REZO POR VOS

Cuando reflexionamos sobre los conceptos de política y espiritualidad, podemos pensar en las definiciones hegelianas, quien entendía al espíritu absoluto como ese movimiento espiralado por las contradicciones que nos envuelven y termina en una síntesis, un absoluto que supera los límites y las partes. También podemos mirarlo desde la teología como Ruaj, palabra hebrea que remite a la acción de Dios, soplo que da vida

Más allá de la definición a la que adherimos, es necesario romper con la idea espiritualidad que vende el capitalismo, esa que la vuelve un sinónimo de spa: el “arte de vivir” aparece ofrecido por el mercado como forma de refugio o escape del mundo y su estrés, pero a esa espiritualidad le falta comunidad. La espiritualidad no existe desde lo descarnado, como planteaba Platón, en dos mundos diferenciados, sino como un todo dentro de una comunidad organizada. La espiritualidad es un movimiento, es búsqueda constante, es revolución.

La espiritualidad es un movimiento, es búsqueda constante, es revolución.

Resulta un desafío pensar en conjunto espiritualidad y política. ¿Por qué lo hacemos, entonces? Por la simple razón de que nuestras individualidades no están separadas de la comunidad. Como hombres, mujeres y diversidades nos planteamos, nos cuestionamos cómo todas las luchas surgen de búsquedas y no se agotan en su finalidad. Es propio de la antropología filosófica preguntarse por el sentido de la vida, pero la antropología teológica agrega a estas preguntas la idea de búsqueda, de una constante que va hacia ella y se realiza, finalmente, desde la política. Aristóteles decía que la política era alcanzar la felicidad, y en la doctrina social de la Iglesia esto es una vocación, es decir, un llamado a transformar la realidad.

La militancia y las construcciones tienen una dinámica que nos permite estar en constante cambio. Si perdemos la espiritualidad, perdemos esa apertura y convertimos a una comunidad organizada en una comunidad cerrada. ¿Qué significa? Que somos constante movimiento. Lo vemos en las experiencias de las diferentes luchas, logros y aprendizajes colectivos. Todas estas conquistas, si bien son consecuencia de las luchas colectivas, tienen su origen en la espiritualidad, entendiéndose como libertad, como empatía. Es la fuerza vital que forma, impulsa y nos moviliza. Y esto no es necesariamente propio de la fe, sino propio de nosotres. 

En este sentido, podemos ver la espiritualidad como motor, tanto en el sentido bíblico como en tanto Ruaj, que en el relato de la creación es lo que crea y da vida. En política nos movemos, entramos en conflictos, nos hacemos cargo de ellos para salir al encuentro del otre y juntes movilizarnos. Las luchas se concretan en acciones o leyes pero, más allá de la norma escrita, tienen que ver con generar conciencia, organizar, convocar, acoger a todes en la agenda pública. Somos todes, y queremos vivir en un mundo mejor.

En política nos movemos, entramos en conflictos, nos hacemos cargo de ellos para salir al encuentro del otre y juntes movilizarnos.

Volviendo a Ruaj: es una palabra femenina transformadora, que aparece enfatizada a lo largo del Antiguo Testamento como fuerza creadora, como acción de Dios, y acompaña las acciones de los hombres y mujeres que profetizan, que luchan. A su vez, expresa la salida de la esclavitud como Pascua. La palabra Pascua quiere decir paso. En el judaísmo, paso hacia la libertad y en el cristianismo, de la muerte a la vida, y siempre en comunidad de  transformación. Ruaj es la lucha encarnada, es aquel primer sí de María que cambió la historia, pero también es el llamado de la Pachamama hacia los hombres y mujeres que transforman desde el cuidado de la casa común, nuestra tierra. Es cuestión de dejarse interpelar y organizarse para que estas luchas no sean en vano. No hay que temer, entonces, a hablar de espiritualidad, porque es la fuente de donde brotan todas nuestras luchas. La espiritualidad es colectiva, es alimento que nos dá fuerzas. 

En estos tiempos de pandemia y de conflictos, se hace más fuerte el llamado a transformar. El Papa Francisco invitaba al principio de la pandemia a “animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad…” (homilía del Papa Francisco en la bendición Urbi et orbi). 

Papa Francisco en San Pedro. Foto: AFP

La organización es la totalidad y no solamente la suma de las partes: estos son tiempos para fomentar la organización política, que muestre que la transformación no solo es posible, sino además es urgente e imprescindible. Que las luchas se contagian y terminan siendo conquistas. Y, finalmente, que los horizontes venideros requieren de poder pensar juntes que la espiritualidad es comunidad y encuentro. Que la política, para ser transformadora, se nutre de la espiritualidad. 

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