La soledad del análisis

“Mi alma tiene el peso de la luz. Tiene el peso de la música. Tiene el peso de la palabra nunca dicha, a punto, quizá, de ser dicha. Tiene el peso de un recuerdo. Tiene el peso de una añoranza. Tiene el peso de una mirada. Pesa como pesa una ausencia. Y la lágrima que no se ha llorado. Tiene el inmaterial peso de una soledad en medio de los otros”. 

Clarice Lispector

La soledad de la tumba

El lugar del analista es como una tumba vacía, pero con nombre propio, en la que yacen historias y de donde, a su vez, nacen otras, efectuando así un olvido que sabe “recordar” una vida más allá de la identidad, de los fantasmas y de los imperativos. Ir al analista, entonces, es ir a yacer como un muerto que habla y que vuelve, una y otra vez, “renacido”. El analista, el de carne y hueso, no es ajeno –para nada– a ese viaje. Su éxito es emprender, junto con el analizante, esa travesía cotidiana lo más despojado posible, y quizá regresar, cada vez, con algo menos aún.

La unánime noche de lo inconciliable

La noche, el silencio, nadie sabe a qué nos arrojamos cuando logramos conciliar el sueño. No se trata de una conciliación: creo que los que no logran dormir, son los que la buscan desesperadamente. Nadie sabe, llevados por los sueños, en qué lugares aparecerán, o en qué tiempos fuera del que nos toca, y con qué personas que tal vez jamás vimos ni conocimos. La mirada nos lleva, sin control. Hace un tiempo, un paciente me decía: “Me quedo tranquilo porque estoy controlado”. Hablaba en su sesión acerca de cómo hacían los presos para soportar condenas, algunas de 15 o 20 o más años. Le da pánico irse a dormir. Le digo que podría tratarse del riesgo de abismarse en un universo sin control, el de los sueños, y perder la tranquilidad del preso, del condenado, la puerta de la celda que se entreabre y que invita a que algo se escape, y ese algo podría ser él. 

“Mejor” presos, aunque sea de nuestra neurosis, sería la lógica del amante de la seguridad total, en una época en la que no faltan seguros. La neurosis podría serlo. Gratis ¿Gratis?

“Mejor” presos, aunque sea de nuestra neurosis, sería la lógica del amante de la seguridad total, en una época en la que no faltan seguros. La neurosis podría serlo. Gratis ¿Gratis?

¿Es posible que uno no quiera salir de la prisión-neurosis? Este es el eje de la ética freudiana que, más tarde, formalizará Lacan. Por supuesto que es posible. El bien que hace mal, y al que el neurótico se aferra para “no perder la tranquilidad” es muy concreto. Muertos que parlan pero que se creen vivos. Habrá que ir a la tumba a probarse la lápida bajo el nombre propio de un analista, entonces, volver de entre los muertos y reaparecer a una vida sin rituales ni religión, sin padre y sin madre, sin épica ni mesianismo, pero no sin fe ni esperanza, ni alegría. Sobre todo, sin volver a construir una lógica de promesas y consuelos, de premios y castigos dedicados a erigir tótems sobre esa nada que el neurótico rechaza. Allí, en el origen, puede haber de todo, pero nunca “nada”, como otra de las opciones. La neurosis siempre “suma”, nunca resta hasta llegar al cero. Solo los artistas son capaces de hacer algo con lo que “no hay”, y allí adviene su obra. Sin embargo, el análisis nos hace pasar por nuestro momento poético, decisivo, sin necesidad de dedicarnos al arte. En las escuelas de psicoanálisis, dar testimonio de ese “pasar” es lo que fundamenta el dispositivo que ideó Lacan para autorizar a los analistas. No para analizar, por supuesto, sino para analizar en las condiciones en las que esa escuela lo reconoce. 

La mirada de Freud

La mirada de Freud se propuso a sí misma como la mirada del sueño. ¿Acaso no es eso lo que hizo? ¿No se dejó llevar a través de lo que éstos le mostraban con una mirada inédita capaz de no juzgar ni reprochar los absurdos que proliferan en esa dimensión? Supo ir solo y más allá de “los santos inocentes”, hasta el corazón de lo humano: la infancia. Negada hasta ahí, los niños solo eran breves adultos sin altura ni derechos, exponentes en carne viva de algo más bien peligroso: el deseo y la pasión por jugar juegos que –exactamente al revés– hacen de los adultos negadores “santos e inocentes”, infantiles sin infancia, o desentendidos a la fuerza. 

En definitiva, sobre ellos (los niños) se volcaba todo el poder contractivo y contrayente de la educación y la disciplina. No por nada, claro, algo sabían acerca de la infancia negada.

Esa aventura, la freudiana, lejos de parecerse en algo a las de un “cazador de arcas perdidas” o de un arqueólogo descubridor de falsas tumbas enquistadas entre los decorados del cine “pochoclero”, incluye la tragedia de la vida aplastada por las prevenciones, los aseguramientos y el enorme sistema artificioso armado para la continuidad de la acumulación monstruosa de capital. 

Y esos niños yacían en el alma perturbada de los neuróticos, como muertos en vida abortando la infancia en el estrangulamiento del juego, en los forzados talles de adultos en pequeño, en la sobreadaptación a las violencias del sistema, comenzando desde la básica y disciplinante prohibición de jugar a lo que sea: el abuso en sus diversas formas y formalidades.

