Les pibis: ese loop que nunca termina

Los ejemplos son muchos: meses atrás, Dario Sztajnszrajber trató la temática en la Televisión Pública; Cristina Fernández de Kirchner abrió la primera sesión virtual en el senado y no faltaron sus ya reiterativas exigencias de que la llamen  “Presidenta” y no “Presidente”; una diputada del Frente de Todos, Jimena López, presentó un proyecto de ley para que la Honorable Cámara de Diputados de la Nación sea también de “Diputadas” y, la semana pasada, Lucas Grimson (quien integra la Dirección de Adolescencias y Juventudes) se presentó con un discurso donde se refirió a “les pibis”. Todos estos sucesos hacen retornar, una y otra vez, la discusión sobre el fenómeno que para muchxs es una pesadilla y para otrxs, una conquista de equidad. Lenguaje inclusivo o no binario: ¿sí o no?

Hace unos meses en el top trending de Twitter Argentina se posicionaron alto los hashtags #BastaDeLenguajeInclusivo y #UsoLenguajeNoBinario. Semanas después la #RAE, una vez más, se hacía visible en las tendencias de la misma red social. Así, nuevamente la plataforma se convertía en escenario de disputa entre quienes oponen una resistencia colectiva al cambio lingüístico y quienes acompañamos al mismo. Este cambio, que hace poco más de cien años era descubierto por el padre de la lingüística estructural y fundador de la semiología, Ferdinand de Saussure, vuelve a dejar sus marcas en las redes.

En su Curso de lingüística general, Saussure le contaba al mundo que el signo lingüístico, unidad mínima estructural de la lengua, es mutable e inmutable al mismo tiempo; en apariencia, esto implicaría una contradicción. La mutabilidad se origina por el principio de alteridad y continuidad del signo y por esos desplazamientos que a lo largo del tiempo se dan en la relación entre significantes y significados (las dos partes que lo constituyen). Son estos desplazamientos los que han permitido el nacimiento de nuevas lenguas y es por ellos que podemos apropiarnos de nuevos conceptos, redefinirlos y, por qué no, enriquecerlos. Solo basta pensar que, por ejemplo, la palabra “gauchada”, que refiere actualmente a una “acción desinteresada hacia otra persona”, en los tiempos de Sarmiento caracterizaba a los gauchos o esa simple “chusma criolla incivil, bárbara y ruda”. También sabemos que cuando hablamos de “chapar” (aunque esto quede un poco viejo) no necesariamente refiere al proceso de “cubrir una superficie con chapas de metal o madera” (definición que encontramos en las aserciones de la RAE) y que cuando hablamos de “twittear, googlear, instagramear, tiktokear” comprendemos perfectamente que los verbos definen acciones que nacieron en la era digital. Entendiendo el principio de alteridad y continuidad y, en consecuencia, su mutabilidad, podemos afirmar lo siguiente: una lengua que no muta es una lengua muerta.

Una lengua que no muta es una lengua muerta.

Pero Ferdinand también habló de otro principio: la inmutabilidad. Si el día de mañana, al levantarnos de la cama, quisiéramos que los perros se llamen gatos, que los gatos sean liebres y que las liebres sean vacas, lo más probable es que el sistema no lo acepte y tales esfuerzos sean completamente inútiles. Y esto es porque, a su vez -en palabras del autor- el signo resiste toda sustitución arbitraria y “la masa misma no puede ejercer su soberanía sobre una sola palabra; la masa está atada a la lengua tal cual es.” A esto sumemos que tal desobediencia sería un completo caos: se necesita cierta dosis de normativa que permita la estructura y facilite la comunicación. Y guardián de ese faro, en la lengua castellana, es la ya mencionada Real Academia Española.

Establecer esta serie de reglas (lo que se llama una gramática normativa) es la función de la RAE; sin embargo, también puede y debe dar cuenta de un objeto -la lengua- y de su especificidad científica, su estructura y, claro, sus evoluciones. Esto responde a lo que denominamos una gramática descriptiva. La lengua no es una simple foto, sino un video en constante movimiento. 

La lengua no es una simple foto, sino un video en constante movimiento. 

Esta institución, cabe aclarar, siempre ha reconocido y aceptado el uso de nuevas palabras: sin ir más lejos, “fácil” no solo fue siempre una “habilidad que requiere de poco esfuerzo”, sino también lo dicho “especialmente de una mujer: que se presta sin problemas a mantener relaciones sexuales”. Por otro lado, el sexo débil es el “conjunto de las mujeres”; y, a pesar de que aún en la historia no hemos encontrado feministas que encierren hombres en campos de concentración, la palabra “feminazi” es reconocida como un “acrónimo despectivo” que describe a feministas radicalizadas. Les guste o no, las críticas sexistas y androcentristas que recibe el castellano también le pegan a la Real Academia Español, y creo que no está mal decirlo.

