(Des)emprender

Las redes nos sostienen… ¿y las políticas de estado?

Pensar el diseño con perspectiva social es uno de los grandes desafíos para muches estudiantes de FADU (Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo), donde pareciera que la mayoría del contenido y la formación que recibimos apunta a insertarnos en un mercado de consumo masivo y excesivo. Como graduada de Diseño de Indumentaria de la Universidad de Buenos Aires, aprendí mucho sobre herramientas técnicas y artísticas, pero conté con los dedos de la mano las cátedras que intentaban abrir algunas puertas hacia otras formas de abordar el diseño, a la responsabilidad social y ética que implica ser parte de la industria. 


En líneas generales, el contenido de la carrera está enfocado en los intereses del mercado, en la producción masiva o en diseños exclusivos, pensados para ciertos sectores sociales. Las materias con cierta mirada social, como dije, son muy pocas, o bien son cátedras específicas y quedan relegadas. Incluso después de haber pasado por una reforma en el plan de estudios (en el año 2017), que se llevó adelante con muy poca participación de los claustros de estudiantes y docentes, sigue sin contemplarse una salida alternativa, que se adapte a las problemáticas sociales, con perspectiva de género, social, inclusiva y ambiental, donde se plantee un cuestionamiento real de lo que estamos produciendo. Debemos poner en cuestión qué sentidos generamos cuando decidimos estudiar cualquiera de las carreras de diseño que nos ofrece la UBA. 

También es importante que cuestionemos la mirada competitiva de la industria tradicional, la idea constante de “ser mejor que otra marca” para lograr más popularidad y más ventas, a veces a costa de cualquier cosa – léase desde explotación laboral e infantil y condiciones insalubres de trabajo hasta plagio de diseños, abuso de poder, y demás atrocidades -, que es la lógica que impone el mercado y que une aprende, un poco sin quererlo, otro poco porque con ese horizonte en mente se enseña.

Hasta qué punto nos cuestionamos el origen de las cosas que consumimos: las decisiones que tomamos, los factores que tenemos en cuenta al elegir, y cómo podemos lograr que las mencionadas lógicas mercantiles, poco empáticas, dejen de reproducirse. 


Pero a esta lógica de producción se le suma un factor importantísimo: les consumidores, que somos todes, les que elegimos qué y a quién le compramos. Acá entra en juego hasta qué punto nos cuestionamos el origen de las cosas que consumimos: las decisiones que tomamos, los factores que tenemos en cuenta al elegir, y cómo podemos lograr que las mencionadas lógicas mercantiles, poco empáticas, dejen de reproducirse. 

Por suerte, cada vez cala más fuerte el discurso de concientización… bah, por suerte no: por activismo y voces militantes que durante años vienen cuestionando las formas de  consumo, generando reflexiones acerca del cuidado del medio ambiente, siendo crítiques, también, con las formas de producción de muchas de las marcas que son explotadoras, clandestinas y totalmente contaminantes, que generalmente son las mismas que reproducen modelos de diseño hegemónicos y masivos.

El mundo emprendedor es una evidencia clarísima de que la lógica debe ser otra. Nada potencia más un proyecto que las redes que vas logrando con otres que están en la misma, la solidaridad entre pares y la mayor conciencia posible sobre el proceso total de la producción.

Hoy, hace más de un año que vivo de mi emprendimiento, y fue mucho lo que tuve que “desaprender” y volver a pensar. El mundo emprendedor es una evidencia clarísima de que la lógica debe ser otra. Nada potencia más un proyecto que las redes que vas logrando con otres que están en la misma, la solidaridad entre pares y la mayor conciencia posible sobre el proceso total de la producción. Se puede -de hecho, es  mucho más innovador- diferenciarse de forma leal y, sobre todo, dejar la ambición de lado.De este lado de la historia, más que nunca cobra un papel fundamental la consciencia colectiva al elegir qué consumir: es clave bancar proyectos autogestivos y dejar de comprarle a las grandes empresas. Saldando estas cuestiones pareciera que todo empieza a ser más bonito, ¿no? Pero… ¿y el Estado? ¿Es posible pedirle a la sociedad que sea consciente con sus consumos cuando se reproducen formas hegemónicas de manera masiva y no se potencia al sector que emprende de manera crítica e inclusiva?

¿Es posible pedirle a la sociedad que sea consciente con sus consumos cuando se reproducen formas hegemónicas de manera masiva y no se potencia al sector que emprende de manera crítica e inclusiva?

Pareciera que cada vez es más la gente que se la rebusca para generar sus ingresos de manera independiente, ya sea por elección o porque no les queda otra; y no es casual que sean en su mayoría mujeres y diversidades quienes optan por emprender, por la brecha laboral que existe y la dificultad de acceso a otros trabajos . El gran problema de esto es que no hay políticas laborales que regulen la labor del emprendedore o, si es que existe alguna legislación, no hay información de fácil acceso al respecto. No hay tampoco alguna especie de registro donde existamos. Sería un gran avance profundizar en herramientas de acompañamiento para seguir fomentando la inserción laboral desde otras alternativas, ya que las condiciones actuales nos terminan relegando a la informalidad, que roza la ilegalidad, pero sobre todo la falta de derechos.                                                                     

Si a esto le sumamos la pandemia, que trajo grandes consecuencias económicas para todes, les emprendedores quedamos en la sombra absoluta del mercado y del trabajo “formal”, totalmente desprotegides. Por eso, es fundamental el compromiso y el ejercicio de una conciencia de consumo: si todavía no te lo cuestionaste, es hora de que dejemos de comprar a las grandes empresas, que siguen reproduciendo estereotipos, manteniendo las normas sociales y llevándose ganancias a costa del esfuerzo de otres, y empecemos a apoyar a las pequeñas marcas y emprendedores que producen a partir de su esfuerzo, con una gran desventaja comercial, y seguramente con formas de producción mucho más responsables, sustentables, transparentes, y respetuosas de la diversidad, la actualidad y el medioambiente.

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