Haciendo escuela

Libres son quienes crean, no copian y libres son los que piensan, no obedecen. 
Enseñar, es enseñar a dudar.
EDUARDO GALEANO
Los hijos de los días

La inclusión en todas sus formas, es un proceso que se construye y se reconstruye a diario, que busca rescatar la subjetividad y valorar la singularidad. En el ámbito educativo, habla de reconocer a cada alumne como sujeto, visibilizando sus particularidades, escuchando sus demandas. Es importante pensar que la inclusión debería ser un proceso que afecte a la escuela en su conjunto, que interpele la concepción de educabilidad y permita transformar las antiguas prácticas y creencias sobre el aprendizaje. El compromiso será el respeto por las diferencias, como forma de potenciar también la singularidad del grupo y el intercambio con otros, de modo que tanto lo particular como lo colectivo, resulten enriquecidos. 

Entonces, no deberíamos pensar la escuela en términos de si existe o no inclusión, sino que, al pensar la educación, se vuelve indefectible pensar en la necesidad de que todos les niñes estén dentro del sistema educativo. Cuestionar la inclusión entonces, es cuestionar qué tipo de sociedad queremos construir, debido a que si hay algunes incluides, eso quiere decir que hay muches que se encuentran excluides. En ocasiones, la idea y posibilidad de incluir, se presenta como una utopía, pero solo pensemos qué ocurre cuando un niño o niña queda por fuera, que mundo le estamos mostrando, tanto a él o ella, como también al resto. 

Desde la mirada que cuestiona los términos de la educabilidad tal como la conocemos, con el fracaso escolar y etiquetamiento que muchas veces trae aparejada esta última, escuela e inclusión deberían considerarse sinónimos, entendiendo de esta forma que hacer escuela es hacer inclusión. 

Desde la mirada que cuestiona los términos de la educabilidad tal como la conocemos, con el fracaso escolar y etiquetamiento que muchas veces trae aparejada esta última, escuela e inclusión deberían considerarse sinónimos, entendiendo de esta forma que hacer escuela es hacer inclusión. 

Para esto no estábamos preparades 

Este año, a tan solo algunos días de iniciar el ciclo lectivo, fue necesario pensar cómo hacer esto mismo, pero en aislamiento, en esta situación en la que muchos alumnos y alumnas nuevamente quedaban por fuera, condicionados por una brecha que no es solo digital. De esta forma, algo del orden del sentido perdió sentido y eso es lo que hubo que buscar. Pensar en contexto, para así darle un nuevo texto a la escena escolar. 

En dicho contexto nos encontramos con que hay algo que irrumpe, la pandemia, y nos deja ubicados en este lugar de “¿Qué hacer?”, qué hacer con las escuelas, con los niños, niñas y adolescentes, como profesionales. Nos vimos llevados a dar respuesta a una situación para la cual no teníamos representaciones previas, y que en muchos casos produjo incertidumbre, malestar y angustia. Esto que irrumpe, esto disruptivo, nos llevó a no saber qué hacer. No saber qué hacer por lo desconocido y novedoso de la escena, que nos sacó del escenario que conocíamos y al cual en mayor o menor medida estábamos acostumbrados, y nos ubicó en un lugar inédito. 

Hay otra variable, que tiene que ver con que todo esto ocurre a pocos días de comenzar las clases, tiempo en el cual muchos docentes casi no llegaron a conocer a sus alumnes, niños y niñas que no llegaron a ser alojades debido a que no hubo espacio, ni tiempo, ni posibilidades. Vínculos que recién estaban comenzando a construirse.

Las escuelas, alumnes, docentes, familias, se encuentran haciendo lo que pueden para sostener esta escolaridad sin escuela, tal como la conocíamos. 

Lo primero que se ha escuchado fue la idea de que “no estábamos preparades para esto”, y eso en cierto modo, igualó y atravesó a todes por igual, aunque no tardaron en comenzar a vislumbrarse las diferencias. Es así como cada escuela, cada docente, cada familia, se fue instrumentando como pudo, según sus recursos (internos y externos), con el agravante de que no se trató de “decidimos todes juntes pasar de lo presencial a lo virtual”, sino que fue respuesta a una emergencia en la cual las escuelas, alumnes, docentes, familias, se encuentran haciendo lo que pueden para sostener esta escolaridad sin escuela, tal como la conocíamos. 

