ODIAR LA DEMOCRACIA

A fines de marzo de este año, cuando la pandemia ya había arribado en el país, pero los cinco meses de cuarentena estricta eran todavía impensados, la Universidad Nacional de San Martín emitió un flyer sobre la prevención contra la infodemia. Del coronavirus se sabía poco y nada en aquel entonces, pero de forma casi premonitoria, la UNSAM ya alertaba contra una epidemia de información (en algunos casos cierta y en otras no) que podía dificultar a la población el acceso a fuentes confiables.

Por otro lado, quizás, el mayor peligro desencadenado junto con la crisis económica, se ve en las manifestaciones que reunieron (y aún lo hacen) a grupos terraplanistas, antivacunas, ultranacionalistas y liberales fuertemente enfurecidos con la casta política. Si bien la misma fue cuestionada en otras ocasiones, como las protestas del año 2001 con el que se vayan todos, esta vez, el odio parece estar dirigido no sólo contra los políticos sino contra la misma idea de la política y la democracia.

La difusión de “desinformación” y los discursos de odio están estrechamente relacionados y las redes sociales son un terreno fértil para el desarrollo de ambos. Evitar la violencia, la exclusión y la estigmatización son un desafío importante en estos tiempos. ¿Cómo es que esta epidemia de información impactó en determinados públicos al punto de poder ser capitalizada políticamente por grupos con una agenda determinada? ¿Y qué es esta industria del odio tan redituable, pero con altos riesgos para las sociedades democráticas? Todo esto merece un debate contextual de cara al futuro.

Dime qué consumes y te diré quién eres

En su investigación sobre cómo captamos la información, Ernesto Calvo y Natalia Aruguete[1], desarrollan el concepto de encuadre comunicacional. Este se compone de los elementos que convergen (en el caso de las Redes) en los muros de los usuarios que seguimos y formatean nuestra interpretación, volviéndonos sensibles a recibir los contenidos que coinciden con nuestra visión del mundo y a rechazar aquellos que disienten de la misma (disonancia cognitiva).

En este mecanismo, las ideologías intervienen como una red simbólica que, si bien es mutable, guía nuestra interpretación del lenguaje. Es factible suponer que une ciudadane identificade con el espectro político de la derecha o del conservadurismo asocie el término “democracia” con otros como “institucionalidad” o “alternancia” mientras que alguien identificade con el arco de izquierda o progresismo lo hará con términos como “derechos humanos” o “igualdad”.

Para ponerlo en concreto, vamos a repasar la entrevista realizada por Todo Noticias a Mateo Salvatto, un joven emprendedor y campeón mundial en robótica, egresado de la escuela ORT. Cuando el entrevistador le pregunta sobre el debate en torno al mérito, éste contesta:

“…yo hoy como emprendedor de veintiún años tengo una compañía con mi socio […] pero yo tengo hoy la chance de que vos, con tu generosidad, me invites a este programa y yo pueda contar mi opinión y mostrar mi punto de vista, pero hay miles de chicos, mucho más capaces que yo, mucho más inteligentes que no pueden llevar adelante una start up porque no tienen agua, no tienen para comer…”.

El zócalo que eligió TN para la imagen que difundió en sus Redes Sociales  podríamos pensar que está mal formulado, o que es adrede, pero nos muestra cómo el concepto de mérito se inserta en un encuadre compartido por el canal y por su audiencia (sensible a recibir ese contenido) e impacta en la opinión pública.

Odiar sirve

Vivimos en un tiempo de radicalización del debate público en el cual la información que consumimos se negocia entre la data disponible y nuestros prejuicios. Quien mejor nos ilustra sobre los usos políticos de este fenómeno es Jaime Durán Barba[2] que enseña cómo usar el ataque y los sentimientos en las campañas electorales.

En palabras del autor: “Más que perseguir que el ciudadano entienda los problemas, debemos lograr que sientan indignación, pena, alegría vergüenza o cualquier otra emoción” ¿Por qué esta apelación a lo sentimental? No sólo porque el entorno emotivo es capaz de modificar nuestros encuadres de pensamiento, sino también por el refuerzo que las Redes Sociales tienen en lo que en comunicación se conoce como razonamiento motivado: la tendencia a aceptar sólo aquellas evidencias que confirmen conclusiones que ya nos hemos hecho previamente, y a rechazar las que contradigan nuestros prejuicios. 

