¿A qué baño voy?

Me pregunto si hay personas que se preguntan lo mismo a diario. Me pregunto si eso que pasó tanto tiempo en forma de pensamientos por mi cabeza y en forma de experiencias por mi cuerpo, es una realidad fáctica y a la vez aplastante la cual ya no podemos ignorar.

Que no haya baños para todes, es decir, que haya personas excluidas e ignoradas a la hora de pensar en el diseño y en el habitar baños públicos, es una realidad fáctica como lo es la arquitectura. Expresamente, la arquitectura es eso que no podemos dejar de ver, nosotros aparte de habitar nuestro cuerpo, habitamos arquitectura. Aplastante porque es la forma más evidente dentro del plano material donde las disidencias seguimos excluides hasta para necesidades básicas como mear o cagar. Es en el baño donde se observan las fronteras físicas que la arquitectura impone, descargando sobre el territorio una vez más al patriarcado y a todo lo que excluya diversidades. 

Es en el baño donde se observan las fronteras físicas que la arquitectura impone, descargando sobre el territorio una vez más al patriarcado y a todo lo que excluya diversidades. 

Hablamos de hábitat no solo desde la construcción física, sino como el escenario de relaciones sociales, políticas y culturales, allí la organización espacial no es neutral y está relacionada directamente con el género. Por ejemplo, en las viviendas se redefine el orden doméstico; la cocina siempre fue “el espacio de la mujer” y estaba ligado a las actividades de cuidado en el hogar. 

De igual manera, los baños públicos reproducen y plasman la segmentación binaria que termina ocupando cada metro cuadrado que nos rodea, proponiendo nuevamente al binarismo sexual como técnica de poder. Es por ello que discutir los espacios que reproducen la distinción de género y naturalizan los binarismos, significa dar batalla en tanto la acreditación de los derechos de un colectivo que deconstruye el paradigma binario. Esta batalla cultural en pos de la trasformación social se podrá lograr desnaturalizando pautas cotidianas y establecidas para poder desarticular formas de desigualdad que aún persisten.

De igual manera, los baños públicos reproducen y plasman la segmentación binaria que termina ocupando cada metro cuadrado que nos rodea, proponiendo nuevamente al binarismo sexual como técnica de poder.

Los baños de espacios públicos, tanto de entidades educativas, gubernamentales, no gubernamentales, espacios culturales o comerciales, se convierten en policías del género. Lo podemos ver en las puertas con el símbolo de hombre/mujer, en general, acompañado por un color o accesorio que “representa” el código femenino/masculino. 

Por otro lado, en el baño destinado a caballeros, es en el sector para orinar que encontramos el artefacto mingitorio donde el hombre permanece en posición erecta y expuesto a la mirada de otres. El mismo resulta radicalmente separado del espacio para defecar. Es aquí, donde se detona la impetuosa necesidad de separar el falo del ano, y donde se ponen en práctica los códigos de masculinidad que entran en el juego, tan accesible, del patriarcado. Así como el baño de mujer reproduce la vigilancia de género binario, el de hombres es el espejo del espacio urbano donde la posición erecta define el dominio del espacio público como masculino, dejando el privado como femenino.

¿Alguna vez te miraron raro?, ¿te sentiste incomode o interpelade por entrar al baño?

Los cuerpos disidentes cada vez que entramos a un baño, sea cual sea, nos sentimos expuestes a la mirada de les inspectores del género.

Los cuerpos disidentes cada vez que entramos a un baño, sea cual sea, nos sentimos expuestes a la mirada de les inspectores del género.

¿Cuántas veces te dijeron: “¡Ey! Te confundiste de baño”? 

O simplemente tuvieron el derecho de mirarte 5 minutos petrificades hasta “detectar” tu género.

Allí donde “la arquitectura parece ponerse al servicio de las necesidades naturales más básicas, como comer, dormir, cagar, mear.”(Paul B. Preciado) se demuestra una vez más la incapacidad de realmente servir a todas las personas.

En esta arquitectura política, regida por la diferencia sexual –determinada por la genitalidad y la ciencia– los cuerpos disidentes quedamos situados en los márgenes. Somos los cuerpos no privilegiados los que lidiamos cotidianamente con situaciones y asunciones –de género, de orientación sexual, étc–. Esta constante dinámica entre cuerpos privilegiados y no privilegiados altera las experiencias y percepciones de los espacios de interacción social. Éstos se convierten en territorios en disputa, donde todos los cuerpos y existencias son llamados a performar mediante la negociación de su subjetividad. 

