La caricia de un santo.

1

Lloré por alguien que no vi jugar. Lloré desconsoladamente otra vez, pero ahora temblando con el gol que ni cerca estuve de vivenciar. Lloré en el momento que más distanciado me encuentro del fútbol. Lloré por un tipo al que ni siquiera vi retirarse, ni crecí con él, ni lo vi en la plenitud de su juego. Lloré con audios de amigos, lloré con Mariano Iudica: vi su entrevista completa a Rocío Oliva y lloré.

2

El legado se disputa como una ofrenda al futuro. “Nuestro laburo es enseñarles a las nuevas generaciones a amar a este tipo”. Mi último comentario faveado a un amigo. No lo vi jugar, pero ahora soy responsable de cuidar algo: ¿estatua, río, calle o legado? Algo es seguro: qué bien lo cuidaron aquellxs que sí lo vieron. Gracias por eso. En parte lloro por su culpa. Lloré por el mito que no sólo representa, sino que inauguró la épica argentina del Siglo XX. Nos arrancó de la mula y la espada pero bajo el mismo espíritu. Evidentemente, somos un pueblo que desea caudillaje, y Diego calzó bárbaro. Más oligarquía nos azota, más caudillos santificados anhelamos. Papá Perón y Mamá Evita acobijaron al pueblo herido que ya no encontraba en quién depositarse. Diego fue líder y fue caudillo. Messi es líder pero no caudillo. ¿Llorarán más con Messi quienes no lo vieron jugar? 

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El prócer no transa y el caudillo encarna la fantasía. Hay guerrerxs que en momentos concretos no se dejaron seducir y ahora se alzan en caballos de bronce. Veo una foto. Está en un yate fumando un habano mientras se ve en primer plano su tatuaje del Che Guevara. No veo contradicción. La contradicción es nuestra, que le pedimos austeridad y corrección a nuestros líderes como si todos fueran Roger Federer. El reclamo de pulcritud se pudre de sólo avivarlo, pero nos encanta amputarle el derroche a la épica. Excepto cuando es consumo irónico; léase el Comandante Fort. Pero Diego fue nuestro mito villero, no un ídolo sacrificial cristiano. Diego no vino a curar tus pecados. Tampoco jugó al fútbol para que te olvides por un rato de tus problemas, de que estás rascando la olla por la hiperinflación. Se lo venera porque encarnó nuestro deseo. Diego nos hizo felices. Ejecutó la revancha y comandó un fusible redondo con el que pintaba ingleses en el piso.

4

No separo la obra del artista porque sin artista no hay obra. La mera separación –como contracara de la condena moral al artista y la cancelación de su obra– sigue pedaleando en la misma lógica. La separación queda al servicio de la condena, convalida la retórica intentando esquivarla. Admira la obra y amputa al artista, evita problemas, no entra en “contradicciones”. Pero, por otro lado, enfatiza la trascendencia de la obra. Todo artista sabe que desde que agarró el pincel la obra ya migró, lo trascendió. Trascendió el puño apretado que nos dio revancha cuatro años después. Trascendió su época. Alguien que hablaba de sí mismo en tercera persona tal vez ya palpaba la dimensión de su leyenda. Percibía que se le escapaba. Él mismo se agradecía el fútbol y al mismo tiempo se reclamaba la falopa: “sabés el Maradona que nos perdimos”, Diego dixit. Quién pudiera tener un ídolo arrepentido.

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Es la imperiosa pregunta por la idolatría la que me hace cortocircuito. Donna Haraway, filósofa yankee, leyenda tentacular que todavía respira, deja muchas pistas al respecto. Somos relatos, dice, no podemos vivir sin relatos, “son más generosos y más espaciosos que las ideologías”, mucho más que los ídolos. La idealización fija, redentora, expiatoria es inevitable; voltear estatuas, bajar cuadros, modificar billetes, crear feriados y cambiarles el nombre, también. La discusión de antaño sobre Diego, que se recrudeció el 25 de noviembre, fue un indicio de la permeabilidad. Diego es un mito nacional porque da cuenta. Sigue dando cuenta.

