Lo extraordinario de la poesía feminista

Al leer un texto, entrar a un link, sacar una foto, pensar en un momento; buscamos, de alguna forma, lo extraordinario. Soñamos con eso que nos pueda deslumbrar. Desafiante actividad que nos hace decepcionarnos o desconcertarnos muy fácilmente. Mi abuela, muy sabia, me enseñó un ejercicio para hacerle frente a eso: dejar de lidiar con las expectativas y con los límites que nos impone la misteriosa moralidad. Le hice caso, como también Beauvoir y Sartre lo hicieron sin conocerla y decidieron no restringirse en nada.

Sin embargo, como buenos intelectuales europeos del siglo XX, tenían responsabilidades que cumplir en sus acciones, sus militancias, sus escritos y hasta en sus decisiones amorosas. Beauvoir y Sartre convirtieron sus vidas en narraciones para la posteridad con el fin de formar nuevas clases intelectuales, nuevas categorías en la literatura y nuevos razonamientos. Proveyeron al concepto de escritura universal una condición de excepcionalidad.

Siempre buscamos lo extraordinario, a eso “otro” con condición excepcional, a lo exótico como lo diferente a lo usualmente visto. Siempre soñamos con encontrarnos con eso nuevo que nos pueda deslumbrar. Beauvoir deslumbró con nuevas determinaciones que acercaron a las mujeres a una nueva sociedad. La sociedad del segundo sexo, de la mujer rota y de la fuerza de las cosas. Simone trajo la melancolía, las persecuciones, el machismo, el goce y la sexualidad a un nuevo plano. Marguerite Duras hizo lo mismo con la figura del amante.

No obstante, lo excepcional también se puede encontrar al otro lado del mundo, en un país al que le dedicamos muchos prejuicios, pero pocas lecturas.

Estas autoras de gran éxito fueron parte de la Europa occidental y fueron corroídas por las guerras y las batallas sociales e ideológicas de la época. No obstante, lo excepcional también se puede encontrar al otro lado del mundo, en un país al que le dedicamos muchos prejuicios, pero pocas lecturas. Quizá, por culpa de la singular Guerra Fría que vivimos desde lejos, siempre desde una posición lejana.

Rusia tuvo, tiene y tendrá autoras críticas y políticas igual de feministas que Storni, Pizarnik, Ocampo, Plath, Woolf, Beauvoir… Pero no les dedicamos momentos de goce a aquellas autoras rusas como sí a estas otras. Un ejemplo concreto y conocido es el de Catalina la Grande, quien escribía, participaba de los debates culturales más importantes de su tiempo y buscaba educar a la población rusa (¿vieron “The great”? Una serie de Hulu que cuenta las medidas innovadoras de Catalina durante el zarismo ruso, obvio, desde una mirada norteamericana).

Teniendo en cuenta lo anteriormente relatado y como propuesta experimental, les traigo la excepcionalidad de la poesía eslava para que conozcan la mística revolucionaria en formato de versos. La poesía rusa nos abrirá esta puerta y nos permitirá encontrar ese mundo en poetas como Marina Tsvietáieva y Anna Ajmátova; ambas autoras de la revolución, del exilio, de las miserias y, por sobre todas las cosas, del feminismo.

Estas escritoras se encargaron durante toda su vida de confesarse sobre la vida que llevaban, sobre el contexto político que atravesaban y sobre las impías y conflictivas relaciones con sus amantes, hijes y amigues.

Estas escritoras se encargaron durante toda su vida de confesarse sobre la vida que llevaban, sobre el contexto político que atravesaban y sobre las impías y conflictivas relaciones con sus amantes, hijes y amigues. Las existencias y los tiempos adversos están narrados en prosa y en verso. Es imposible no seguirlas sin sentir algo (hablo sin exagerar) que conmueva y permita comprender sus experiencias.

Los escritos literarios son capaces de transmitir perspectivas sobre los momentos históricos que atravesaban.

Los escritos literarios son capaces de transmitir perspectivas sobre los momentos históricos que atravesaban. Es por eso que les quiero mostrar, sin aburrirlos, los poemas que más me transmitieron sobre las vidas de dichas autoras y sobre esos “yo” poéticos que tanto placer y terror sintieron.

Para no evitar desórdenes cronológicos, primero quiero citar a Tsvietáieva, exiliada en la época de la Revolución rusa (ella no estaba de acuerdo con esta, creía que su política era una “abominación evidente” y que la Internacional era algo malvado… mejor no nos metamos en el tema). La autora siempre afirmó que no estaba hecha para esa vida y que se encontraba incómoda. Sólo encontró plenitud en las cartas, comunicándose con amistades y posibles amantes que la traían a otro mundo; ese “otro” del que les hablaba antes. Se encontró espiritual y amorosamente con Sofía Parnok, quien dejó impregnado este amor en forma de poesía (era muy revolucionario para la época hablar de amor lésbico en la poesía, así que claramente la censuraron y la prohibieron en 1928). Volviendo a Marina, quizás, el romance que tuvo con Sofía fue lo extraordinario para ella y su vida. Sin más, les copio un fragmento de uno de sus poemas. Está fechado en el 18 mayo de 1920. La traducción la tituló “En la picota”, algo así como estar en una situación de crítica constante:

