Hamor

“Lo demónico, el demonio – y los hay muy distintos que el amor – es aquello mediante lo cual los dioses hacen oír su mensaje a los mortales, ya sea cuando duermen o cuando están despiertos”
Lacan

“Como sucede con todas las utopías, su belleza era proporcional a su fragilidad”
Anne Dufourmantelle

POETIZAR EL CUERPO (AMO PORQUE NO SE LO QUE DIGO)

Una paciente sueña con un demonio que se le presenta al pie de la cama, se le acerca sin que ella se resista y le impone una de sus manos sobre el vientre. De inmediato, una fuerza sobrenatural que emana de esas manos la imanta hacia arriba, arqueándole el cuerpo y dejándolo suspendido por un instante en el que ella se despierta, angustiada.

Los analistas, sobre todo cuando comienzan su práctica, quieren saber, y muchos se preocupan por estar seguros de lo que dicen, refiriéndose a un saber que los guie, que amarre su decir con el conocimiento de lo que dicen y, en lo posible, con sus efectos. Al final, los amarrados terminan siendo ellos, en tal afán de saber (de antemano) lo que dicen, o de tener el caso “agarrado”.

Los analistas, sobre todo cuando comienzan su práctica, quieren saber, y muchos se preocupan por estar seguros de lo que dicen, refiriéndose a un saber que los guie, que amarre su decir con el conocimiento de lo que dicen y, en lo posible, con sus efectos.

Esto termina siendo un obstáculo en el progreso de una práctica que, para que “fluya”, debe poder arrojarse a su carácter científico unido notablemente al poema.

Porque a lo que se arroja un analista – y solo lo es allí – es a la contingencia de una lengua viva en la que las corrientes que la habitan y le dan movimiento son, a priori, desconocidas. Allí va un explorador del micro y macro mundo, sin saber con qué se va a encontrar, pero también sin saber en qué, como analista, se va a convertir. Ese lugar, el del analista, afinará en cada practicante un estilo en la medida en que se arriesgue a la marea y luego sea devuelto a su orilla cotidiana. Del mismo modo un cantante, con su voz, interpreta el cuerpo, pero en la medida en que este cuerpo funcione como caja de resonancia de goces “trans” (Transindividuales, transgeneracionales, transdimensionales) que se agitan en la voz como invocados por la historia a manifestarse a través de un espiritista. Que no le tema el analista a lo que no comprende de manual, porque la transferencia lo pone en el lugar de un “médium”, y muchas veces dice cosas que sintonizan con los fundamentos de ese amor que su posición invoca. Los cuerpos compactos y acabados, taponados en sus agujeros por un bien que le sirve de fetiche (sea moral, sea de consumo o sexual), no suenan, no vibran, no se emocionan, no son proclives a la cualidad, reniegan de una estética del deseo y de la vida. Y el analista es también un cuerpo, que, si es tomado por el temor de lo que invoca, puede terminar siendo quien inyecta el saber “compactante”, su fetiche, cual mástil de barco al que se aferra en este viaje.

El sueño del demonio lo tuvo una paciente mientras buscaba un hijo. Presentía de que algún problema para quedar embarazada iba a tener, y luego de un tiempo de intentar el modo natural, encaró un largo recorrido por clínicas de fertilidad, médicos varios y variopintos, consultas que, a veces, hicieron que ella se sintiese reducida a una suerte de unidad de negocios volante, a la que extraerle el jugo. Y el jugo estuvo a punto de agotarse. El último eslabón de la cadena fue con un médico que la diagnosticó y sugirió una intervención quirúrgica. Al fin se había encontrado con su “médico brujo”, su demonio. 

LA LOCURA ANALIZANTE  

En otro momento de aquel “proceso” de fertilización y sus intentos, soñó:

Estoy haciendo yoga en un lugar desconocido, un salón grande dentro de una casa. Yo nunca hice yoga. Me veo haciendo una posición en la que levanto una pierna, y cada vez que lo hago, el piso se pone azul, de un azul intenso, brillante. Cuando la bajo, el piso vuelve a la normalidad. Me siento muy bien, el sueño es agradable. Varias veces sucede lo mismo, y es una maravilla.

¿De qué modo estamos incluidos, como analistas, en este viaje onírico? Descubrirlo es el trago difícil para quienes hacen esa inmersión en la transferencia tratando de sostener el dispositivo. Allí no hay libro que aguante, mojado en el primer charco de goce en el que se deshacen las letras impresas de un saber general ¿Sale uno del mismo modo de allí, luego de ofrecerse incesantemente como resonador de unas vibraciones, de unas agitaciones, de un torbellino material producto de la convivencia “artificial” con demonios y prodigios de la noche, el silencio y la oscuridad? ¿No son acaso los hechizos inmemoriales en los que el analista ingresa con cautela, como a una habitación sin tiempo, imantando hacia la luz una porción de esa materia oscura, posibilitando parir un sujeto dividido entre la necesidad y el deseo? Desde el borde de juntura desde donde el propio dios dividió la creación (entre luz y oscuridad) el analista se hace portador de ese demonio, y como tal, abre su infierno.