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Su exposición –con su permiso y a su pesar– la pagamos caro todxs. Sostenerla era un lujo. Son elocuentes sus palabras cuando se murió Sandro: “Le quisieron entrar como me entraron a mí, pero él se fue íntegro (…) en ese paredón de Banfield, hasta ahí llegaron. Él no los dejaba pasar e hizo bien”. Diego Armando Maradona elogiaba la reserva de un gitano popular. Él nunca se bajó del caballo, por propia voluntad y porque no lo dejamos. Un tipo muy expuesto necesita un batallón de prevención. Cuentos de Sacheri, epígrafes de Fontanarrosa, la contundencia de Dolina, las páginas más manoseadas de Galeano, todo para sostener ¿un relato o un hombre? “Mi historia sos vos loco. Como si fueras mi hermano. Cada vez que tuviste un drama siempre te salí a defender como si fueras mi hermano. Y no te conozco, no te vi nunca”, entre lágrimas, el llamado de un oyente que se expone con Diego en la radio: “Es hermoso lo que me decís papi, te quiero mucho”. 

6

El gran mito villero. Si Diego no fue reapropiado por un discurso meritócrata, fue gracias a él. Rompió un techo de cristal con una pelota. Y no se olvidó nunca de dónde venía. Jugó por la vieja, vivió para su barrio. Hizo de su familia su patria. Resistió cualquier embate acudiendo al apoyo del pueblo. La humillación a la prensa era festejada, era su forma de reinventarse, de no morirse y de seguir revelando su lugar. Diego no cedía. Y porque no cedía no estaba solo. “De los primeros villeros al que no lograron hacerle agachar la cabeza”, escribe César Gonzalez.

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La mística no se discute ni se negocia. Primer partido como director técnico de Gimnasia y Esgrima de la Plata: Diego Armando Maradona decidió dirigir desde un trono de felpa y un gorro que tenía la bandera de Venezuela. Momento indicado, lugar indicado, expresión indicada. Una vez que la mística se adhiere no se va nunca. Y pareciera que nada sobra. Que no importa qué haga. Cada época cuenta con su dosis de mística en los gestos menos previsibles. No se nace con mística, la mística se hace, pero nadie sabe cómo. 

8

Queda un solo mito vivo: CFK. “La mina te fascina con la palabra, hay que decirlo”, comenta una antiperonista amiga. Los mitos populares son santos que no se explican. Incluso los ritos de iniciación se nos pasan de largo. Un día la conversión ya fue, ya está y ya sentimos la épica en cada paso que dan. “Cuando llegué a Boca tuve que hacer un puente entre la irracionalidad y la racionalidad, tuve que hacer algo durísimo, que fue sacar a Diego Maradona de Boca, y ahí se construyó. Ahora el peronismo está en el mismo desafío”.  Ante el susto de que Macri se salga mucho más del libreto, Joaquín Morales Solá repregunta: ¿la está comparando a Cristina con Maradona? “En la irracionalidad”, responde el ex presidente. 

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Lo popular. En mi carrera tenemos un seminario dedicado exclusivamente a estudiar durante 4 meses la palabra popular. Recuerdo un texto de Guillermo Sunkel que estudia los modos de lectura que tienen los “sectores populares”. Las entrevistas que realizaba revelaban el grado de verosimilitud que se le daba a la crudeza, a la palabra descarnada y a las imágenes explícitas. Si lo dice así, directo, no miente. Otros diarios, decían los entrevistados, tienen mucha palabrería, parece que te engañan. Diego nunca dejó de cantar la posta. Vivía su vida sin leer libretos. Cuando se equivocaba, maniobraba y lo confesaba. Pero su grado de verdad nunca estuvo en juego. Parecía que Diego era (cómo me cuesta escribir en pretérito) incapaz de mentir. 

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Dios ha muerto. Endiosarlo una semana no me parece un mal plan, sólo me asusta un poco. Diego me arrastra a no cuestionar nada. A vivir su ritual y a disfrutarlo. Lo hago. Lo hago mientras pienso otras formas de hacer relatos. Quizás precisemos de otras referencias. ¿Cómo convivirían los rostros de Diana Sacayán y Diego Maradona en los billetes? ¿Cómo cuidar su legado sin volverlo estereotipo, sin anular su complejidad? ¿Cómo desidealizarlo para seguir amándolo? ¿Qué decirles a las generaciones venideras? ¿Cómo hacer para parar de llorar? 

Gracias Diego. Te vamos a extrañar. 

Tomi Huberman
Estudiante de Comunicación. Actor. Lector empedernido

El abrazo de Cristina y La Claudia en Casa Rosada

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