Subí que te llevo.

Mucho se ha hablado, escrito y mostrado respecto de la pandemia. Por momentos, el cúmulo de información abarca desde los análisis más rigurosos encarados por la comunidad médica y científica hasta los abanderados de la lógica del “hablemos sin saber” que abandonan por completo el sentido común. Mi intención no es seguir echando más leña al fuego, tal vez por hartazgo, tal vez por desconocimiento o, aproximándome fielmente a mis intenciones para con quienes lean esto, para pensar en lo que viene, en aquello que no distinguimos si está lejos o cerca, pero que, definitivamente, llegó para quedarse. El mundo cambió por completo y es un proceso que continúa. Al igual que nuestras formas de relacionarnos con lxs otrxs, de trabajar o de interactuar con el medio ambiente, la transformación también sacudió la forma en que decidimos entretenernos. Plataformas de streaming, juegos de mesa o a través de pantallas, recitales por YouTube, los medios de comunicación tradicionales y los portales digitales de noticias se han constituido en parte esencial de nuestro tiempo de trabajo y de ocio. Y así como aparece lo nuevo, también surgen los siempre presentes “clásicos”. En este caso, se trata de un clásico añorado por unxs pero poco frecuentado por otrxs: el fenómeno de los autocines. Como un fundamento no sólo para plantear una posibilidad laboral para quienes se dedican a la cultura y el entretenimiento y, a su vez, una alternativa segura para los grupos familiares o convivientes que buscan diversión fuera de sus casas, los autocines se han consolidado como el soporte de otras formas de espectáculo. No sólo hay lugar para las películas sino, también, para las obras teatrales y los recitales en vivo.

Como un fundamento no sólo para plantear una posibilidad laboral para quienes se dedican a la cultura y el entretenimiento y, a su vez, una alternativa segura para los grupos familiares o convivientes que buscan diversión fuera de sus casas, los autocines se han consolidado como el soporte de otras formas de espectáculo

¿Cuál es el origen de esta atracción que no es nueva pero que siempre sorprende? ¿Cómo fue su llegada a la Argentina? ¿De qué modo se reinventa y se convierte en una opción más para la diversión y, también, el compartir con otrxs? Espero poder responder a estas y otras tantas preguntas así como incentivar la curiosidad de los lectores para una visita (o revisita) de este espacio que siempre nos saca una sonrisa.

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Nacido en Nueva Jersey un 25 de Febrero de 1900, cinco años después de la primera proyección cinematográfica pública de los hermanos Lumière, Richard Hollingshead parecía ser alguien completamente alejado de aquellos pioneros que comenzaron a experimentar y potenciar las posibilidades que ofrecían las imágenes en movimiento, no sólo en cuanto a lo técnico sino, también, en cuanto a sus capacidades narrativas. Durante su tercera década de vida, Richard se encontraba trabajando como gerente de ventas en la empresa de su padre, dedicada a la fabricación de autopartes. 

Richard Hollingshead

Según algunas fuentes, la madre de Richard tenía inconvenientes al momento de sentarse en una butaca de cine, dado que se trataba de una mujer muy corpulenta. Fue en ese momento en que con su auto, una cámara Kodak del año 1928 y una lona sujetada por dos árboles, Richard buscaba ponerle fin al sufrimiento de su madre sin darse cuenta, hasta el momento de ver en acción el resultado final, de la relevancia que esos artilugios artesanales iban a significar en el universo del cine. El 16 de Mayo de 1933 nacía, oficialmente y bajo el nombre de Drive-In Theater, el autocine. En menos de un mes, la masividad de lxs espectadorxs se había apoderado, por completo, del patio de la casa de Hollingshead, donde la logística desplegada para el ingreso y la ubicación de los autos posibilitó el albergue de alrededor de seiscientos vehículos por función con una tarifa de veinticincos centavos de dólar por auto.