El analista, no tanto por su voluntad sino por su posición en el dispositivo, queda dispuesto a los hallazgos; el psicólogo a la reconfirmación de su saber de libro.

Es en este punto donde se dividieron Freud y Breuer, fue en el modo de abordar la transferencia amorosa de Ana O, y ese también fue el punto de divisoria de aguas entre el psicoanálisis naciente y una nueva psicología positivista. El analista, no tanto por su voluntad sino por su posición en el dispositivo, queda dispuesto a los hallazgos; el psicólogo a la reconfirmación de su saber de libro. Un psicoanalista lee letras “aparecidas” como fantasmas, nunca antes materializadas, emergentes de la división del sujeto; el psicólogo lee las letras impresas de su libro de cabecera, retatuadas en la piel del individuo. 

Tal vez Breuer no creyó que arrojarse más allá de su saber neurológico sirviera de algo, no solo para encontrarse con las pasiones del objeto – tomadas como un resto inútil y distorsionante de la operación científica – sino de las propias, y eso tal vez lo haya asustado. Llegó hasta donde Freud continuó como punto de partida. La transferencia fue para Freud un hallazgo acerca de las posibilidades de una cura que, como premisa, reproducía artificialmente la enfermedad, y dejaba que se desarrolle, sin la desesperación por eliminar sus síntomas. Esa conjunción de amor y hallazgo en el marco transferencial se reedita en cada lectura analítica, como si alcanzara a rozar la tenue realidad de una cuerda que traduce a la realidad sus vibraciones. La pulsión encuentra su expresión en esa voz – la del analista – que se afina a la cuerda de su recorrido (tal vez nada se ajuste mejor a esto que nombrarlo “cordura), como si formara parte de un instrumento que se compone entre ambos (analista/analizante), uno como vacío, el otro como cuerda pulsional que recorre sus bordes. Todo es tan “entre dos” que no cabría pensar una realidad analítica en la que se imponga un saber “de prepo”, como si se tratara de inyectar de uno al otro una verdad revelada. El analista es lo que plasma simbólicamente un nuevo lugar en la cultura para el espíritu por fuera de la religión. Lograrlo llevó miles de años. 

Todo es tan “entre dos” que no cabría pensar una realidad analítica en la que se imponga un saber “de prepo”, como si se tratara de inyectar de uno al otro una verdad revelada. El analista es lo que plasma simbólicamente un nuevo lugar en la cultura para el espíritu por fuera de la religión.

HAMOR

La “maravilla” de lo que sucede allí, en ese segundo sueño, es su hallazgo: después de haber sido intervenida quirúrgicamente por su “médico brujo”, su demonio cuya intervención le permite embarazarse, mientras salía de la anestesia y levantarse de la cama para ir al baño, ve un hilo de líquido azul intenso cayéndole por la pierna, resto del contraste que le habían inyectado para visualizar en una ecografía la efectividad de la operación. Ambos sueños habían sido premonitorios. Un hallazgo que solo después es posible reconocer. ¿Dónde quedan los libros ya impresos? Un psicoanálisis es siempre un libro por venir.

Y es por eso que todo análisis produce analistas, que deben reconocerse en su hallazgo (lo que Lacan denominó “pase”) para formalizar, además, una formación transmisible que le habilite al psicoanálisis la continuidad de su existencia.

Es un hallazgo, porque es acontecimiento, habilitado por el amor (de transferencia). Lo denominamos hallazgo de amor transferencial, Hamor. Es un amor de fin de análisis, el que “sabe” formalizar su hallazgo, convirtiéndolo a él, el analizante, en potencial analista.

Entonces, tal vez lo que sucede en análisis, es un hallazgo en transferencia, una potencia nueva que combina lo inesperado, un “no sabía” – de qué era capaz, de qué podía convertirse en sostén (del dispositivo analítico), y de qué es capaz de habitar en el cuerpo (el vacío), y, sobre todo, qué es un cuerpo – algo que no se reduce a un hilado de tejidos cavernosos y fluidos nutrientes -. Y es un hallazgo, porque no sabía que había un alma allí donde solo era reflejo y automatismo, y que esa alma se enlaza a un más allá de ese individuo que solo en un sueño es capaz de recobrar. Es un hallazgo, porque es acontecimiento, habilitado por el amor (de transferencia). Lo denominamos hallazgo de amor transferencial, Hamor. Es un amor de fin de análisis, el que “sabe” formalizar su hallazgo, convirtiéndolo a él, el analizante, en potencial analista.

