El Borges de la barbarie

¿Cómo vencer el prejuicio a Borges? ¿Cómo reconciliarnos con la lectura borgeana?

Las experiencias que el joven Borges vivió en los suburbios de Palermo no bastaron en El informe de Brodie. El autor nos dejó más de lo pensado. Las armas, los terrenos baldíos, los procesos misteriosos simbólicos, la vida y la muerte, los detectives, las bibliotecas y lo infinito. Borges liberó la palabra para darle ingreso a una nueva época, a la prosa de las dos patrias: la patria intelectual, criolla e inglesa y la patria de la guerra, el coraje y lo salvaje. La Argentina de Borges, la que todes queremos. 

La cultura nacional nunca se extingue, rejuvenece, se altera y es capaz de mostrarnos tantas fases como versiones posibles. La melancolía de nuestros antepasados nos permite refundar las estructuras literarias, alterar nuestros entrecejos y darle la bienvenida a la renovada literatura argentina, siempre triunfante y mejorada. 

La melancolía de nuestros antepasados nos permite refundar las estructuras literarias, alterar nuestros entrecejos y darle la bienvenida a la renovada literatura argentina, siempre triunfante y mejorada. 

Néstor Perlongher, como autor argentino, logró lo impensado: modificar, a través de su poesía barroca, los límites preconcebidos y sujetantes del orden de lo indiscutido, establecidos por la mítica autoridad literaria. La acción política en la poesía y en la literatura es posible. Perlongher lo demostró al transgredir la ley que gobernaba a la poesía renacentista e incluir lo que habitualmente excluido: el sexo, la homosexualidad y la política en un devenir animal y en una fugacidad constante. Si esto nos sorprende, la cuestión borgeana debería dejarnos sin aliento. En Borges, la peripecia gauchesca es introducida como elemento de la cultura; la barbarie se extiende y resiste para quedarse.

Oíd el ruido de rotas cadenas

Rousseau lo anticipó en su Discurso sobre las ciencias y las artes: la civilización introduciría varias problemáticas y ataduras en diversos niveles. Varias son, también, las obras literarias que permitieron reflexionar acerca de nuestras sociedades, dentro de las cuales encontramos prejuicios, luchas entre intelectuales, investigaciones y debates acerca de los límites de la naturaleza y la ciencia (qué oportuno el COVID). 

Las ansias por conocer e investigar nos llevaron a diversos caminos, a lugares de supremacía, de conflicto o hasta de interdependencia social. Las almas se corrompen una vez que las ciencias y las artes avanzan sobre nosotrxs; los males que nos acontecen por ser sujetos civilizados son consecuencia directa de la curiosidad que nos generan. La civilidad se interpreta como la formas de pasar “por pulido” y el miedo a ser miradx como salvaje y groserx, es la actitud que toman lxs habitantes en una sociedad luego de ser educadxs. La civilización genera una falsa imagen exterior: la “pulidez”, el arte engañador, imitador de virtudes ausentes, y su dominio cohíbe nuestras pasiones e instintos naturales más internos. Sin embargo, la literatura permitió vehiculizarlos. 

El gaucho es un personaje más, el bárbaro obtiene las mismas líneas que el criollo. La patria se agranda y se ensancha bajo la mirada del manifestante del ultraísmo.

La literatura puede ser y es un vehículo del erotismo, del hedonismo. Más allá de lo que exprese, tiene la posibilidad de ser leída a partir del placer e involucrar los elementos adyacentes, los descartados por la civilización del siglo XIX. Borges lo logró: los contrapuso. Y quién más que él para entrelazar esos elementos descartados y los elementos que descartan a otros en una misma literatura. Sarlo lo identificó como “un escritor en las orillas”; yo diría que ya no son orillas: es un todo donde todo es aceptado y anexado, un interior orgánico, un mundo entero sin márgenes que ataquen desde otras partes. Pareciera ser que Borges anticipó el análisis de Sarlo al señalar la contradicción de los nacionalistas al venerar las capacidades de la mente argentina y limitar el ejercicio poético a los temas locales, “como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo”.