Por ello el tema sobre baños públicos binarios nos permite problematizar la segregación por género/sexo y el desafío está en mucho más que pensar cómo serían. Implica debatir acerca de la significación política y social de los genitales y en consecuencia desmitificar las definiciones socialmente atribuidas a ser hombre y/o mujer.

Creo que estamos en una etapa en la cual es fundamental la instrumentación de políticas públicas que puedan acompañar las leyes que se llevaron a cabo en los últimos años, tales como: Ley ESI 26.150 ESI (2006), Ley 26485/2009 Para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia (2009), Ley 26.618  de Matrimonio Igualitario (2010), Ley 26.743 de Identidad de Género (2012) y actualmente el decreto presentado por el presidente Alberto Fernández sobre Cupo Laboral Travesti Trans. Esta politización de la sexualidad, del género y de las disidencias pone en el centro de la arena política cuáles son los modelos conocidos tradicionalmente y cuales los deseables para la integración social y jurídica de lo diverso. 

¿Cuál es la responsabilidad de las prácticas y herramientas de la arquitectura y el urbanismo?

Pensar en ciudades y arquitectura en relación a la diversidad de existencias que la habitan, sería un potencial transformador para alcanzar justicia social y equidad de derechos. Garantizar el Derecho a la Ciudad y al Hábitat no solo representa igualdad social sino también igualdad ante las leyes. 

Pensar en ciudades y arquitectura en relación a la diversidad de existencias que la habitan, sería un potencial transformador para alcanzar justicia social y equidad de derechos.

Pensar en baños diseñados desde una mirada interseccional, es decir, desde las múltiples desigualdades de género que atraviesan las personas, sobre todo las disidencias. Implementar esta instrumentación como herramienta de transición escalonada y que baños inclusivos en primera instancia convivan con los segmentados. De esta forma generar una transformación progresiva, donde el cambio social sea gradual y sirva para amortiguar y evitar resistencias radicales y debates polarizados. 

Hablar de baños inclusivos implica abordar y cuidar la seguridad y necesidades de las personas, ya que, se presentan temores, (en torno a) perder una privacidad históricamente definida, miedos sobre la transgresión social de fronteras preestablecidas y sobre todo, del fin del reconocimiento de la diferencia sexual. Se refuerzan profundamente ideas sobre vulnerabilidad, privacidad, seguridad e integridad de cuerpos, es por ello que hoy hablar de un solo baño compartido sería contraproducente y una mala aplicación que podría desencadenar una serie de sucesos como por ejemplo discriminación, violencia o de mayor gravedad como crímenes de odios, o delitos contra la integridad sexual.

¿Cómo podrían materializarse los baños inclusivos?

El elemento mingitorio sería retirado de los baños, tanto en el inclusivo como los segmentados. En su interior estarían divididos por un tabique en forma de isla que contendría de un lado el sector de lavatorios y del otro los gabinetes con inodoros, uno de ellos deberá cumplir con la normativa que exige las adecuaciones que cuiden la accesibilidad de personas con diversidad funcional.

Los cambiadores para bebés se colocarían en todos los baños estimulando la responsabilidad igualitaria sobre el cuidado del niñes. En el caso de infancias de 6, 7 años u otras personas que necesitan de cuidadores como adultes mayores, o personas con diversidad funcional, les cuidadores podrían acompañar independientemente de su género. La señalética del baño pasaría a ser un elemento preponderante para la comunicación y sociabilización, por ejemplo mensajes de concientización o información útil sobre salud sexual, etc. 

Los baños inclusivos evitan algunos de los problemas de integración y vulneración de derechos de personas trans, la ausencia de baños pensados para incluir al colectivo refuerza un mensaje social que violenta a determinadas identidades, estableciendo que no tenemos derecho a estar, a existir.

Los baños inclusivos evitan algunos de los problemas de integración y vulneración de derechos de personas trans, la ausencia de baños pensados para incluir al colectivo refuerza un mensaje social que violenta a determinadas identidades, estableciendo que no tenemos derecho a estar, a existir. Situación que paradójicamente se alinea con lo que en los años 70 era denunciado por el feminismo debido a las desigualdades a las que estaban expuestas las mujeres cisgenero. La intención no es crear un tercer baño exclusivo para personas trans donde nuevamente estén expuestas y obligades a visibilizarse a la fuerza, sino entender que se trata de un cambio de paradigma a favor de los baños no segregados.

Los baños públicos son un espacio que aunque no sea el único, es relevante para lograr esa transformación que permita la democratización de la ciudad. La historia siempre deja una enseñanza y encierra una moraleja, es responsabilidad de cada une de nosotres y de forma colectiva que no se siga repitiendo la historia y hacer la diferencia.

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