Esa aventura, la freudiana, lejos de parecerse en algo a las de un “cazador de arcas perdidas” o de un arqueólogo descubridor de falsas tumbas enquistadas entre los decorados del cine “pochoclero”, incluye la tragedia de la vida aplastada por las prevenciones, los aseguramientos y el enorme sistema artificioso armado para la continuidad de la acumulación monstruosa de capital. 

El individuo, alienado en la lógica de la planificación y el control, tal como si él fuera parte del inventario y al mismo tiempo su propio burócrata supervisor, rechaza con todas sus fuerzas, hasta la extenuación, ese recurso no renovable que es la infancia.

El individuo, alienado en la lógica de la planificación y el control, tal como si él fuera parte del inventario y al mismo tiempo su propio burócrata supervisor, rechaza con todas sus fuerzas, hasta la extenuación, ese recurso no renovable que es la infancia, expoliando el campo de lo humano del mismo modo que los recursos del planeta, convirtiendo la naturaleza y la realidad en una y la misma cosa.

La soledad del analista

La soledad que nos interesa se define por la inermidad primera en la que ya está reconocida la raíz constitutiva de la relación al Otro, no su negación abroquelada en el fanatismo ideológico por el triunfo del individuo. Para el psicoanálisis, se trata de colectivizar sin hacer desaparecer las singularidades. Colectivismo del deseo que se muere en la “fortaleza del individuo” privilegiado por la lógica corporativa de los “recursos humanos”.

Para el psicoanálisis, se trata de colectivizar sin hacer desaparecer las singularidades.

Paradójicamente, en el fenómeno de masa el individuo tiene su verdadera sensación de individuo, donde se hace “uno mismo”, sin divisiones, y tal como un soldado que obedece órdenes, acciona y acciona, como un ser de acción dentro del engranaje del movimiento del capital, cuyo “estado natural” es la guerra social. No hace falta que sea una guerra abierta, a los tiros. La guerra fría se extiende como un éter en toda la esfera de la vida, desde siempre “en cuarentena”: distancia social, falso altruismo de propaganda en nombre del “bien común”, forjado dentro de un pensamiento que no pasa de ser solo el ruido de una mosca en la cabeza.

El analista propone, desde su extraña posición destituida del “uno mismo”, una pacificación, una reaparición y una resta o sustracción.

Pacificación: El desarrollo de la sobredeterminación simbólica del síntoma, implica una desconcentración, una redistribución del goce que pacifica al individuo, porque se destituye de sí mismo y de todo el aparato que lo sostiene como tal, desarmándolo del mismo modo que se desarma un soldado al finalizar la guerra. La experiencia del inconsciente a través de lapsus, chistes, olvidos, sueños y lecturas del inconsciente en análisis le van dando una perspectiva de desapropiación de sí mismo que lo hace andar cada vez más liviano, sin temor a ser “robado”, porque al fin y al cabo es a lo que el individuo enajenado se aboca: a “vigilar” al enemigo, el otro.

Reaparición: dentro de ese campo concentracionario (de goce) que implica el síntoma, lo desaparecido son los cuerpos libidinales, bloqueados en una lógica de aislamiento y de desinvestidura, al impedirse la circulación del deseo. Lo que “vive” allí son las biologías corporales, la “vida útil” del armado orgánico para la prosecución infernal de la acción productivista, la extensión biologicista de la apariencia de un cuerpo sano, quemado por dentro, sin sabor ni consistencia, tal como una fruta de frigorífico. La desaparición de los cuerpos es un concepto extendido que no se limita a la ejecución literal llevada a cabo en los campos de concentración estilo nazi, sino que el capitalismo global es una gran máquina desaparecedora que solo hace visibles los vegetales de los que se alimenta. Del mismo modo en que el consumidor llega a la carnicería por completo ajeno a la faena que hubo antes y detrás de ésta, los cuerpos del consumo se exponen en la vidriera para ser consumidos hasta por la mirada. Cuanto menos espíritu se note, más comestible “la mercadería”, una suerte de pornografía de la vida cotidiana.

Resta o sustracción: desde la acción que hace girar “la rueda” productivista en continuidad y sin saltos –“prohibiendo” el acto por el que esa acción se revelaría absurda– (como un sueño) a evidenciar que solo hace falta una acción mínima que cambie la posición para ver el mecanismo de su giro infernal e interminable, sin ya participar de él. Su potencial subversivo –el de la resta– radica allí. En vez de sumar y sumar intensidad de acción hacia la velocidad, la operación de sustracción le devuelve al sujeto energía y vitalidad deseante. 

El analista, también, ofreciéndose de sostén a ese viaje por las tinieblas de la muerte que habla, regresa renacido, pero para el psicoanálisis. Retorna, cada vez, más liviano en su soledad, sin hundirse junto al pesado cuerpo muerto del sacrificio dedicado a los dioses.

El analista, también, ofreciéndose de sostén a ese viaje por las tinieblas de la muerte que habla, regresa renacido, pero para el psicoanálisis. Retorna, cada vez, más liviano en su soledad, sin hundirse junto al pesado cuerpo muerto del sacrificio dedicado a los dioses.

Jose Luis Juresa

Director de EPC (Espacio Psicoanalítico Contemporáneo)

Codirector de “Psicoanálisis: zona franca. Lectura libre de supuestos” (facebook)

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