El uso del masculino genérico como forma de “inclusión” provoca un borramiento que no solo dehistoriza, sino que invisibiliza a las identidades que no entran en el campo sexo-genérico del varón (mujeres, travas, trans, identidades no binarias). Un solo hombre en un grupo de diez mujeres tiene la fuerza para modificar toda una estructura narrativa, pero ni diez mujeres con un solo hombre corren con esa ventaja. Ante tal supuesta inclusión, la filóloga Teresa Meana afirma que la mujer desde joven debe aprender a manejar una verdadera fuerza intuitiva: desde niñas, las mujeres saben que a veces son “todos” y otras, no.

¿Y lxs niñxs? ¿Estamos segurxs de que desde chicxs se sienten representadxs por ese masculino genérico? ¿Nos cuesta mucho, quizá, la idea de aceptar que existen niñas, niños y niñes? ¿Que crezcan y no puedan encontrarse identificadxs dentro las categorías genéricas binarias? ¿Qué hacemos con ellxs? La respuesta: incluyámoslxs. Y la inclusión se da mediante el uso de la lengua, que no es solo es un sistema que permite comunicarnos, sino que es performativa: crea realidad. Es la única operación racional que nos permite traer sucesos del pasado, describir futuros, ideas abstractas; la única que nos permite prometerle a esa persona que nos necesita que estaremos siempre acompañándola, aun cuando la acción no haya ocurrido todavía. Aquello que no se nombra, no existe.

La inclusión se da mediante el uso de la lengua, que no es solo es un sistema que permite comunicarnos, sino que es performativa: crea realidad.

En el año 2018, supo usar la lengua a su favor –y muy bien- Aceites y Energía Santamaría S.L: la empresa, ubicada en Lucena, municipio español de la provincia de Córdoba, al decidir no pagarles a sus trabajadoras una actualización salarial porque el contrato especificaba “trabajadores” y no “trabajadores y trabajadoras”. Por supuesto, la RAE se expresó culpando a la “insistencia” de los grupos feministas al dar cuenta de la invisibilización de la mujer que constituye al genérico masculino, trayendo así estas “lamentables confusiones”.

Hizo valer la confusión del genérico masculino, también, Julieta Lanteri, cuando en 1911 -36 años antes del voto femenino- se presentó a votar haciendo valer la ley que convocaba a “todos los ciudadanOs”. Años más tarde, en 1919, se postuló a una banca como diputada, alegando que la Constitución Nacional empleaba la designación genérica, sin excluir a las mujeres. Julieta quizá no usaba la X o la E, pero hizo visible que las desigualdades materiales de las mujeres también se hacían manifiestas en el lenguaje y que a pesar de que el “ciudadanOs” y “diputadOs”, según la gramática normativa, incluía a las mujeres, nadie pensaba en ellas. 

Quienes usamos la E o la X sabemos que estamos realizando una apropiación de la lengua, en una forma totalmente intencional y, a su vez, política.

Por todo esto, quienes usamos la E o la X sabemos que estamos realizando una apropiación de la lengua, en una forma totalmente intencional y, a su vez, política. Se trata de buscar representar, a través de ella, todas las categorías genéricas que escapan a las dicotomías impuestas de hombre y mujer, de dar cuenta de que usamos una lengua que invisibiliza y borra a la mitad del mundo.

No es una imposición meramente populista, como adjudican algunxs. Solo basta con mirar la adopción por parte de la Academia Sueca del pronombre neutro “hen”, en vez de “hon” y “han”. Siendo Suecia uno de los países “modelos” de libertad económica, es hasta un tanto paradójico ver las burlas de algunxs “liberales” atacando nuestra libertad en el uso de nuestra propia lengua y defendiendo, con uñas y dientes, a una institución que con una función gubernamental y estatal. Otra idea falaz –y un tanto apocalíptica- es la que intenta instalar que la imposición de nuevos usos gramaticales no sexistas harían imposible la comunicación. El error radica en desconocer que todo acto de comunicación produce siempre desfasajes (en términos de Elíseo Verón). La comunicación es un hecho complejo en sí y los malos entendidos no son cosa exclusiva de estas nuevas morfologías del lenguaje.

De más está aclarar que las conquistas simbólicas nunca reemplazan o se superponen a las conquistas materiales. Sin embargo, ¿es una idea muy alocada pensar que el lenguaje, como representación abstracta de los fenómenos materiales, es consecuencia -y por qué no causa- de formas más desiguales en el paradigma de género? Esta idea fue pensada hace años por el antropólogo Edward Sapir, quien postulando el principio de relatividad lingüística nos enseñó que cada lengua condiciona la forma en que tenemos de percibir, entender y estructurar el mundo. Tomando esta hipótesis -que al día de hoy se sigue debatiendo y se conoce como la Hipótesis Sapir-Whorf- creo firmemente, sin caer en un determinismo lingüístico, en la necesidad de poder deconstruir y redefinir nuevos usos -políticos- de la lengua. Una lengua que nos atraviese a todxs por igual, que denuncie que la historia está repleta de desigualdades (y sus respectivas luchas por la emancipación) y que éstas no son solo económicas, culturales, étnicas, sino también de género. Una lengua que nos haga percibir y entender un mundo más equitativo. Un mundo donde todas, todos y todes tengamos un lugar en la historia. Una historia en la cual la lengua no solo acompaña, sino de la que también es testigo. Es causa y consecuencia.

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