5 décadas después

Un viernes de septiembre de 1970 se consagró victorioso Salvador Allende con el 36% de los votos, apenas un punto arriba de su contrincante. Un hito histórico considerando que casi todas las experiencias revolucionarias hasta la fecha se lograron con las armas, mientras Salvador puso en práctica lo que él llamaba: “la vía chilena hacia el socialismo”.

Pongámonos en contexto. Un mundo dividido en dos bloques con igual hegemonía mundial disputando el globo, un profundo desgaste de Estados Unidos por sostener la guerra de Vietnam y una latinoamérica en profundo debate sobre su independencia real. Cuba es un símbolo que el establishment de las 13 colonias no podía permitirse a escasos kilómetros de sus fronteras y esto trajo aparejado un nuevo plan para el “patio trasero” que no debía sucumbir ante la tentación profana del marxismo y el comunismo. 

Chile en esta época se presenta como una Nación fuertemente primarizada, el sector industrial tiene una escasa participación en la actividad económica, mientras que la agricultura es una de sus principales actividades y la principal fuente de divisas. No hay que perder de vista su condición andina que le garantiza una de las mayores reservas de minerales del continente y, en concreto, de cobre. El período económico de 1950 a 1970 gobernó la derecha y el centro estuvo caracterizado por la restricción en la balanza de pagos, problemas en la agricultura y altos índices de desigualdad con una industrialización que estuvo lejos de concretar sus objetivos. El verdadero ingreso de divisas se centró en las exportaciones mineras que, vaya sorpresa, en su gran mayoría pertenecían a capitales extranjeros. La industria, latifundios y empresas nacionales estaban en manos de chilenos pero de muy pocas familias. El 9,7% de los propietarios eran dueños del 86% de las tierras dedicadas a la agricultura, mientras que el 74,6% tenía solo el 5,2%. Aunque existieron intentos de descentralizar la tierra, cayeron en saco roto y demostraron la enorme dificultad de lograr un mínimo para las familias campesinas. Según datos del período de 1960 a 1963, bajo el gobierno centrista, el índice de Gini era del 0,476, en el periodo de Frei, gobierno de derecha, sube al 0,498.Mientras que en el resto del Cono Sur los índices tendían a cero. Los proyectos truncados, alta desigualdad y las demandas populares provocaron un alto nivel de hastío en las clases populares. 

En este contexto una alternativa popular se venía gestando hace un par de décadas. No fue la primera elección de Salvador Allende pero la alianza que había logrado con el Partido Comunista, el Partido Socialista y algunos partidos del centro y la izquierda, le garantizó la base electoral para disputar el Palacio de La Moneda. Se consagra victorioso y no pierde tiempo para poner en marcha sus políticas socialistas en un marco donde Unidad Popular no tenía mayoría en el Parlamento, demostrando la fragilidad del proceso revolucionario. Pero había logrado construir los consensos necesarios para la aprobación de la nacionalización del cobre en el Parlamento. También se encaró un programa de profunda transformación económica y social. Este período fue el mejor en la historia chilena en materia de distribución del ingreso, que tuvo como resultado el índice de gini más bajo: 0,467. 

Se lanzó el Plan Vuskovic, nombrado así por el apellido del Ministro de Economía, que proponía redistribuir la renta, nacionalizar todos los recursos básicos y compañías clave para la economía, estatizar la banca y el crédito para ponerlo en servicio de los intereses empresariales nacionales y una reforma agraria. Como Allende se vio limitado en su accionar decidió llevar adelante su transformación desempolvando un viejo decreto de 1932 que permitía expropiar todas aquellas compañías que se consideran claves para la economía. Los primeros resultados fueron más que auspiciosos, ya que el desempleo había bajado a su mínimo histórico, un 3,8%, la inflación se contuvo, el consumo de las clases más bajas se había disparado y se amplió la clase media.

Lamentablemente lo mencionado anteriormente cayó en saco roto cuando la emisión monetaria, la falta de divisas y el aumento de la inflación descontrolaron las variables económicas y el gobierno de la Unidad Popular se vio acorralado por la gesta antisocialista del Diario Mercurio y los sectores más reaccionarios de la política chilena. En el norte del hemisferio, mientras tanto, la CIA y Nixon elaboraban un plan que tenía como fin deponer la experiencia socialista y dar un llamado de atención al continente y sus aliados. El ejército con sus comandantes a la cabeza recibieron información, capacitación y hasta armas para generar una sublevación que diera el golpe final. Y así fue como en 1973 se depuso el mayor proceso democrático y popular de Chile que culminó con el suicidio de Salvador horas después de dar su último y célebre discurso que les invito a escuchar. 