Ante la vieja conciencia eslava,
en la picota puesta, estoy presente
La sierpe en el corazón, la frente marcada,
afirmo que soy inocente.
Afirmo que en mí la tranquilidad
hay del comulgante ante la comunión.
Que no es mi culpa que en mendicidad
por las plazas voy – la dicha pido yo.
Revisad bien eso que es mi todo,
decid entonces si he perdido la vista.
¿Dónde está mi plata? ¿Dónde mi oro?
Hay en mi mano sólo un puñado de cenizas.
Esto es todo lo que con halago y ruego
conseguí de los afortunados.
Esto es todo lo que conmigo llevo,
en el país de los besos silenciados.

2

Aquí en la picota me tienen atada
y siempre digo que te quiero.
Que ni una madre desde sus entrañas
mira a su hijo como yo te veo.
Que por ti, quien el asunto atañe,
no quiero morir, sino sacrificarme.
¡Tú no comprendes, mis palabras son nada –
y nada me es estar en la picota atada!
Que si un regimiento me diera una bandera
y de pronto a mis ojos vienes a mostrarte -con otra en la mano, – yerto si te viera,
mi mano dejaría caer su estandarte…
Y en este cambio del último honor
más baja que tú y la hierba seré yo.
Por tus manos a la picota atada,
rama de abedul en el prado clavada.
Este poste me sostiene, no es la gente el murmullo,
son las palomas que temprano dan su arrullo.
¡Y si lo diera rodo, mi negro poste, a él
no lo diera ni por el rojo nimbo de Rouen!


La vida de Marina Tsvetáieva continuó y con ella sus desgracias. Su marido fue fusilado; su hija, Irina, murió de hambre y ella decidió suicidarse luego de la ocupación nazi en 1941. Pero nos queda el recuerdo, sus diarios de la revolución, su Ariadna, sus incontables poemas de miles y miles de temáticas y el increíble libro “El poeta y el tiempo”; que les recomiendo muchísimo para momentos de confusión y crisis existenciales.

Anna Ajmátova fue otra poeta temida, buscada y amante de Rusia y de sus clásicos, como Pushkin y Tolstói. Una mujer que ocupó las mesas chicas de los grandes intelectuales rusos. Destacaba desde su condición trágica de emperatriz y como una mujer que transmitía los sentimientos de libertad contemporáneos. Ajmátova fue igualmente hostigada y perseguida como Tsvetáieva. Su primer esposo fue fusilado y su último marido murió en prisión, a causa del hambre y del agotamiento. Su hijo también fue prisionero durante el estalinismo. Ella debió quemar todos sus cuadernos y escritos para sobrevivir, pero sabemos que la palabra puede permanecer en versos como los de ella:

Se pudre el oro, cede el metal,
el mármol. Todo la muerte alcanza.
Del mundo no muda sólo el pesar
y permanece, sublime, la palabra.

La escritura de Marina Tsvietáieva y Anna Ajmátova es una herramienta de poder que les permite expresarse y ocultarse de sus realidades políticas. Si no me creen, lean con sus propios ojos cómo combatía Anna la sentencia del enjuiciamiento de su hijo en un verano ruso (más caluroso de lo que se imaginan) en 1939:

LA SENTENCIA

Y cayó la palabra de piedra
sobre mi pecho, aún con vida.
No es nada, siempre supe que así sería,
sabré enfrentarlo de la mejor manera.
Son muchas las cosas que aún debo hacer:
acabar de matar la memoria,
procurar que mi alma se vuelva de piedra,
y aprender de nuevo a vivir.
Y si no… El cálido susurro del verano
semeja una fiesta bajo mi ventana.
Hace tiempo ya lo había presentido:
este diáfano día y esta casa vacía.

Tanto Ajmátova como Tsvetáieva persiguen un imposible, una sociedad que ya no existe y se desintegra. Las formas de resistencias en sus textos dejan entrever un “yo” revolucionario, poético y feminista; un “yo” que evoca deseos tan profundos como prohibidos, un “yo” feminista que declama las voces de las que nunca hablaron y un “yo” desafiante que enfrentó a cuanta prohibición pudo. El “yo” femenino de las autoras nos vanagloria por tiempos mejores, por comunidades venideras que sólo existen en sus trazos poéticos.

El “yo” femenino de las autoras nos vanagloria por tiempos mejores, por comunidades venideras que sólo existen en sus trazos poéticos.

Si ellas nos dejaron ver lo extraordinario de sus pensamientos y experiencias, nos permitieron ingresar a esas sociedades utópicas feministas, ¿cómo no buscar nuevos rincones feministas revolucionarios y extraordinarios? Creo que yo ya encontré mi lugar extraordinario. ¿Y ustedes? ¿Ya encontraron lo extraordinario?

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: