La conducción de la cura y los principios de su política

I.

La técnica es un verdadero problema en psicoanálisis: la tentación de volverla un estándar es recurrente y ha existido desde el inicio de esta práctica. Así, encontramos tanto el problema de la técnica trabajado por el propio Freud, hasta el problema aún mayor del abuso de tecnicismos por los salieris e imitadores freudolacanianos del pasado y de nuestros días. Dicho de otro modo, no hay mejor ni más sencilla forma de degradar y psicologizar al psicoanálisis que hacer de la técnica el centro y, así, pervertir una experiencia en protocolo y ceremonial. Esto sucedió con los primeros freudianos, como con los llamados posfreudianos y con la exportación del psicoanálisis a Estados Unidos; y sucede también hoy en día, cada vez más sutilmente afrancesado, con ciertos exponentes y “popes” del lacanismo, que hacen de “la” técnica —esto es, rechazo a alojar el sufrimiento, sesiones irrisoriamente breves, semblante de garca o nihilismo berreta— verdaderas formas imperativas, normativizantes y de mutua legitimación. Éstos últimos no conducen un movimiento o escuela, sino que mandan y gobiernan cual Amos o Universitarios, tiranía liberal mediante. 

No hay mejor ni más sencilla forma de degradar y psicologizar al psicoanálisis que hacer de la técnica el centro y, así, pervertir una experiencia en protocolo y ceremonial.

Todo esto se degrada hasta la violencia de lo patético cuando, ante tal o cual escena no tan ortodoxa, se oye el siguiente latiguillo o correctivo: “eso no es psicoanálisis”. Recordemos: una cosa era Lacan y otra la cana.

II.

Para Freud toda técnica debe fundamentarse en una ética, por lo que cualquier rudimento, saber-hacer, operación, gaje o yeite que utilicemos para ejercer nuestro oficio no es una herramienta sino una prolongación de lo más íntimo, vulnerable y potente que se puede referir: el propio deseo. Cada analista es sus gajes y yeites. 

Por ello un analista es síntoma, y desde allí (se)conduce desde una política, e incluso desde una ideología. Un analista que cree a su intervención carente de ideología o bien no está comprendiendo la idea de carencia, o bien es tan tibio como cualquier neurótico; o bien es tan mentiroso como el gestor que se publicita apolítico desde un supuesto tecnicismo. 

Un ejemplo que reúne lo peor de lo anterior:un psicoanalista, como sujeto social, puede tener la ideología que quiera; pero en el sillón es un objeto del paciente, dijo una vez una señorapsicoanalista. Sobre esto, diez críticas:

  1. El deseo del analista no es uno desideologizado, ya que no existe tal deseo.
  2. ¿No es degradante reducir lo ideológico a su dimensión imaginaria? 
  3. Otra cosa, muy distinta, es abstenerse de dar una respuesta personal; y no sólo lo hacemos ante “cuestiones ideológicas”.
  4. ¿Se puede ser todo-objeto? Esa premisa se enmarca en un esquematismo universitario.
  5. Que la posición del/de la analista sea la de advenir objeto del paciente es un horizonte, ya que nunca se es del todo objeto. 
  6. ¿Mi intervención social no tiene acaso efectos en la política que me doy para conducir una cura?
  7. Afuera y adentro son dos coordenadas francamente falsas, cuanto menos falaces, para ceñir la experiencia de un análisis, de una sesión.
  8. ¿No hay en el escicionismo de la frase una confesión, a saber, el anhelo de un psicoanálisis que no sea desideologizado sino todo-apolítico?
  9. El conservadurismo liberal-analítico no deja su ideología en la puerta del consultorio, sino que considera al propio psicoanálisis como una cosmovisión.
  10. ¿La ideología no implica acaso al fantasma? Si así fuera, ¿alguien pensaría que no utilizamos en nada nuestro fantasma cuando psicoanalizamos?

III.

Una cosa es la neutralidad y otra la tibieza: la neutralidad que no abraza una ética es un rechazo a la toma de posición, una imberbe pasividad. No somos meros administradores de consorcio, ni exitosos gestores de vidas ajenas, ni “counsellors”. En Conducción política (1951) Juan Perón planteaba que “la función del que conduce no es meramente la de administrar justicia”. En esta línea, conducir una cura es otra cosa, cosa seria, ya que implica la imposible tarea de ser juez y parte.

