Toda forma es política.

Así como ya se ha enunciado en una nota anterior, Todo afecto es político. Hoy venimos a afirmar que toda forma también lo es. En los últimos años la política dió un vuelco importante, o quizás fuimos nosotres quienes dimos el vuelco a la hora de pensar la política. Probablemente sea imposible pensar una cosa sin la otra, fueron vuelcos mutuos. Hace no tanto nadie hubiese esperado tener una legisladora de veinte años, tampoco una compañera trans como candidata a diputada nacional, por mencionar sólo algunos ejemplos. Sin dudas hay partes de la política, del hacer política, del pensar la política que están cambiando. Esto viene de la mano de muchas variables, pero traemos, para empezar, dos que nos atañen a nosotres particularmente: por un lado, la irrupción de los feminismos en cada uno de los rincones de nuestra cotidianeidad, desafiando el status quo con preguntas incómodas que nos rompen la cabeza y no nos dejan dormir, pero al otro día nos levantan y nos ponen en movimiento. Por otro lado, el alza del sujete joven, de las juventudes, en plural. No cabe duda de que, antes que nosotres, hubo jóvenes que pensaron e hicieron política, pero, muchas veces,  fueron pensades como una especie de “reemplazo” de la anterior generación, la que en ese momento ocupaba el poder, algo así como un banco de suplentes de la política, como el copy paste de un manual de hacer política que aprendías y reproducías una vez que “llegabas”. “Así funcionan las cosas” como mantra internalizado. Pues quizás no tanto, mi ciela. 

Tenemos el desafío de disputar -también- los sentidos comunes construidos alrededor del quehacer político.

Las juventudes y los feminismos llegamos para disputarlo todo, para repensarlo todo, pero no para esperar que sea nuestro turno de ocupar los lugares de enunciación; venimos trazando un saldo que podemos llamar, si se quiere, “generacional”. Es que queremos disputar poder ahora, que somos presente y no sólo futuro. Queremos discutir y construir, pero no sólo las agendas que nos “competen” como jóvenes. Queremos discutir qué ciudad queremos, qué país queremos, qué políticas educativas, económicas, de desarrollo social, de ambiente, no repetir fórmulas exactamente como nos las enseñaron. Tenemos el desafío de disputar -también- los sentidos comunes construidos alrededor del quehacer político. Pero ojo, nuestra disputa de poder no es en detrimento ni de lo que nos enseñaron ni de quienes habitaron (y habitan) la política y nos precedieron; no tiene que ver con sacarles y reemplazarles por pibes de 20 años. El mayor desafío que tenemos es, probablemente, recuperar el valor de toda esa tradición, cuerpo y saberes sin perder la oportunidad de aportar. Afinar la balanza y preguntárnoslo cada día, cuánto de continuidades, cuánto de novedades. El cambio que venimos a hacer tiene que ver con pensar formas distintas de hacer política, que no estén basadas en la anulación de les otres. Queremos saltarle por arriba a la pulseada de enunciaciones de verdad absoluta que derrotan al resto o son derrotadas, al binarismo simplista. Hoy nos pensamos y hacemos en la escucha, en el diálogo, en la amplitud, en la transversalidad y la integralidad, en la construcción colectiva en pos de encontrar soluciones que no excluyan, sino que nos contengan a todes, amplíen derechos, felicidad, disfrute, goce


A modo de ejemplo, quienes pensamos todos los días la universidad podemos tomar la extensión universitaria para ilustrar la integralidad en la política. Existe una corriente latinoamericana que se autodenomina “extensión crítica” que, enunciado brevemente, plantea un cambio de paradigma a la hora de pensar la construcción de conocimiento. Se apoya en poner en valor el armado colectivo con eses “otres” que no forman parte del nicho universitario, pero no desde un lugar iluminado, “extendiendo” nuestros saberes hacia quienes carecen de ellos, por el contrario: poniendo en valor esas trayectorias, experiencias y construcciones. Pero, sobre todo, tiene que ver con trabajar de conjunto con integrantes de distintos sectores, estableciendo vínculos de confianza, formando redes para pensar a la universidad inserta en el territorio en que se encuentra. 

