Malas lenguas

RAE, colonialismo y coso.

En 1492 llegan los españoles a América. En 1492 cae el último bastión árabe del territorio ibérico, se expulsan a lxs judíxs de la península y también en 1492, por si creías que el 2020 estaba siendo un año intenso, se publica la primera Gramática de la lengua española. Su autor, Nebrija, escribe en el prólogo: “La lengua fue siempre compañera del imperio”. Podemos decir: vinieron con una Biblia bajo el brazo y, agrego, con una gramática española bajo el otro. El proceso confluyó en lo que sabemos: la imposición del castellano sobre una gran cantidad de lenguas indígenas que, o fueron siendo eliminadas a base de normativas o fueron completamente relegadas y marginalizadas, al punto tal que hoy seguimos pensando en nuestro país como un país monolingüe cuando, en realidad, dentro del territorio argentino coexisten (aunque quizás la palabra esté errada, porque implica una igualdad inexistente) el castellano, el quichua, el guaraní, el mapudungún, el wichí, el qom.  

De un tiempo a esta parte nos venimos cuestionando sobre la historia que nos contaron. Mucha agua pasó bajo el puente desde que en los actos de primaria nos hacían disfrazar con bolsas de arpillera e interpretar alguna escena con un nene vestido de Colón. Empezamos a notar la importancia de repensar nuestra historia, porque cambiar el cuentito del encuentro entre culturas por lo que fue, un genocidio, es también cambiar el ojo con el cual miramos al continente: es pensar este lado del Océano desde este lado del Océano. En este proceso de repensarnos, también le tiene que tocar, creo yo, un lugar a nuestra lengua.

Porque las relaciones de explotación económica y dependencia política con España pueden haber terminado, pero el colonialismo deja resabios y sigue vigente en una institución que es academia, que es real y que es española

A fines del siglo XX y principios del XXI, la RAE decidió cambiar de rumbo y virar del lema “limpia, fija y da esplendor” a “unidad en la diversidad”, propio del panhispanismo. Supuestamente, así se pasaría de una norma monocéntrica, la de España como faro lingüístico, a una norma pluricéntrica. El panhispanismo supone tener en cuenta las diferencias entre los castellanos de los distintos países sin dejar de lado que hablamos todxs una misma lengua; implica construir una comunidad hispanohablante: así, la lengua se conceptualiza como puente entre culturas, como unión de pueblos. En la apertura del Congreso de la Lengua Española del año pasado, celebrado en Córdoba, Felipe VI comentó: “La lengua es el tesoro más precioso, que sin distinción de clases ni ideologías, nos pertenece a todos por igual”.

Pensar en la lengua como algo que iguala es entenderla como elemento despolitizado, es no tomar en cuenta que esa comunión lingüística se llevó a cabo por medio de imposición, de borramiento y marginalización de toda variedad que no se acople a la norma dominante: la lengua como espejitos de colores.

“Unidad en la diversidad” dice la RAE, temerosa de una ilusoria fragmentación. Defenderla, plantean, tiene como objetivo defender esta comunidad de hispanohablantes, no sea cosa que la lengua castellana cambie tanto que no nos entendamos. La unidad, sin embargo, tiene otros intereses: económicos y políticos. Uno de estos se vincula con la enseñanza del español como lengua extranjera. Desde hace unos años, el español se está consolidando como una de las lenguas que más eligen lxs estudiantes del mundo. Pero: ¿qué enseñar? ¿Enseñamos el uso del tú? ¿Del vos? ¿El ustedes? ¿El vosotros? ¿Todo? ¿Algo? ¿Elegimos?  Este problema lo soluciona el Instituto Cervantes, dependiente de la RAE, creado con el objetivo de difundir la lengua española y que se dedica, entre otras cosas, a regular la enseñanza de español como segunda lengua. ¿En qué variedad? “La norma culta peninsular”. Pero claro, como se inscribe dentro la política panhispánica, aclaran que no se dejarán de lado las “otras” variedades. 

El español, hoy en día, tiene alrededor de 500 millones de hablantes distribuidxs en muchos países. De esos 500 millones, aproximadamente 50 millones son habitantes de España. El 10%. Ahora bien, cuando vamos a los datos del Corpus del Español del Siglo XXI de la RAE, que reúne las formas de la lengua registradas en textos y transcripciones orales, las formas producidas en España corresponden al 30%. 30% cuando tienen el 10% de los hablantes: es decir, se prioriza el registro de formas peninsulares. Otro modo de observar cómo la RAE trata a la diversidad lingüística es ver cómo aparecen en el diccionario términos que no son usados en todos los países hispanohablantes. La mayoría de ellos lleva una etiqueta: “argentinismo”, “mejicanismo”, “chilenismo”. Digamos: la diversidad entra, sí, pero con una etiqueta que la marca como ajena. Lo interesante, y a esta altura obvio, es que llevan etiqueta términos que son usados por una gran mayoría de hispanohablantes (“tomar” con el significado de “ingerir bebidas alcohólicas”, usado por el 90% de la comunidad hispanohablante, es “americanismo” y “guineísmo”) y no la llevan palabras cuyo uso está restringido a España (como el adjetivo “forofo”, que significa “fan”, pero sabemos que la RAE desprecia a los anglicismos). Pluralidad y coso. 