Eso abrió y reprodujo particularidades, pero también visibilizó desigualdades. Puso de manifiesto no sólo su existencia, sino también lo naturalizadas que se encontraban las mismas. La lógica y naturalidad con la que tantas veces nos enfrentamos a lo desigual o a lo excluyente. Al “para algunes” en vez de para todes. 

Las particularidades por su parte, nos llevan a hablar de escuelas, en plural, entendiéndolas desde la diversidad, es decir, que cada escuela posee sus formas, enfoques, medios, etc. pero lo que en este momento tienen en común, es que se encuentran de algún modo cerradas y abiertas al mismo tiempo. 

Las particularidades por su parte, nos llevan a hablar de escuelas, en plural, entendiéndolas desde la diversidad, es decir, que cada escuela posee sus formas, enfoques, medios, pero lo que en este momento tienen en común, es que se encuentran de algún modo cerradas y abiertas al mismo tiempo. 

Se escuchó decir “no hay escuela”, y es importante tener presente que, aunque los cuerpos no puedan habitarla de manera física, hay y debe haber escuela. Pero entonces, ¿cómo habitamos esta escuela con su nueva presentación?, ¿qué territorialidad le damos? ¿qué territorialidad nos damos? Detrás de la ética que conlleva seguir acompañando a les alumnes, aunque sea de otra forma, aparece una especie de nuevo territorio, con nuevos escenarios, nuevos actores, madres y padres docentes, maestras vía Zoom, tareas por fotos. 

El desafío fue desde un comienzo, y sigue siendo, armar otras/nuevas formas de habitar estos espacios, para seguir haciendo escuela, para seguir incluyendo.

Buscar nuevas formas de vincularse (o reinventar las anteriores) 

Ahora bien, en relación a lo anterior, se vuelve necesario quizás repensar de qué se ocupan las escuelas. Observamos como al principio, algunas quedaron muy fijadas a contenidos académicos, esto es, seguir dando contenidos, enviando tareas, como si nada ocurriera, con la idea de no perder nada. Lo que luego comenzamos a observar fue que, en ese no querer perder, se perdían un montón de cosas. Sabemos que la escuela es mucho más que eso, mucho más que la transmisión de conocimientos, y es significativa en la medida en que prepara para la vida y acompaña. Posee una dimensión social fundamental y en cierto modo irremplazable, siendo un espacio de socialización y de lazos. Tiene un importante papel en el sostén, el cuidado, la mitigación de la violencia, las denuncias de abuso. Eso son y seguirán siendo las escuelas. 

Resulta esencial poder entramar todo lo anterior a este nuevo territorio, pero lamentablemente, el mismo deja a muches niñes por fuera, ya que lo virtual no es para todes. 

Quienes trabajamos en educación, tenemos también la responsabilidad de alojar, de observar y tener en cuenta de qué forma las infancias están atravesando la pandemia. Es importante sostener el vínculo en cada caso, priorizando así la continuidad de alojamiento y acompañamiento. 

Quienes trabajamos en educación, tenemos también la responsabilidad de alojar, de observar y tener en cuenta de qué forma las infancias están atravesando la pandemia.

Es en relación a estos objetivos y a las particularidades de dicho contexto, que se vuelve necesario recurrir a medios tecnológicos, y re-pensar el papel de las pantallas en los modos de vinculación. Suele (o solía), hablarse sobre la distancia que aísla y separa los cuerpos en el plano de las relaciones virtuales, pero ¿qué ocurre cuando las mismas se transforman, al menos momentáneamente, en el único modo de relación posible?, ¿cómo manejarse cuándo, para que el aislamiento sea tan solo físico y no social, debemos valernos de la tecnología? En este movimiento, salimos del espacio escolar, con sus características determinadas y ya conocidas por alumnes y docentes, y nos encontramos con el otro a través de una pantalla. Inevitablemente tambalean aquí cuestiones que atravesaban la práctica habitual y de alguna forma la escuela es  reinventada. Con ello quizás, revalorizada. 