Una cosa es la neutralidad y otra la tibieza: la neutralidad que no abraza una ética es un rechazo a la toma de posición, una imberbe pasividad. No somos meros administradores de consorcio, ni exitosos gestores de vidas ajenas, ni “counsellors”.

La conducción hace del psicoanálisis un modesto pero genuino arte, todo centrado en una ejecución minuciosa pero audaz. La acción de conducir hace posible bordear cierta imposibilidad, ya que para Perón implica una práctica de gobierno muy especial: una que no es la del Amo sino la del analista.

Conducir es un verbo que permite neutralidad, nunca tibieza: nada más singular y significante que los verbos que utilizamos. Conducir es superador, por la complejidad y la conflictiva que aloja, a gestionar; incluso a dirigir. Porque gestionar la cosa pública o lo privado es fatalmente lo mismo, ya que en la propia distinción está la trampa: la ilusión de la esfera privada que se sustrae de lo público se referencia tanto en la moral liberal como en la mitología individual del neurótico, y tiene como único objetivo la despolitización. Lo político es y está tanto en lo público como en lo privado.

En un psicoanálisis politizamos la vida “privada” sin filtrarla ni exhibirla, sino permitiendo que devenga íntimamente extraña, singularmente impropia. Por ello, si acordamos en que lo personal es político acordaremos también en que el síntoma es conflicto, que éste es signo de lo inconciente y que el inconciente es política [1].

En un psicoanálisis politizamos la vida “privada” sin filtrarla ni exhibirla, sino permitiendo que devenga íntimamente extraña, singularmente impropia. Por ello, si acordamos en que lo personal es político acordaremos también en que el síntoma es conflicto, que éste es signo de lo inconciente y que el inconciente es política.

IV.

Estamos atravesando una pandemia, y una de las dimensiones del acto clínico, en tanto acto en salud, es la prevención. ¡Y pensar que esos ignotos que otrora advertían desde un aplicacionismo patético que “el inconciente no se puede prevenir” son exactamente los mismos agoreros mediáticos que psicopatologizan la cuarentena! Cuando un lacaniano plantea lo mismo que un Manes ello quiere decir que estamos en serios problemas: la diferencia es ético-política antes que teórica.

Cuando un lacaniano plantea lo mismo que un Manes ello quiere decir que estamos en serios problemas: la diferencia es ético-política antes que teórica.Prevenir desde una ética del cuidado implica considerar que el acto analítico será subversivo si aporta a la construcción de ciudadanía, cuestión antitética a la inoculación de una moral.

Prevenir desde una ética del cuidado implica considerar que el acto analítico será subversivo si aporta a la construcción de ciudadanía, cuestión antitética a la inoculación de una moral. La construcción ciudadana no implica adoctrinamiento, sino la apuesta a sintomatizar esa soledad común [2] que nos recuerda humanos. Por ejemplo, recordando el valor político y clínico de la solidaridad: esa potencia que es antídoto contra la violencia, la miseria ombliguista y la envidia. Al decir de Melanie Klein, o envidia o gratitud.

Diríamos también: o solidaridad o indiferencia. La solidaridad implica una apuesta, la dignidad de un riesgo que es siempre en función colectiva, nunca un capricho individual. Porque apostar es lo contrario a la indiferencia. Así, la abstinencia de un/a psicoanalista no es indiferencia, ni indolencia, ni escepticismo cortés [3], sino apuesta.

V.

Se trata de combatir inteligente y colectivamente dos grandes extravíos intencionalmente logrados: el apriorismo y la extraterritorialidad analíticas. Vamos por partes.

Quizás se trate de dejar de robar con la idea de que “el psicoanálisis” es antitético de antemano al discurso capitalista por al menos dos años. Jorge Alemán hace poco planteaba que 

para el liberalismo psicoanalítico el discurso capitalista rechaza el amor (…) Pero en ese empeño se escamotea que desde hace mucho el discurso analítico ya no es más el reverso del discurso del Amo (…) La oposición formulada (…) el Discurso Capitalista es malo, rechaza el amor y forcluye al sujeto y el psicoanálisis es bueno porque trabaja con el goce singular del uno por uno, a veces encubre una sospechosa neutralidad política que nunca se mantiene del todo y a la que se le nota demasiado el plumero liberal” [4]

Si el psicoanálisis, o lo que hacemos las personas auto percibidas como psicoanalistas, es pensado como a priori subversivo, nos habremos instituido fatalmente en esos “viejos vinagres” que planteaba Luca Prodan. Aquí el problema del liberalismo-colonial-analítico y su comodidad silente. Cuesta pensar un anticapitalismo proveniente del liberalismo.