A partir de ese momento el ex Ministro de Defensa de Unidad Popular asume la conducción del nuevo Gobierno, el Gral. Augusto Pinochet. Se abre un período oscuro basado en el terrorismo de Estado donde se cuentan más de 40.000 víctimas por las políticas del nuevo régimen. En este marco se comienza a delinear el nuevo Estado que se pretendía para Chile y, hasta el día de hoy, subsiste prácticamente sin reformas estructurales. Entendamos que el nuevo gobierno no esperaba solo eliminar las disidencias políticas, sino también cambiar profundamente la relación de la sociedad para con el Estado, en esta nueva relación no había margen para el intervencionismo-estatal. 

El Estado pasó de ser subsidiario y proveedor de servicios públicos como salud, educación, agua, energía, etc; para asumirse simplemente como un “supervisor”.

Por lo tanto, el Estado pasó de ser subsidiario y proveedor de servicios públicos como salud, educación, agua, energía, etc; para asumirse simplemente como un “supervisor”. Esto marca el principal quiebre del nuevo orden con el antiguo, ya nadie iba a poder limitar el lucro, porque el mismo estaba garantizado y protegido en el nuevo andamiaje jurídico. Aquí se inicia una serie de reformas económicas promovidas por jóvenes economistas formados en la Universidad de Chicago bajo el ala del monetarista Milton Fridman, los famosos “Chicago Boys”. La educación pasó a estar en manos de los municipios, nacieron varias universidades privadas, la salud pública continúa existiendo pero bajo un aporte obligatorio de los ciudadanos que ahora también podían optar por una medicina privada y el surgimiento de las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) que prometían grandes pensiones bajo su control, eso sí los militares y carabineros mantienen su jubilación pública.

Bajo este injusto sistema, que persiste con la llegada democrática y la salida de Pinochet en 1989, comienza una etapa de segregación educativa y de salud, la calidad del sistema depende del ingreso de aquél que lo “consuma”. Todas estas medidas logran una suerte de estratificación que limitan la movilidad social y comprometen fuertemente las finanzas familiares que se encuentran entre las más endeudadas de latinoamérica por hipotecas para la vivienda, matrículas universitarias o deudas médicas. 

Todas estas políticas sostenidas en el tiempo provocaron la reacción de los sectores juveniles, poco acostumbrades a la represión pinochetista. Las revueltas estudiantiles de 2006 y 2011 demostraron que las generaciones jóvenes pugnan por el cambio del sistema apelando a la movilización de base, las protestas originales, la toma del espacio público como lugar de lucha y los enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Esto fue un caldo de cultivo para que surgieran los primeros dirigentes de la nueva democracia como Camila Vallejo, Gabriel Boric, Giorgio Jackson, etc. Estos jóvenes son una muestra de la disputa real de poder que comienza a partir de esta época en donde participan activamente de la institucionalidad chilena. 

Hoy, 50 años después, podemos afirmar que las desigualdades e injusticias que motivaron la llegada de Allende al poder persisten y subsisten. Pero también subsiste, con el mismo calor que hace cinco décadas, la rebeldía igualitaria y democrática que puso en jaque al sistema político más conservador del Cono Sur.

Este movimiento hoy disputa nuevamente las calles en 2019 pero bajo un nuevo lema. Si el camino hacia la desprivatización de la educación comenzó a ser una sentencia del sentido común, también lo era la disputa del resto de los derechos básicos ¿Cómo el país con la mayor renta per cápita de la región no puede garantizar un mayor acceso a la salud, educación o jubilaciones dignas? El estallido de octubre pasado no pone en jaque un gobierno, pone en jaque un divorcio del Estado para con su población. Un divorcio que el pinochetismo se encargó de constitucionalizar. La escasa participación electoral en cada elección, que ronda entre el 30% y 50% del padrón electoral es la muestra de que la legitimidad está en duda y un nuevo contrato social resulta imperativo para la consagración de derechos básicos. Eso se vota este 25/10. Se vota si el Estado decide pararse en la protección del lucro o posicionarse a favor de las mayorías sociales que ven negadas sus oportunidades porque sus derechos se anteponen a la ganancia. 

Hoy, 50 años después, podemos afirmar que las desigualdades e injusticias que motivaron la llegada de Allende al poder persisten y subsisten. Pero también subsiste, con el mismo calor que hace cinco décadas, la rebeldía igualitaria y democrática que puso en jaque al sistema político más conservador del Cono Sur. Las revueltas estudiantiles encendieron la llama de miles de jóvenes que se niegan a sostener las estructuras diseñadas en Chicago. Parece ser que hoy el futuro se escribe en las calles, las urnas y hogares de la sociedad chilena, bienvenido sea. 

2 comentarios sobre “5 décadas después

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