Aquel rudimentario experimento de Richard Hollingshead comenzó a sofisticarse y ampliarse en gran escala, para llegar a la década del sesenta con más de cuatro mil autocines en todo el territorio de los Estados Unidos. El éxito estaba vinculado con un repliegue de los norteamericanos al ámbito familiar y el aumento de la tasa demográfica, en el contexto post Segunda Guerra Mundial, lo cual fomentó la creación y realización masiva de actividades familiares. Sin embargo, así como fue rápida la expansión, también lo fue su entrada en decadencia. Los negocios inmobiliarios en zonas suburbanas norteamericanas avanzaron sobre los terrenos donde se habían instalado los predios para ver películas, llevando a los autocines a su inevitable extinción.

Aquel rudimentario experimento de Richard Hollingshead comenzó a sofisticarse y ampliarse en gran escala, para llegar a la década del sesenta con más de cuatro mil autocines en todo el territorio de los Estados Unidos.

Drive in Theatre

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Paradójicamente, durante los años sesenta, mientras el autocine contaba con fecha de vencimiento en los Estados Unidos, en la Argentina empezaba a dar sus primeros pasos. Al abordar ese período, resulta más que asombroso observar la diversidad de manifestaciones culturales que convivían y que, más tarde, fueron influyentes o marcaron por completo el rumbo de la mayoría de las expresiones y formas de experimentar la cultura y el entretenimiento.

En Buenos Aires llegaron a funcionar cuatro autocines de manera simultánea: el de la Ribera, en la Ciudad Deportiva de la Boca; el Panamericano, en Panamericana y Pelliza; el de la terraza del supermercado Todo, en Empedrado y Artigas, Villa del Parque; y el Buenos Aires, en General Paz y Constituyentes. Este último, que funcionó en el predio donde hoy está Tecnópolis, permaneció activo hasta la década del ochenta. En la entrada del predio, lxs espectadorxs se encontraban con un Ford Falcon rojo de costado, vacío, solo el esqueleto de la carrocería como forma de bienvenida. Luego se dirigían al espacio donde los autos se ubicaban para ver las películas, el cual estaba acondicionado para garantizar la visión del público, mediante un leve declive desde la entrada hacia la pantalla formaba una línea descendente, una especie de barranca. De un lado, la sala de transmisión con dos proyectores importados de Italia y un reflector de cinco mil watts. Enfrente, colina abajo, la pantalla de chapa sostenida por una estructura de hierro.

Por suerte, han quedado los testimonios de Jaime Picera, último operador cinematográfico del Autocine Buenos Aires que fue entrevistado por la revista Para Ti, hace unos años atrás. Desde los inconvenientes técnicos con los que debía lidiar durante las funciones hasta los mil y un recursos de quienes ingresaban sin pagar entrada. Obviamente, no se pueden omitir aquellos recuerdos que referían a los autocines como una extensión de Villa Cariño, donde lxs espectadorxs aprovechaban el clima y la privacidad que otorgaban los autos para empañar los vidrios y divertirse al ritmo del amor, con el cine como fondo. Las anécdotas son muchas y pintan una época donde la experiencia compartida era moneda corriente. 

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La dictadura militar puso fin a gran parte de los autocines, con excepción del ya mencionado Autocine Buenos Aires que perduró hasta los años ochenta. En los últimos diez años, hemos asistido a un tímido renacer de los autocines que, por lo general, ha tenido sus manifestaciones más visibles en el verano porteño, más específicamente en la zona del Rosedal. 

Autocine en el Rosedal

El actual contexto de limitación de actividades culturales y de entretenimiento en espacios cerrados ha permitido el retorno de los autocines en muchos más lugares. Y no sólo limitando su oferta a las películas sino, también, en espectáculos teatrales y recitales. Pareciera ser como que lo importante no está en lo que sucede arriba del escenario, el verdadero protagonismo está en lxs espectadorxs. Para ellxs no se trata de un viaje más, sino de recuperar y revalorizar la experiencia de compartir con otrxs y, de esa forma, ser parte de algo único que permite ir más allá de nuestra burbuja. Un fuerte deseo es, para mí, que los autocines no se apaguen nunca y que continúen hospedando emociones, experiencias y, sobretodo, más amor por favor. 

Por Lautaro Heger
Licenciado en Artes (UBA)

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