EL ANALISTA: AMOR A LA TRANSFERENCIA 

Parece que la vida “despierta” es la realidad en su “fase de ojos cerrados”. Freud descubrió que los ojos cerrados sirven para “llevar a ver”, como en los sueños, de manera pasiva y orientados por el deseo (el diván emula esta situación). En cambio, en la vida “de ojos abiertos”, la diurna, nos empeña la forma direccionada de ver, activa, guiada por la voluntad – aunque a veces “se nos vayan los ojos”.  La del psicoanálisis es una apuesta similar a la de quienes se instalan en la ladera de un cerro llevados por la esperanza de una aparición OVNI. Sobre la lisa redondez de la esfera celeste podría abrirse una rasgadura por la que aparezca un objeto misterioso, no identificado, que nos sorprenda y entusiasme con la ilusión de algo nuevo y desconocido, de otra dimensión, aunque siempre hayamos sabido (sin saber) que eso allí estaba, por detrás de la escena del mundo. Así, hablando del mundo, nuestro mundo, nos anima algo que esta radicalmente por fuera de él y que, a veces, se manifiesta. Nos despierta su rehallazgo.

Un nacimiento no es lo mismo que parir. ¿Acaso no es esa la esperanza de una vida, la que nos brinda el misterio de lo que aún no puede ser identificado, tal como lo es – en esencia – el niño que nace? Ponemos nombres por anticipado, solo para no arrojarnos a esas aguas desconocidas sin siquiera una chance de no ir al naufragio. 

Analizar es descomponer. Ir hacia lo Real. Cerramos los ojos para asomarnos a eso, y los abrimos para soñar con el mundo. 

Cerrar los ojos es un modo de arrojarnos al miedo de la alteración, a la célula, la molécula, el átomo, el quark, hasta llegar a la pura aleatoriedad de lo que no tiene forma y solo vibra en la vacilante agitación cuántica, la urdimbre última de la materia de la que estamos hechos. Analizar es descomponer. Ir hacia lo Real. Cerramos los ojos para asomarnos a eso, y los abrimos para soñar con el mundo. 

La realidad “de ojos cerrados” del sueño suspende las interpretaciones y se ofrece pasivamente a la lectura, tal como Freud fue “llevado a ver” las letras que se le presentaron en sus sueños fundadores (Irma). Solo las leyó, sin interpretar. Era lo que sus ojos veían, tanto en el sueño de Irma como en ese sueño relacionado con la muerte de su padre, en el que se le mostraba la leyenda “se ruega cerrar los ojos”. ¿Cómo no ver en esta frase la paradoja de que cerrar los ojos solo se lee, es decir, no podría saber de eso si no leía lo que veía? Esta es la diferencia con la interpretación. Freud, ante la inminencia del paso que lo llevaría a la ciencia de los sueños, lee en su sueño que su deseo es leer.

La vida, en su crueldad, se hace del “viejo” para luego apartarlo y seguir su curso, pero su recuerdo es en acto, cada vez que los analistas por venir sigan leyendo en los sueños, y no en la ceremoniosa culpa del recordatorio apoyado en el bronce y la perpetua inhumación.

¿No es este su hallazgo de analista, a través de su amor de transferencia con el padre? (tal vez tengamos que pensar que Fliess solo era su testigo y no su objeto de amor transferencial) Los analistas volvemos a pasar por ahí, por esa noche freudiana en la que sus ojos se cerraron para abrirse a los sueños, y en los que la huella del amor al padre delimitó un campo exploratorio de sostén para el hallazgo, la novedad, y la invención de una vida. A eso le llamamos transferencia. Ese es el significado profundo de la relación al padre en psicoanálisis, y la de su función, como lo que adviene de su primariedad lógica identificatoria, en lo que Freud, al final de su vida, denominó “progreso de la espiritualidad”. A través de la función paterna (esto no excluye a las mujeres, no es una función de género) la identificación no es con un individuo, sino con la cultura, curiosamente el mismo sitio en el que advendrá la cura. Como lo dijimos antes, Freud inventó un lugar para el alma que no es el de la religión, un lugar en la que esta no es apropiada, expropiada o arrasada. Freud, el patriarca que pensaba contra sí mismo, es quien pudo leer en los sueños una escritura que atraviesa la ideología y las identificaciones secundarias. Al revés de la religión, toda su obra es el efecto de un “perdón” hacia la figura del padre, y no el sacrificio de un cordero para obtener su bendición. La vida, en su crueldad, se hace del “viejo” para luego apartarlo y seguir su curso, pero su recuerdo es en acto, cada vez que los analistas por venir sigan leyendo en los sueños, y no en la ceremoniosa culpa del recordatorio apoyado en el bronce y la perpetua inhumación.

JOSE LUIS JURESA

DIRECTOR DE EPC (ESPACIO PSICOANALITICO CONTEMPORANEO)

CO-DIRECTOR DE PSICOANALISIS ZONA FRANCA. LECTURA LIBRE DE SUPUESTOS (FACEBOOK)

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