Ya no existe el outsider, el expulsado, el Frankenstein como herramienta crítica de la sociedad tal como lo utilizó la joven Mary Shelley. El gaucho es un personaje más, el bárbaro obtiene las mismas líneas que el criollo. La patria se agranda y se ensancha bajo la mirada del manifestante del ultraísmo. Las formas ya no son individuales, determinadas, fijas, sino que son cambiantes, transformadoras, admiten nuevas evoluciones. La rebeldía del trazo del gaucho en su cuaderno nos hace pensar que otras formas, antes ocultas, son posibles.

La literatura gauchesca fue evolucionada bajo las formas aceptadas por la sociedad de las altas clases. Gabriela Cabezón Cámara, en Las aventuras de la China Iron, nos mostró que la historia puede y debe ser distinta. Los famosos versos, que en algún momento José Hernández escribió, pudieron ser -ficcionalmente- escritos por el verdadero autor de la cultura argentina: Martín Fierro. Nos animamos a creer que la ficción supera la realidad. La cultura del drenaje es selectiva; las decisiones, políticas e influyentes. La ciencia y las reglas de la moral parecieran haber desterrado la imagen de la barbarie, pero muchxs autorxs de la literatura argentina se encargaron de darles batalla.

Tenemos la suerte de contar con la versión taquigráfica de la clase que Jorge Luis Borges dictó en el Colegio Libre de Estudios Superiores (1951), donde expuso la deliberada batalla del escritor argentino y la tradición.  El profesor realizó una gran distinción entre la poesía de los gauchos y la poesía gauchesca; la contraposición entre el Martín Fierro y el Fausto como lo que permite percibir la diferencia entre las poesías. Los poetas del campo y del suburbio versifican sobre temas generales como el dolor, el amor, las ausencias, a través de un léxico general, como describe Borges, mientras que los poetas gauchescos cultivan un lenguaje popular que los primeros no ensayan. Borges justifica las incorrecciones que podríamos encontrar en el uso del lenguaje popular como el resultado de la “obra de la ignorancia”. En la poesía gauchesca hay una búsqueda por usar palabras nativas. Para que quede claro, nada mejor que citar al mejor escritor de nuestra cultura: “La prueba es ésta: un colombiano, un mejicano o un español pueden comprender inmediatamente las poesías de los payadores, de los gauchos, y en cambio necesitan un glosario para comprender, siquiera aproximadamente, a Estanislao del Campo o Ascasubi”. 

Borges se arrepintió y se avergonzó toda su vida por ser una persona destinada a los libros y no a “la vida de acción”.

Borges se arrepintió y se avergonzó toda su vida por ser una persona destinada a los libros y no a “la vida de acción”. Yo creo que logró yuxtaponer las palabras y las cosas, como Perec, en una línea de acción eterna y rebelde. 

Podemos afirmar que El París de Baudelaire se transformó en el Buenos Aires de Borges.  La lectura que tenemos de ambos se da en clave de una formación burguesa y de una instrucción histórica y cultural determinada. Si Baudelaire logró expresar más que lo enunciado sobre su época, Borges nos dejó un legado, una segunda historia para leer y aprehender. Nos asignaron la grata tarea de discernir entre estas historias, destronar la realeza literaria cortezana y, de una vez por todas, entregarle la corona al autor de la cualidad literaria argentina más avanzada, estilística y técnica. 

Si Baudelaire logró expresar más que lo enunciado sobre su época, Borges nos dejó un legado, una segunda historia para leer y aprehender.

Nuestro patrimonio literario y argentino es universal, ya lo dijo él. Es con todes. Cambiemos el paradigma que domina y encontremos esos bellos y recónditos lugares a los que nunca antes habíamos llegado. Gracias, Borges, por mostrarnos el camino de la eternidad, el de los laberintos, las paradojas filosóficas y sociales. 

El mundo de Borges es el mejor. 

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