Fotografía: Somos Mafia

Quienes transitamos y construimos en la UBA podemos estar de acuerdo en que estamos muy lejos de tener una universidad que esté profundamente vinculada al resto de la sociedad: la seguimos pensando como un nicho separado del resto de las patas del sistema público, incluso del resto del sistema educativo. Pensar la extensión como el anclaje territorializado de la universidad forma parte de una postura política que es la del derecho a ella, pero no sólo el derecho individual, de acceso, permanencia y egreso de todes les estudiantes, sino el derecho social a la universidad, el derecho del pueblo a la universidad como parte del sistema de instituciones públicas. Muchas veces les militantes universitaries nos encontramos hablando de una universidad popular como frase hecha, cuasi cliché. Pero, ¿qué significa concretamente construir una universidad popular? Creemos que una de las patas fundamentales para esto es la construcción de un sistema universitario que esté a la altura de las demandas populares. En palabras de Eduardo Rinesi (2015) “[La Universidad] Como un derecho colectivo cuyo sujeto, cuyo titular, es el pueblo […] y que tiene que tener derecho […] no sólo a mandar a sus hijos a esa Universidad que sostiene y que le pertenece sino […] a recibir los beneficios de la existencia de esa Universidad y de su trabajo”. En definitiva, una de las maneras de pensar la extensión y transferencia universitaria se trata de poder avanzar en procesos de co-gestión con el Estado y distintos actores para la intervención concreta en las problemáticas socioterritoriales que tenemos como Ciudad de Buenos Aires (en nuestro caso). La Universidad como una más de las patas del sistema público, enmarcada en articulaciones múltiples.

En este sentido, podemos pensar a las juventudes, los movimientos populares, el ambientalismo, los feminismos, como sujetes que venimos a plantear un cambio de paradigma, uno que implica tener en cuenta la multiplicidad de aristas que tenemos que abordar a la hora de pensar el Estado, las universidades, los sindicatos, y todos los espacios donde hacemos política. Las discusiones que nos venimos dando -y que creemos que tienen que ser el faro que nos guíe para pensar qué política queremos hacer las juventudes- se relacionan con construir herramientas que habiliten la diversidad de voces, que nos inviten a pensar afuera de la pecera, de los lugares ya conocidos, a dialogar con voces que aún no escuchamos y sujetes que aún no interpelamos, a deconstruir todo lo que deba ser deconstruido para esa tarea, para así poder construir en función de una mirada estratégica, que dote de sentido último transformador nuestras prácticas cotidianas. No se trata simplemente de tomar todas las agendas emergentes y ponerlas en diálogo entre sí y con las tradiciones que traemos; se trata de lograr desde allí una potencia creadora, que sea más que la suma de las partes, que no empiece y termine en cada agenda girando sobre sí misma, sino que logre trazar los lineamientos de hacia dónde vamos colectivamente y por qué lo hacemos. En definitiva, siempre es hacia la construcción de una sociedad más justa, de una comunidad organizada en donde todes puedan realizarse, porque el conjunto se realiza. Ese es uno de los desafíos que tenemos por delante como juventudes políticas frente a las agendas que emergen y nos interpelan. 

No queremos ser quienes enuncien a les ausentes, queremos que no haya ausentes, queremos que la diversidad de voces pueda ser expresada en primera persona

Otro de los desafíos tiene que ver con poder salir de la mera retórica y pasar a la acción. Durante estos últimos años venimos construyendo consensos y saldos generacionales que tienen que poder trascender para constituirse como políticas concretas, en acciones materiales que transformen la realidad. Cómo hacer para que las agendas que nos atraviesan como juventudes dejen de tener un lugar desjerarquizado, cómo lograr construirlas necesarias de abordar ahora mismo, y no en un tiempo futuro, laxo e inmaterializable. Y, en este mismo sentido, poder pensar nuestras agendas de forma amplia, porque sabemos que hoy en día la imagen de “la juventud” está representada por quienes tenemos lugares de privilegio en esta sociedad: universitaries, blanques, de clase media, etc. Entonces, ¿cómo pensamos una política joven que amplíe y nos acerque a aquelles que todavía no son parte? Y, sobre todas las cosas, ¿cómo hacer para dejar de ser las voces privilegiadas quienes representamos a esas otredades? Tenemos el desafío de construir un sistema político en donde haya voces propias, que expresen esa diversidad. No queremos ser quienes enuncien a les ausentes, queremos que no haya ausentes, queremos que la diversidad de voces pueda ser expresada en primera persona

Estos son algunos de los puntos claves, los faros que proponemos a la hora de pensar una política joven y una política que no excluya, que nos permita generar transformaciones reales, concretas, materiales. Ya no nos alcanza con pensar que el pesimismo es de la razón y el optimismo de la voluntad, “dejemos el pesimismo para tiempos mejores” escuchábamos decir a la querida Dora Barrancos durante los años macristas. Pues bien, ahora es tiempo de poner en marcha todo aquello que creemos y queremos, y construir un optimismo y una esperanza ya no sólo de la voluntad, sino también de la razón, porque esa sociedad que queremos no sólo es deseable, también es posible, es urgente, es necesaria.

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