Allí descubriremos una vez más, que cada infancia y adolescencia, posee sus particularidades, y el encuentro con lo virtual no despertará lo mismo en cada sujeto. Sabemos que les niñes no aprenden del mismo modo, que cada une pone en juego distintas estrategias para el acceso a los conocimientos, y no en todos los casos son las mismas. Algunes pudieron adaptarse enseguida a estas nuevas formas, a otres quizás les llevó más tiempo, otres quizás aún no lo lograron. Es importante advertir sobre las dificultades de este proceso, y sobre la posibilidad de que puedan también sentirse confundidos, cansados, preocupados o angustiados. Percibir la angustia de los adultos, no responder a las propuestas según lo esperado o no tener medios para hacerlo. 

Allí descubriremos una vez más, que cada infancia y adolescencia, posee sus particularidades, y el encuentro con lo virtual no despertará lo mismo en cada sujeto. Sabemos que les niñes no aprenden del mismo modo, que cada une pone en juego distintas estrategias para el acceso a los conocimientos, y no en todos los casos son las mismas.

Existe otro actor en el que también debemos pensar en este contexto: la familia, les adultes de referencia. Resulta fundamental pensar con qué adultos contamos, con qué “plataformas humanas” podemos valernos como soporte. Interrogar y observar qué dificultades aparecen y poder encontrar modos de cooperación, escuchando y alojando también los malestares. Integrar a madres y padres no es tan sencillo, intervenir con elles, detectar representaciones y trabajar con ese malestar, para lograr algún movimiento de implicación, constituye un desafío. Todo esto sin olvidar que la presencia física no garantiza disponibilidad. Las madres y los padres, además de tener sus actividades y exigencias propias, no son profesores y la educación de carácter endogámico se desarticula en parte de la escuela. Acompañar a les hijes en las tareas escolares, no quiere decir convertirse en docentes, sino quizás ayudar a organizar el tiempo, el espacio, las propuestas. En todo eso también habrá aprendizaje, aunque sea de otro orden. Se aprende a manejar nuevas herramientas, a considerar aspectos de la interacción que no se conocían, desarrollar saberes y habilidades para la vida, el trabajo colaborativo, la empatía. Conocer y respetar las emociones de los demás y las propias. La idea de ayudar en casa y que para las tareas cotidianas no hay cuestiones de género, entre otros aprendizajes. 

Como profesionales tenemos que hacer un trabajo activo e incluir a quienes quedan afuera,  quienes, por distintas razones, no pueden cumplir con un “ritmo educativo” según lo esperable. Hoy hay muches alumnes que por diversas cuestiones no están pudiendo alcanzar ese ritmo. Existen casos en los cuales el vínculo puede sostenerse de manera virtual, y así continuar también con el trabajo en cuanto a contenidos y actividades propuestas por les docentes. Sin embargo, como anunciaba más arriba, esta propuesta no puede llevarse a cabo con todes por igual. Así es como quizás sea necesario ensayar una forma de comunicación en relación a la escucha, al intercambio, donde se pueda conversar sobre cómo nos sentimos, y así el espacio vaya tomando una forma que tenga más que ver con sostener el vínculo que con fines pedagógicos.  

Deberán convivir las diferencias, será necesario no sólo visualizarlas, sino comprometernos con ellas.  Acompañar en los tiempos subjetivos de cada niñe, en los tiempos de construcción.

Entonces, para intervenir a distancia, se trata de flexibilizar los encuadres, flexibilizarnos, darle curso a estos cambios y permitirnos una nueva forma de vinculación, un contacto diferente, pero no por eso menos significativo. Poder pensar cómo generar encuentros teniendo en cuenta las dificultades que aparezcan, y  así como tantas veces en el aula, utilizar la creatividad como recurso. Aquí también deberán convivir las diferencias, y será necesario no sólo visualizarlas, sino comprometernos con ellas.  Acompañar en los tiempos subjetivos de cada niñe, en los tiempos de construcción. Quizás no pueda pensarse en términos de continuidad pedagógica por excelencia, pero si continuidad del vínculo, ya que lo que nunca estuvo en cuarentena, es la necesidad de seguir construyendo redes, de pensar y repensar las prácticas, construir una experiencia de cercanía (virtual), y seguir haciendo escuela.  

En este momento tan particular, donde las certezas quedaron en pausa, la escuela puede seguir operando como una forma de encontrarse con el otro, de alojar, de ensayar nuevas formas. Quizás una vez más se trate de eso: crear, pensar, y enseñar a dudar.

Eliana Tornatore

Lic. en psicología (UBA) Psicoanalista

Especialista en niñez y adolescencia

Profesional de apoyo a la integración escolar 

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