A la vez, lo que hay que tener en cuenta es que el español se volvió un capital económico. Existe toda una industria del español: certificados, exámenes, doblajes, subtítulos. Y el monopolio económico de esa industria lo tiene, claro, España, para quien esta industria representa aproximadamente el 17% de su PBI. En el 2004, por ejemplo, frente a la creación en Argentina de un certificado de español como lengua en uso, el director del Instituto Cervantes fue categórico: no hacen falta diversidad de certificados, con uno (el suyo) estamos bien. La defensa acérrima de la unidad es también la defensa acérrima de su monopolio. Tener una lengua lo más homogénea posible es lo que permite que esa lengua pueda ser comercializada. Otra vez, como desde hace cinco siglos, España obtiene ganancias de un elemento del que plantea ser dueña, pero esta vez bajo el manto de la comunidad de iguales. 

La defensa acérrima de la unidad es también la defensa acérrima de su monopolio. Tener una lengua lo más homogénea posible es lo que permite que esa lengua pueda ser comercializada.

Dice Bourdieu que si pensamos la lengua como un mercado lingüístico, lo que obtenemos son distintas personas con diferente capital simbólico: hay quienes hablarán con una variedad más cercana a la norma y serán recompensadxs, y hay quienes hablarán con una variedad con rasgos más diferentes, y serán castigadxs. Para que una variedad sea aceptada no sólo necesitamos del castigo explícito, sino que también debe crearse el consenso de que es superior. No alcanza sólo con que, hasta hace unos años, se desaprobara a lxs alumnxs argentinxs que no sabían conjugar en “vosotros” o que no se le dé trabajo a alguien cuyo modo de hablar no corresponde a la norma, sino que se necesita construir la idea de que cualquier otra variedad que no sea la prestigiosa implica “hablar mal”. Desde el punto de vista geográfico, las variedades hispanoamericanas se piensan como un desvío. La línea roja en el Word bajo cada verbo en voseo nos lo recuerda una y otra vez: “tenés” es un error, ¿por qué mejor no “tienes”? 

Cuando en 1492 Colón llega a América, escribe en su diario y en cartas a los Reyes Católicos descripciones del continente. Para eso, recurre constantemente a comparaciones: conceptualiza y lee a América a partir de sus parámetros europeos. Establece analogías entre lo desconocido y lo conocido y eso, además de permitirles una mayor inteligibilidad a él y a sus interlocutores, implica una subordinación: incluir América a su sistema, hacer que América sea a partir de Europa.  Pero también, cuando los españoles arriban a estas tierras y se encuentran con una realidad que nunca antes había sido nombrada en el idioma español y que en algunos aspectos no permitía la comparación con su sistema conocido, comienzan a usar palabras de las lenguas indígenas con las cuales entran en contacto. Así, “canoa”, del taíno, lengua indígena de las Antillas, es la primera palabra propiamente americana que ingresa a la lengua española. 

Cuando una lengua A se impone sobre una lengua B, es común que la lengua dominada deje rastros en la lengua dominante; esto es lo que se denomina “fenómenos de sustrato”. El castellano nuestro, latinoamericano, posee un fuerte sustrato indígena, particularmente en dos aspectos: el vocabulario y las entonaciones. “Palta” proviene del quichua y “aguacate” es náhuatl, y es justamente debido a la extensión del quichua y del náhuatl que al sur del Ecuador decimos “palta” y al norte, zona de predominio náhuatl, “aguacate”. “Cancha”, “carpa”, “ojota” son sustrato quichua; “ají”, “hamaca”, “huracán”, taínos. En cuanto a las entonaciones, las subidas y bajadas melódicas propias de la mayor parte de Latinoamérica, son también a causa de la influencia indígena: dice Vidal de Battini que la tonada cordobesa se debe al sustrato comechingón y la propia de Corrientes y Misiones tiene origen guaraní. De este lado del Océano, esa lengua otra que llegó fue adquiriendo rasgos de las lenguas que ya estaban, que en la primera etapa de la conquista fueron convertidas en vehículo de una religión que les era ajena. Y llegó a esta variedad, con sus diferencias entre regiones, que lxs latinoamericanxs hispanohablantes tenemos, y que seguimos muchas veces pensando como inferior.

En el siglo XIX, algunos intelectuales del país pensaron que independizarnos de España políticamente exigía también una independencia lingüística. Que había que barrer las diferencias ortográficas entre C, S y Z, sacar las haches, borrar todo rastro de imposición española, que no refleja nuestro modo real de hablar. En 1997, Gabriel García Márquez recuperó esta tradición y, en el primer Congreso de la Lengua Española, enfrente de reyes y académicos de la RAE, llamó a jubilar a la ortografía, a enterrar las haches rupestres y a firmar un tratado de límites entre la G y la J. Porque la ortografía, entiende y entiendo, también esconde relaciones de poder. Simplificar nuestro modo de escribir sería, seguramente, democratizar. Más allá de esas propuestas, lo que queda, creo yo, es empezar a pensar nuestra historia y nuestra lengua desde acá. Mirar a América desde América es, en definitiva, también realzar nuestras variedades latinoamericanas, teñidas de términos y entonaciones diversas, y entenderlas tan válidas como la peninsular, para todo. 

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