¡DESCONÓCETE A TI MISMO!

DESCONÓCETE A TI MISMO

Definir el acto analítico como la escritura del acontecimiento no equivale a decir que es la traducción del acontecimiento en sí; cuyo núcleo siempre es el vacío, un punto de hundimiento en el que se volatiliza el “antes” para instaurar un súbito interrogante. Este es una repentina hoja en blanco sobre la que, por un instante, parece que es posible desviarse del destino. Y lo es. Esa fugacidad da lugar a un desborde, a un desequilibrio que suele manifestarse como angustia. Es el deseo buscando su flecha y su arco para dirigirse a un objeto que lo vuelva a semblantear, que le haga creer al individuo (nuevamente) que el sueño puede hacerse Real; punto de su seguro despertar a la realidad del sujeto deseante. Uno podría decir “así es la vida”: entre el sueño y el despertar hay hallazgos poéticos en los que la repetición (buscando la identidad) falla una y otra vez “haciendo” la diferencia.

Los niños nos muestran el modo por el cual encuentran el placer en la diferencia, no en la identidad o lo idéntico, que los aburre. El juego no es siempre el mismo y nosotros tampoco somos los mismos una vez “jugados”.

Los niños nos muestran el modo por el cual encuentran el placer en la diferencia, no en la identidad o lo idéntico, que los aburre. El juego no es siempre el mismo y nosotros tampoco somos los mismos una vez “jugados”. La identidad (cuando tiende a lo idéntico) es algo estático y mortuorio, un intento de autodominio pedante bajo la idea pretenciosa de ser iguales a nosotros mismos, alardeando de saber exactamente quienes somos. Desde su origen, el psicoanálisis se valió de la infancia, aquella práctica del acontecimiento que los adultos no deberían olvidar. En esta, el “error” no existe como concepto, pero sí el equívoco en la que se explora la vida tal como si la premisa fuera “desconócete a ti mismo”: sin tanto miedo y sin inhibición. 

LA ESPERANZA ANALÍTICA

La esperanza del analista (en lo personal)no es la que puede tener por cada uno de sus pacientes, según lo que éstos le susciten contratransferencialmente. Eso es precisamente lo que hay que tener “controlado”. El lugar del analista no es un lugar desierto, no es el ejercicio de un desalmado ni surge (como un nuevo discurso en la cultura) del cálculo de un hombre parecido a una máquina. El psicoanálisis inaugura un lugar para el espíritu (el alma) que no es el de la religión, por lo que abre una nueva esperanza de la recuperación del “espíritu corporal”: un retorno, un re-hallazgo, una reaparición. La alienación del mercantilismo capitalista tiende a una generación de desalmados. Hombres máquina que proliferan y se multiplican bajo el mandato de la productividad, la eficiencia, el bajo costo y la acumulación; tienen el cuerpo ágil y sin estorbos de salud para el funcionamiento “aceitado” de la ensambladora del sistema.

Freud revolvió en el basurero mercantilista para recuperar una corporeidad con el alma devastada, expropiada, seca y agotada. Descubrió que los síntomas son una forma de la resistencia a desalmarse y tomó de Schreber un testimonio que instituyó la palabra “almicidio” para dar cuenta de esa situación.

Freud revolvió en el basurero mercantilista para recuperar una corporeidad con el alma devastada, expropiada, seca y agotada. Descubrió que los síntomas son una forma de la resistencia a desalmarse y tomó de Schreber un testimonio que instituyó la palabra “almicidio” para dar cuenta de esa situación. Va por ahí. ¿Dónde? Por donde no nos esperan nuestros engaños. De ahí emergerá, respirando por sus agujeros, los deseos que harán de nosotros un objeto, como dice Alexandra Kohan: “totalmente objeto”; es decir, entregado a su función de amado. Por ahí, logrará pasar un deseo ya desprendido de la demanda que hará del analista el potencial culpable perfecto. Lo hará más y más en la medida en que (atenazado a la demanda) se convierta en tapón, cubre agujeros, benefactor y hasta perdonavidas; hasta que finalmente solo le cabrá la pena y la lástima del otro. Por eso, el lugar del analista conserva la esperanza de no ser sujeto a los fantasmas de quien lo opere por el acto que lo define: la lectura. La interpretación será siempre del analizante. Como en la música, el analista es el instrumento, el intérprete es el analizante y la partitura (lo que se lee) acontece “entre dos”, como el amor.

NO PASA NADA, NADIE PASA

Para el psicoanálisis, su escucha específica (la del analista) “da pase” al deseo. Si se “sacrifica” la escucha del deseo inconsciente (que no equivale al “querer”) para imponer la salvedad del bien “que te conviene”, no hay sujeto del deseo. Como el acontecimiento es el sujeto, si no hay sujeto, no hay acontecimiento (definido como agujero en el saber); entonces, no hay “desconócete a ti mismo”, ni esperanza del analista ni de análisis. Lo que hay y habrá será previsibilidad, pesadez, furia de aniquilación, rivalidad, competencia, tensión y organicidad del cuerpo o “lenguaje de órgano” (lo que hoy se aproxima bastante a la extendidísima sintomatología hipocondríaca). En definitiva, hay un individuo y tiene una lógica de pretenderse a sí mismo “autosuficiente”. El individuo busca la certeza y la consistencia del signo, pero el sujeto acontece en relación con la inconsistencia del objeto y la des-identidad.  No busca la desesperante o desesperada confirmación de que el objeto de amor es “él” o “ella”. No es él o ella, sino que en él o en ella hay una nada o una modulación de la nada, que alguien ama y que el amado no puede representar de forma absoluta. En definitiva, “no te la creas, por favor”.

Como el acontecimiento es el sujeto, si no hay sujeto, no hay acontecimiento (definido como agujero en el saber); entonces, no hay “desconócete a ti mismo”, ni esperanza del analista ni de análisis.

Si el analista se aferra a los signos que representan a un amor que no es tal y pretende coincidir con el deseo que vehiculiza, entonces no habrá pase; habrá coagulación de la transferencia en su persona y una lucha ciega por zafar de los enredos en los que se metió por “creído”. 

HALLAZGO 

Todo análisis finalmente da prueba de que no hay teoría del amor y que aquello por lo que se ha atravesado es un agujero en el saber; es por allí por donde el deseo tuvo su “pase”. Ese “pase” no es una autorización jerárquica o una investidura institucional, es el testimonio de un riesgo tomado reiteradamente: el de encontrarse con un “fuera de cálculo”, una diferencia insalvable, un salto irreversible, en suma: el hallazgo de un desconocido. 

Todo análisis finalmente da prueba de que no hay teoría del amor y que aquello por lo que se ha atravesado es un agujero en el saber; es por allí por donde el deseo tuvo su “pase”.

El individuo dejó de sufrir cuando dejó de creer que el “yo” es la causa, que esa causa es representable y, también, cuando dejó de preguntar como un lamento: ¿qué tengo que hacer, mi dios? ¿qué hice (o no) para merecer esto?

JOSE LUIS JURESA

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