las urnas eligió un gobierno popular, con casi el 50% de los votos, indiscutido triunfo. Pero ya antes de la asunción anunciaban en algunos spots que iban a “estar alertas”. “El cierre del Congreso”, Vicentín, la cuarentena, el impuesto a las grandes fortunas, en estas discusiones aparece la idea de que nuevamente la democracia está en peligro, y que ellos, como guardianes, son quienes vienen a defenderla. 

Pero, aunque ellos creen que la democracia en Argentina es una potestad suya y está limitada a su interpretación, hacé running y ahorrá en dólares, lo cierto es que en nuestro país la Democracia también se viste de verde, tiene olor a chori y cuando hace calor, mete las patas en la fuente. 

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