Lazos amorosos

Uno de los equívocos que tuve al momento de escribir este artículo, y no sin razón, fue decir en voz alta laxo, en lugar de lazo. Quizás para lo que se me iba formulando y para mi propio inconsciente hay algo que se condensa entre una palabra y la otra, algo que se articula, y que corresponde a la laxitud de las relaciones amorosas.

¿Qué sucede en la actualidad con los lazos y con lo que estos posibilitan, es decir, los encuentros?

¿Qué sucede en la actualidad con los lazos y con lo que estos posibilitan, es decir, los encuentros?

Hoy se manifiestan algunos modos que promueven no solo el desencuentro sino que los cuerpos quedan cada vez más, más distantes y separados ¿Hay lugar para el placer, para el amor, para lo sexual con el otro?

Digo el desencuentro, porque desde el psicoanálisis decimos que en relación a lo sexual hay pura disonancia, falla y disparidad. Cuando alguien viene el otro va. Estamos configurados sexualmente de una manera, que poco tiene que ver con lo biológico, y que a partir de eso nos mal llevamos, pero así y todo algo se hace: de algún modo nos llevamos. Llevándonos “mal”, nos llevamos.

Más allá de lo anterior hay algo novedoso en esta época donde lo sexual se vislumbra, acontece, podríamos decir, pero que muchas veces no puede saberse a qué orden ni a qué registro pertenece.

Hay algo novedoso en esta época donde lo sexual se vislumbra, acontece, pero que muchas veces no puede saberse a qué orden ni a qué registro pertenece.

El desborde de las imágenes, la vertiginosidad, los encuentros fugaces y acotados responden de algún modo a los efectos de un capitalismo cada vez más ceñido y abrumador. Es una época marcada por la hiperproductividad, donde pareciera que la libido se apuntala solo a cuestiones materiales de uso o utilidad. En este marco, el otro, el partener, solo podría ser abordado como un objeto más de la serie, como una mercancía. También puede decirse que es un momento caracterizado por la falta de tiempo, del registro de lo propio, donde queda agudizado el desinterés por el otre, y que tiende a la disolución de los lazos.

Una cosa es desencontrarse en las sábanas, en el café, en el happy hour, y otra cosa es el desencuentro en el sentido de la conectividad. Se escucha muy seguido en la clínica: “está conectado pero no responde”, “no respondió a mi historia”. Muchas veces queda en eso, en un affaire cibernético, virtual. O hay conexión pero la distancia es geográfica, o hay acercamiento pero es sin el otre: éste se vuelve un objeto de drenaje, de descarga.

Hoy por hoy, la subjetividad del partener llega a tener en algunas ocasiones el valor de un lastre, y así los encuentros dejan mucho que desear (se deja al deseo de lado).

Hay mucha imagen y poca acción –y pocas palabras–. Las fotos descansan sobre una la lógica que tiende a la redondez, a la buena forma ¿Qué muestra, y qué de-muestra? La fotografía es lo lleno, lo completo, mientras que la realidad nuestra es un poco más compleja, implica el malestar, la equivocación, la falta de seguridad, las dudas, el no-saber. Sin embargo hay como un movimiento, y algunas movidas socio-culturales también, por qué no, que apuntan a rechazar nuestra naturaleza, es decir, nuestra condición como seres hablantes que implica todo lo anterior.

La fotografía es lo lleno, lo completo, mientras que la realidad nuestra es un poco más compleja, implica el malestar, la equivocación, la falta de seguridad, las dudas, el no-saber.

A veces todo se reduce a una especie de encastre, una suerte de correlatividad entre quien exhibe sus imágenes y quien goza viéndolas, pero no al modo de una perversión. Poco se hace después de algún intercambio de comentarios y emojis. Las apps en este sentido representan los ideales de la época: une ve lo que quiere, e intenta consumirlo. No hay mucha diferencia entre las aplicaciones de cadeteria para pedir-ya, o rappidamente y la forma en la cual se sostienen muchos vínculos: ya-ahora-compro-y descarto. Luego vuelvo a comprar. 

A lo mejor esto es una posición defensiva e individual, en tanto un resguardo del sujeto, o tal vez una expresión actual que muestra lo que no anda de los sexos. Es decir, siempre a esta dificultad se la intentó suplir, y quizás hoy, un modo de avanzar sobre ella, sea mediante el  retroceso, el repliegue: vemos que la gente no se implica, no se compromete, se desapega y descarta. El otro mucho no vale, o vale poco y nada. Más bien sirve. 

Podemos preguntar entonces, si la tesis es que el sujeto poco pone en juego, y el otro no cuenta ¿hay condiciones para el amor y para el deseo? 

Además nada más simbólico que un corazón para representar el amor, sin embargo así, solo queda un amor plano, reducido y bidimensional (2D)

El “me gusta”, el like, aparecen como términos soportes de una supuesta seducción. Suelen producirse intercambios como una secuencia de corazones, y muchas veces no llega más lejos. Uno se pregunta ¿ese es el cortejo en la actualidad? Además nada más simbólico que un corazón para representar el amor, sin embargo así, solo queda un amor plano, reducido y bidimensional (2D). Pareciera tratarse de una época donde se fomenta la separación, y se celebra la libertad egoísta-narcisista: como si el encuentro y la charla, donde muchas veces no se sabe qué hacer, hubieran pasado de moda. Ahora, es un click y a coger, sin mediación. La inmediatez puesta en acto. Parece algo precario, pero es preciso para nosotres les psicoanalistas poder interrogar a qué se debe esto. Quizás sea la potencia de un discurso que precariza la manera de relacionarnos, que tiende a empobrecer los lazos y poner el acento en otro parte. 

Lo que se rechaza hoy es lo que podría mediar entre une y otre. Se rechaza la palabra como vehículo del encuentro in situ. Si el imperativo que opera es que siempre hay que saber, tenerla clara, y que la angustia ni se asome, se buscan formas que terminan exiliando al otro, y por lo tanto, en estos términos cuando hay una erótica solo puede ser individual, y no compartida. 

Podemos pensar que la dificultad es intrínseca al amor, pero quizás no se trate de eliminarla. Si no de cómo ponerla en causa.

Podemos pensar que la dificultad es intrínseca al amor, pero quizás no se trate de eliminarla. Si no de cómo ponerla en causa. Cómo la podemos cuestionar.

Se trata de que cada quien vea cuál es el precio que está dispuesto a pagar. 

Hacerle lugar al otre, implica poder avenirse al partener, a sus palabras, a lo que quiere, a su cuerpo. Posiblemente ésta sea una vía para el encuentro. 

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