Orgullo

En 1969 se produjo el hito que marcó un precedente en los movimientos LGBT: a raíz de un allanamiento en un bar de Nueva York, gays, lesbianas y travestis desatan revueltas para combatir el avance de los abusos policiales. La homesexualidad estaba condenada; por ese entonces, era delito. Fue este el momento en el que se decidió abandonar la clandestinidad y la inacción política y se generó una serie de conflictos y manifestaciones, prolongados durante tres días.

En 1969 se produjo el hito que marcó un precedente en los movimientos LGBT: a raíz de un allanamiento en un bar de Nueva York, gays, lesbianas y travestis desatan revueltas para combatir el avance de los abusos policiales.

¿Por qué hablamos de inflexión? Se trató de un momento coyuntural donde el cansancio por los abusos policiales, la marginación de los derechos homosexuales por parte del Estado y los reiterados hechos de discriminación fueron encauzados por medio de movilizaciones. En el marco de los disturbios del ‘69, se escuchó por primera vez el pronunciamiento de una palabra: “orgullo”. Orgullo por ser lesbiana, gay o travesti. Se trataba de un ethos enunciativo con un peso específico grande y nuevo.  

Un año después, una multitud se concentró en Time Square, dando lugar a lo que hoy podemos llamar la primera Marcha del Orgullo Gay, que convocó a diez mil personas. El fenómeno no demoró en replicarse por el mundo y en 1992 se realizó en Buenos Aires por primera vez, desde ese entonces, se repite cada año. Lxs asistentes a la primera marcha fueron escasxs (se estima que alrededor de 250) y la gran mayoría usó máscaras para no ser reconocidxs. El miedo abundaba. La identificación era temida por las consecuencias que acechaban en ese momento: ser despedidxs de sus trabajos, discriminadxs, marginadxs. Sin embargo, esto no implicó que todxs lxs participantes marcharan con temor. Dentro de estxs últimxs se destaca la figura de Carlos Jáuregui, quien supo poner la voz y el cuerpo en favor de las demandas de la comunidad.

En ese momento, no solo se contó con el apoyo de organizaciones LGBTIQ, sino también de partidos políticos y de la asociación de Madres de Plaza de Mayo. Con el pasar de los años, la marcha fue ganando adeptxs que van desde organizaciones políticas y  personalidades públicas hasta organizaciones de la sociedad civil. Fue recién a partir de 1997 cuando comienza a celebrarse el primer sábado del mes de noviembre, conmemorando el aniversario número 30 de la fundación de “Nuestro Mundo”, la primera agrupación homosexual de Argentina. Para ese entonces, la marcha había multiplicado por ocho la cantidad de manifestantes con respecto al ‘92. Empezaba a imponerse en agenda e impulsaba la asistencia de más personas a partir de distintos reclamos. 

A lo largo del tiempo, la marcha supo repudiar y denunciar a personajes del ámbito público y político por sus dichos discriminatorios y homofóbicos y a las políticas de Estado que implicaban un retroceso en materia de derechos y reconocimiento. El paso de los años la transformó en una auténtica celebración: el cierre con fuegos artificiales, la feria del orgullo, recitales en vivo, carrozas y discursos que pasaron a ser enunciados en escenarios debido a la gran concurrencia. El megáfono fue reemplazado por el micrófono y los altoparlantes. El colectivo se vestía de fiesta y postulaba una nueva forma de manifestación nunca antes vista.

El paso de los años la transformó en una auténtica celebración: el cierre con fuegos artificiales, la feria del orgullo, recitales en vivo, carrozas y discursos que pasaron a ser enunciados en escenarios debido a la gran concurrencia.

Para aquellxs que nunca hayan asistido (¡y vaya festejo que se pierden!), la marcha condensa el momento de celebración y reivindicación de un grupo que es heterogéneo hacia su interior, el momento donde todas las diversidades tenemos nuestro instante de representación; se remarca el reflejo identitario de cada unx de lxs que vamos. El baile, las carrozas, la música, los abrazos y los encuentros confluyen en un mismo lugar, sin dejar de lado las consignas y los discursos de las banderas que levantamos. 

Toda movilización es política, sin dudas, y esta no es el caso de excepción: las demandas y reivindicaciones nos ponen en el centro de la escena como sujetos políticos que buscan hacer valer sus derechos, que los mismos sean reconocidos por el Estado y la sociedad en su totalidad, y que se exprese repudio ante las situaciones que lo ameriten. Cada año la marcha enarbola una consigna diferente y este es uno de los factores que la convierten en una demanda política, ya que no puede ser pensada fuera de su contexto histórico. A medida que se conquistan nuevos derechos, se postula una nueva consigna en función de la demanda de la comunidad en ese momento, que aboga por una ampliación de reconocimientos. 

Las demandas y reivindicaciones nos ponen en el centro de la escena como sujetos políticos que buscan hacer valer sus derechos, que los mismos sean reconocidos por el Estado y la sociedad en su totalidad, y que se exprese repudio ante las situaciones que lo ameriten.

El orgullo se eleva como la marca distintiva, como la acción política que demanda y reivindica para no volver al encierro, la vergüenza y la discriminación. Cada año se suman más integrantes; chicxs, jóvenes y adultxs son capaces de romper con las barreras del encorsetamiento social que sigue reprimiendo a miles de personas. Es por esto que se trata de una política festiva: la diversidad es un orgullo que nunca deja de ser motivo de festejo, que no quiere volver al lugar de la restricción o de la mirada que juzga. Subtes, trenes y colectivos se llenan de personas con la más diversa vestimenta, maquillaje y banderas, donde el glitter abunda y queda desperdigado por los vagones. 

Este año, por primera vez, nos toca vivirlo desde el encierro. Parece una paradoja que la plaza donde se suelen encontrar los cuerpos (porque de eso se trata), cuerpos políticos unidos por una misma causa, quede vetada ante la aparición de un virus que nos imposibilita toda forma de encuentro directo, por la que hace tanto tiempo se viene luchando. Como todos los años, en esta ocasión iban a poder asistir miles de nuevxs manifestantes, lxs que iban a concurrir a su primera marcha. Esta vez las calles de Buenos Aires no van a verse repletas de abrazos, maquillaje, candombe y una multitud que está de fiesta, pero eso no cercena la posibilidad del encuentro, virtual en este caso. Y tampoco nos quita la posibilidad de levantar nuestras banderas y elevar nuestra voz ante la consigna de “Ley para la Inclusión Travesti-trans. Aborto legal. Estado laico”. 

Esta vez las calles de Buenos Aires no van a verse repletas de abrazos, maquillaje, candombe y una multitud que está de fiesta, pero eso no cercena la posibilidad del encuentro, virtual en este caso.

No quedan dudas de que el próximo año el festejo será doble, seremos miles y el orgullo va a inundar la Capital, pero los motivos hoy nos obligan a quedarnos en casa por una causa mayor, cuyo horizonte es preservar la salud de todxs. Espero, entonces, que nos encontremos -virtualmente- el sábado 7 de noviembre, a las 11hs, en redes. 

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