Prejuicios en juego

“Es innegable que chicos y chicas son biológicamente distintos, pero la socialización exagera las diferencias.
El problema del género es que prescribe como tenemos que ser, en vez de reconocer como somos realmente.
Imagínense lo libres que seríamos sin sufrir la carga de las expectativas de género”
Chimamanda Ngozi Adichie[1]

Se escucha mucho hablar de “estereotipos”, y es importante entender bien a qué nos referimos cuando pensamos en los mismos. Los estereotipos son creencias populares, que una sociedad determinada va construyendo, y hablan de las características, atributos, funciones que posee determinado grupo social. Generan una sensación de pertenencia, ya que identificarse con los estereotipos dominantes de cierto grupo constituye una manera de permanecer integrado a él.  Pero es a raíz de estos estereotipos, como también se construyen prejuicios, creencias de carácter negativo, en relación a ese grupo social. Estos prejuicios dan lugar a discriminación y violencia al entender lo diferente como algo negativo. Si bien en la actualidad existen varios movimientos en relación a la equidad, aún queda bastante por hacer.

También escuchamos hablar de género, que es una construcción sociocultural que varía a través de la historia. Tiene que ver con los rasgos psicológicos y cultuales que la sociedad le atribuye a lo que considera masculino o femenino. Es importante aclarar que hablar de género no es lo mismo que referirse a sexo biológico, a los órganos, cromosomas, hormonas, definidos al nacer. La identidad de género en cambio tiene que ver con la vivencia interna e individual. Con como cada persona se auto-percibe. Y puede claro, no coincidir con el sexo bilógico.

Entonces, los estereotipos de género tienen que ver puntualmente con las actitudes, creencias, emociones, gestos, actividades, colores, etc. que se asocian en mayor medida con lo que cada sociedad considera femenino o masculino. Así prefiguran roles, actividades, y también limitaciones, que se adquieren a lo largo de la socialización. Todes somos seres sociales, por lo tanto interiorizamos ideas de ésta última. La misma moldea expectativas diferentes para hombres y mujeres, que se aceptan o no según lo esperado y esperable. Esos valores dominantes se transmiten, impactando no solo en les sujetes, sino también en la construcción de relaciones entre las personas, y se terminan interiorizando. Así es como muchas veces, estos estereotipos dan lugar a la discriminación, entendiendo las diferencias como desigualdades.  

Desde la infancia, les adultes van marcando el camino: qué se espera, qué se puede, y qué no.

Desde la infancia, les adultes van marcando el camino: qué se espera, qué se puede, y qué no. Esto muchas veces no es consciente, no quiere decir que busquen educar en desigualdad, pero al ser conductas tan naturalizadas, se transmiten sin tomarlo en cuenta. Si hacemos algo una y otra vez, acaba siendo normal. Si vemos la misma cosa una y otra vez, acaba siendo normal. Todes hemos escuchado frases como “llorar es de nenas”, “pórtate como un hombre”, entre otras. Lo mismo suele ocurrir con la distribución de tareas domésticas y de crianza. La escuela y la literatura infantil también muchas veces reproducen estos estereotipos.

Ni para nene, ni para nena: para jugar

Pensando puntualmente en los juegos y juguetes, es importante señalar que los mismos no deberían tener género, es decir, hablar de juguetes de nene o de nena. Si bien actualmente es más habitual ver a una chica jugando a la pelota o a un varón con una cocinita, esto en muchos casos (sí, en muchos), todavía sorprende, dejando ver como lo que debería ser natural no lo es.  Son varias las jugueterías en las cuales aún encontramos los juguetes separados en sectores rosas y celestes.

Se observa entonces como, en muchas oportunidades, somos les adultes quienes tenemos prejuicios, que surgen en relación a los estereotipos antes descriptos. Estos prejuicios pueden alejar a les niñes de sus verdaderos intereses y limitar sus oportunidades de desarrollo. Al borrarse estos límites, surgen espacios donde les más pequeñes pueden jugar con diversos juguetes o juegos, más allá del género.

Es así como los estereotipos de género son limitantes de expresión y creatividad. El nene al cual solo se le ofrece jugar con autitos y la nena que lo hace solo con muñecas, presuponiendo que eso es lo que les gusta, se pierden la posibilidad de elegir, investigar, imaginar y jugar con libertad.

Es así como los estereotipos de género son limitantes de expresión y creatividad. El nene al cual solo se le ofrece jugar con autitos y la nena que lo hace solo con muñecas, presuponiendo que eso es lo que les gusta, se pierden la posibilidad de elegir, investigar, imaginar y jugar con libertad. El juego debería ser natural y no impuesto, jugar con lo que prefieran sin distinciones, sin inhibir sus capacidades ni intereses ofreciéndoles solo determinados juguetes. La diversidad de juego en cambio, enriquece a les niñes, en un mundo en el cual todes pueden trabajar, manejar, cocinar o cuidar a sus hijes.

El juego resulta fundamental para que puedan crear, transformar y expresarse. A través del mismo se elaboran vivencias y situaciones difíciles, pudiendo explorar sin peligro, ya que lo real y el riesgo quedan así por fuera. Entonces, jugar con libertad y sin prejuicios es ideal para que les niños y niñas puedan incursionar según lo que necesiten y los divierta. Los juguetes no tienen género, sino que les adultes tenemos prejuicios. No son de nene ni de nena, son para jugar, y jugar es un derecho, que trasciende las categorías de género.

Por eso debemos tener presente que los estereotipos que sostienen y reproducen las desigualdades basadas en el género, son construcciones producto de una socialización determinada, y no de la naturaleza, es decir, que se aprenden. Por lo tanto, se pueden desaprender.

Por eso debemos tener presente que los estereotipos que sostienen y reproducen las desigualdades basadas en el género, son construcciones producto de una socialización determinada, y no de la naturaleza, es decir, que se aprenden. Por lo tanto, se pueden desaprender. Y eso es lo que hay que promover: identificar esos estereotipos, desarmarlos, deconstruirlos, y presentar otros modelos, para construir una sociedad más justa y menos violenta.

Acompañar a esta generación para un desarrollo más abierto, inclusivo y respetuoso por la diversidad, es nuestro desafío como adultes.

Eliana Tornatore
Lic. en psicología (UBA) Psicoanalista
Especialista en niñez y adolescencia


[1] En “Todos deberíamos ser feministas”

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