Si el psicoanálisis es pensado como a priori subversivo, nos habremos instituido fatalmente en esos “viejos vinagres” que planteaba Luca Proda

Segundo: la tesis de extraterritorialidad del psicoanálisis respecto a otras instituciones, incluido el propio Estado como supra institución, que comulgan muchos maestros, decanta en un simplismo hilarante, tal como cuando se habla de “el psicoanálisis y lo social”, “el psicoanálisis y el hospital”, sin que en ninguno de los casos se repare sobre el carácter intencional e inconscientemente excluyente del “y”. Se trata de un señalamiento que no es sólo retórico: resulta inconveniente pensar que cualquier institución o praxis deba separarse del Estado, en tanto allí se pone de manifiesto una visión completamente abstracta, burocrática y reduccionista de lo propio del hecho estatal. Una consigna parecida es sutilmente esgrimida por muchos psicoanalistas, quienes consideran que su praxis y sus instituciones están virtualmente separadas de eso que llaman “Estado”; por ejemplo, vía la homologación de todo lo público o estatal al discurso del Amo.

Si la impotencia por sostener genuinamente una praxis desemboca, según Lacan, inevitablemente en el ejercicio de un poder, puede ser oportuno que la dirección de la cura sea finalmente revisada. Nuevamente, la cuestión es el verbo, y aquí proponemos al acto de conducir el cual, lo sabemos, no es mandar sino más bien persuadir. Conducir implica un modo de gobierno que no es el del Amo, ni mucho menos del cacique universitario. Conducir nos recuerda que “gobernar es crear trabajo [analizante]”.

Conducir implica un modo de gobierno que no es el del Amo, ni mucho menos del cacique universitario. Conducir nos recuerda que “gobernar es crear trabajo [analizante]”.

Misticismo, retórica y política [5] podría ser una formulación que contenga sin ataduras ni forzamientos parte del derrotero hasta aquí ensayado. Una tropología extraída de Ernesto Laclau que a su vez puede ser motivo de un interés estrictamente clínico: misticismo, retórica y política como el pasaje lógico al que invita un psicoanálisis. Tres montajes que son uno, mejor dicho, tres movimientos íntima y lógicamente enlazados. La mística y sus pasiones, la retórica y sus usos performativos, la política y su posibilidad de incorrección ante lo avinagrado. Tres movimientos sintomáticos y, a la vez, en torno al síntoma.

Invito a revisar la extraterritorialidad jactanciosa y en nada herética, así como el apriorismo cómodo, vetusto y profundamente antipopular. Vistazos de un horizonte: un psicoanálisis desde Juan Perón.

Invito a revisar la susodicha extraterritorialidad jactanciosa y en nada herética, así como el apriorismo cómodo, vetusto y profundamente antipopular. Vistazos de un horizonte: un psicoanálisis desde Juan Perón.

Algunos de estos pasajes son spoilers de #PsicoanálisisEnVillaCrespo y otros ensayos (La Docta Ignorancia, 2020).

[1] La cita a Lacan suele ser citada como “el inconciente es la política”, aunque hay quienes corrigen desde la autoridad del enciclopedismo y contraponen que en verdad “el inconciente es lo político”, por considerar fundamental la distinción entre una y otra categoría. Es cierto que no es nimia ni despreciable la diferencia entre “la política” y “lo político”, pero quizás es una discusión secundaria en tanto contempla una concepción liberal sobre la política y lo político. Con esto no expreso un rechazo apresurado o guarango de dicho marco de referencia conceptual y epistemológico, sino que simplemente me preocupan sus límites para los fines de este escrito; me preocupan sus limitaciones epistemológicas e ideológicas, y su consecuente esterilidad para pensar prácticas de gobierno de inspiración peronista. La doctrina de Perón es justamente superadora de los modos demoliberales, tanto de izquierda como de derecha. Por ello, preferimos condensar la frase para tornarla más equívoca, más indeterminada, abierta y finalmente democrática. De ese modo, estaremos unos centímetros menos extraviados.

[2]Concepto de Jorge Alemán.

[3]Algunas de estas ideas-fuerza son propuestas por Cynthia Eva Szewach: https://www.elsigma.com/columnas/el-molestar-en-la-cultura/13818

 [4] Fragmento de una publicación en su Facebook personal del 3 de agosto de 2020.

 [5] Laclau, E. (2000). Misticismo, retórica y política. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

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