Derribar la pared

Nunca hay momentos ideales, pero dado el contexto que estamos viviendo, donde las susceptibilidades están a flor de piel y el sistema en el que vivimos es cada vez más frágil, hoy propongo desarmar el ladrillo, derribar una pared. ¿Qué es ser Masculino o, como dicen, ser Macho?

Como todo niñe con padres que laburaban 8 horas o más por día, mi cuidado estaba a cargo mis abueles. Recuerdo pequeñas charlas con mi abuelo en su jardín gigantesco y vagamente su voz que me decía que a las mujeres de la familia había que protegerlas como si fueran rosas. Esta protección me hacía resonar una idea de inferioridad que yo no entendía, ¿cómo iba a protegerlas cuando yo no podía protegerme a mí? Cuando eran ellas las que me cocinaban cuando tenía hambre, las que me bañaban cuando estaba sucio, las que me cuidaban como si fuera lo más preciado que tenían en el mundo.

En el seno familiar es donde comienzan esos primeros mandatos claros de lo que debe o no debe hacer un chico para ser masculino: “tenés que proteger a las mujeres, sos hombre”, “tenes que ser fuerte, sos hombre”,“no llores, sos hombre”. Esas frases siguen siendo bastante comunes en el entorno de los pibes, y el único argumento que hay ante el por qué de un niño siempre es “sos hombre”. Ese niño, hablando desde mi experiencia, toma esta respuesta como un discurso concreto pero vacío, y así comienza un derrotero de preguntas internas que uno va guardando en el cajón de recuerdos y sabe que nunca serán contestadas. Pero el mensaje siempre estará presente para que uno se diga a sí mismo: ser hombre es esto, y si pensás otra cosa, hay algo mal.

Pero el mensaje siempre estará presente para que uno se diga a sí mismo: ser hombre es esto, y si pensás otra cosa, hay algo mal.

Después comienza el proceso de conocer a otros chicos, el jardín, la escuela, la secundaria, el club, la colonia. En estos ámbitos es donde lo que pasa en el seno familiar se amplifica radicalmente, ser aceptado en grupos de hombres se vuelve una batalla contra tu yo interno. Tengo recuerdos sellados a fuego en la memoria, donde esto se me presentó frente a frente. En la escuela primaria, donde mi energía estaba por las nubes, recibí golpes fuertes y certeros directos al corazón. Dos marcas viven en mi cabeza; la primera, en una disputa entre chicas y chicos de mi curso que trataba de definir quiénes eran mejores. Yo fui acorralado por ambos bandos sobre una pared. La punta de lanza fue: ¿a quién querés más? Y contesté: “no puedo elegir a ninguno de los dos, amo a mi mamá y a mi papá”. Nadie esperaba esa respuesta: pensar a mis padres más allá de su género y retratarles como personas iguales fue no defender a la hombría, un costo que pagué con creces. 

La segunda proviene de una experiencia con un maestro, que aplicó su jerarquía agitando la estructura de mi cabeza. Un día llegué a la escuela con la camiseta del club de mis amores debajo del guardapolvo, pero el barrio de mi colegio era de nuestro eterno rival. Me cayó la ficha muy tarde de que ese día tenía educación física: el guardapolvo tenía que volar y había que desplegar parte de mi pertenencia en un espacio hostil. Le rogué a mi maestro si podía usarlo para protegerme y me dijo “no, aguantatela”. Fui a la clase y, tal como yo temía, después que terminó  el baño de mi escuela se convirtió en un escenario de terror con un aire confuso y pesado, ya que sufrí la apretada de compañeros.Tuve mucho miedo y me aguanté, como me dijeron, dejando mis lágrimas en la almohada esa noche. Así es como la cultura del aguante se instauró en mí como un golpe al mentón de un boxeador.

Por otro lado, los deportes son parte esencial en la vida de los niños. Desde chico mamé fútbol y jugarlo era mi objetivo, así que me sume a un club; pero como todos sabemos, el machismo es muy explícito en este deporte. Recuerdo muy bien un sábado por la mañana, jugábamos contra un equipo donde había una chica. Ninguno la quería tocar por temor a lastimarla, porque eso podíamos hacer, romperla, no había cupo para su fragilidad en este deporte de hombres. Fue la primera vez que escuché a mi profesor decir “no nos puede ganar una chica”, lastimando nuestro orgullo y poniendo en palabras lo que todos pensábamos. 