Quizás es de esta forma en la que mejor podemos entender, no sólo la polarización generada en las campañas electorales, sino en los nuevos discursos de los sectores liberales, que habiendo entrado en la contienda por la hegemonía cultural, rechazan el debate intelectual por una retórica basada en la agresión y en la movilización sentimental sintetizada en la consigna “El capitalismo nos hará ricos”; demás estaría explicar el efecto que este mensaje produce en estos tiempos de crisis y precariedad material (e intelectual).

El refuerzo que las Redes Sociales tienen en lo que en comunicación se conoce como razonamiento motivado: la tendencia a aceptar sólo aquellas evidencias que confirmen conclusiones que ya nos hemos hecho previamente, y a rechazar las que contradigan nuestros prejuicios.

En la cueva de los trolls

Las Redes Sociales fueron promovidas como el zénit de la democratización de la palabra. Según estadísticas generales de Twitter[3], la Red contaba con 330 millones de usuarios activos mensuales a principios de 2019 (si se tratara de un país, sería el tercero más poblado del mundo), y lleva un crecimiento sostenido. Por día se publican 500.000 millones de Tweets. Hoy todes podemos decir cualquier cosa, pero también, en esa lógica, hoy todes podemos creer cualquier cosa.

La realidad es que las Redes están muy lejos de ser el ágora griega de debate que algún momento nos vendieron. Si bien el odio como instrumento y las fake news han existido siempre a lo largo de la historia, en diversos formatos y con distintas justificaciones, es Twitter quien ha forjado en sus entrañas al ser que condensa ambos recursos: el troll. 

Con su lógica destructora, el troll viene a destrozar cualquier posibilidad de acuerdo en el debate, en criollo diríamos “a pudrirla”. A través de insultos a los interlocutores y a la propagación de información difusa o directamente falsa, se inscribe en un contexto en el cual la posverdad ha socavado hasta los acuerdos sociales y políticos más básicos que sustentan las democracias. El odio es un su gran negocio, sí, pero con altísimos costos. 

En 2018, una encuesta del Latinobarómetro[4] realizada por el Proyecto de Opinión Pública (LAPOP, por sus siglas en inglés) a 20 mil personas encuestadas en 18 países de América Latina arrojó que casi la mitad acepta un gobierno autoritario como preferible a uno democrático. 

@atlanticscruff es uno de los trolls macristas con más seguidores en Twitter. Organizador de las manifestaciones opositoras de 2012 y de la campaña contra la familia Maldonado. 

Hay algo en el odio que es también aprendido y transmitido en las conductas que hoy definen nuestra dinámica social. La psicóloga y terapeuta cognitivo conductual Leonela Gallia, consultada para esta nota, explica: 

“Tanto los eventos privados: emociones y pensamientos, como las reacciones con las que se vinculan, se aprenden y se modelan por ambiente social. En lugar de ubicar este proceso, se reacciona de manera inmediata según las emociones que estimulan los medios de comunicación sin la mediación del pensamiento”.

Continuamos repitiendo razonamientos y conductas que en su momento nos permitieron sobrevivir en contextos de ruptura democrática como la dictadura militar, o la crisis del 2001, pero que carecen de funcionalidad en el presente.

¿Qué hacer?

El debate por la regulación de los contenidos en Internet es algo que aún despierta razonables temores. Los proyectos de ley para regular los medios tienden a generar rechazos cuando son percibidos como limitantes de la libertad de expresión (aún si no es ese su fin) y la censura en las plataformas digitales suele ser furiosamente denunciada y combativa. 

Pero quizás la educación ofrezca ciertas herramientas que permitan hacer remisible el tumor del autoritarismo. Entendiendo a la información como un bien digital consumible y su impacto en la forma en la que se piensan las democracias, su consumo responsable y la discriminación de contenidos, deberían ser abordados desde la escuela en forma transdisciplinaria. Otra posibilidad es elevar el nivel del debate, generando acuerdos transversales, que no puedan ser derribados por el odio de los trolls, como ocurrió con la campaña por la legalización del aborto.

No es que nuestras formas de representación no puedan ser cuestionadas, así como tampoco las políticas que se desarrollan. Se trata de no retroceder aún más en un terreno que aún es muy nuevo para nosotrxs, que son los proyectos democráticos sostenidos.

Notas complementarias:

1: Politólogo y periodista, docente e investigadora del CONICET. Coautores “Fake news, trolls y otros encantos”

2: Consultor de imagen y asesor político de varios presidentes y candidatos de la región. Coautor de “El arte de ganar” junto con Santiago Nieto.

3: https://www.vanderbilt.edu/lapop/regional-reports.php

4: https://blog.hootsuite.com/es/estadisticas-de-twitter/

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