Todas estas experiencias hacen que el cajón de preguntas se vuelva más grande, que encierre pedazos que pasan a la intimidad para moldear tu personalidad y así poder ser aceptado, ya que llorar frente un grupo de hombres te vuelve débil, tener amistad con mujeres es tener sensibilidad, algo que el macho no debe mostrar, jugar al voley o que te guste bailar es de mujer, no de hombre.Todo esto construye la vida de un niño o adolescente del género masculino, mostrándonos que hay sentimientos, actividades o decisiones que, si querés ser parte de la masculinidad, están restringidas.

¿Qué pasa cuando un niño o adolescente, varón cis, no acepta estos mandamientos o estas reglas que nos impone el sistema cultural de la hombría?

Pero, ¿qué pasa cuando un niño o adolescente, varón cis, no acepta estos mandamientos o estas reglas que nos impone el sistema cultural de la hombría? Seguramente le pase un poco como a mí, va a estar entre la espada y la pared, entre la necesidad social de ser aceptado o quedarse aislado. Estar en esa situación no se lo deseo a nadie, porque pertenecer cuesta, perder la sensibilidad se paga con silencio y se paga con el cuerpo.

Romper ese cerco que te construyó como persona es difícil, pero más complicado es guardar tantas cosas en el baúl de “sos hombre”, porque ese vacío que sentís algunas veces es generado por respuestas que te dejaron inquieto y nunca pudiste cuestionar, porque no encontraste dentro tuyo la confianza necesaria.

En la adolescencia, donde las inquietudes están a flor de piel, tengo el recuerdo de una de esas tantas noches de verano donde nos juntábamos con amigos, donde uno de ellos, tan suelto de cuerpo alardeaba, como buen macho alfa, de sus conquistas rutinarias. En ese momento él también andaba en pareja y replicaba como una campana que su novia le estaba quemando la cabeza y lo controlaba como si fuese un presidiario. Y siempre terminaba con un “está más loca, la tendrían que internar”. Esto generaba aplausos generalizados de parte de nosotros, los espectadores de su función. Hasta el dia de hoy esas actitudes me persiguen como perros de presa, ya que en ese momento cerré mi boca con candado para no decir lo que pensaba, porque perderlos me generaría un costo que no quería pagar.

Hablarlo hace bien, pero lograr hablarlo con seriedad es otro tema, porque nuestra esfera masculina es dura de quebrar, y de romper todavía más.

¿Y ahora qué hacemos con los que son amigos, los que queremos? ¿Qué hacemos para mostrarles que están equivocados, que todas las caracterizaciones que nos formaron desde pibes, dentro de nuestra familia y del sistema social donde vivimos, dejan de lado gran parte del ser hombre?. Comunicar tu incomodidad suele ser incómodo para uno mismo, pero cuando lo lográs, el aire se pone pesado y parece que cayó un elefante arriba de todo el grupo. Para desligarse de esto, se suele evitar el tema con un chiste, o te boludean, devolviendo el tema al cajón del que nunca debió salir, donde el silencio es tu único compañero. Hablarlo hace bien, pero lograr hablarlo con seriedad es otro tema, porque nuestra esfera masculina es dura de quebrar, y de romper todavía más.

Pero no tenemos que callarnos, porque si lo hacés, le estás dando al argumento “sos hombre” mayor valor que a todas las emociones que vas sintiendo y te guardás para ser aceptado. Por eso, discutamos y rompamos esa idea, que parece simple, pero es una bestia que durante nuestra vida se nos va imponiendo sin ser discutida, cuestionada, pensada. Me queda resonando una pregunta: ¿por qué la masculinidad nos reprime emocionalmente y nos muestra que callarse cuando ves a un amigo mandándose cagadas está bien, si ella misma es la que no tolera los cagones y el silencio?

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