El cuerpo que tengo.

Empieza el verano y los fantasmas vuelven a aparecer. Solo hace falta que suba un poco la temperatura para que me inunde esa angustia que me señala la llegada de la época que más daño me hace. ¿Cómo hago para esconderme de esas miradas que me van a juzgar? ¿Cómo hago para pasar desapercibida? Ya no llego. No puedo ajustarme a las normas que le imponen a mi cuerpo, que tiene que ser flaco y estético para los ojos del resto. Los rollos, los colgajos, las estrías, las varices, la celulitis. Esa ropa que no me puedo poner, porque cómo vas a ponerte ese short o esa pollera con esas piernas, cómo vas a usar una bikini. ¿Cómo encuentro ropa que me guste? Bah, eso si primero consigo ropa que me entre, esa eterna odisea. Comprarte algo ya no por gusto, sino por necesidad. La posibilidad de elegir, para nosotres, no existe.

El 20 de noviembre del 2019 se sancionó en nuestro país la llamada “Ley de Talles”, promulgada el 18 de diciembre del mismo año. Tenía un plazo de seis meses para ser reglamentada, pero aún hoy en Argentina conseguir ropa resulta una misión verdaderamente difícil. Si bien para algunes es más complicado que para otres, a la mayoría (flaques, gordes, bajites y altes) nos cuesta. Además, está pendiente el estudio antropométrico para crear el sistema de talles basado en las realidades de la población de nuestro territorio. ¿Qué talle sos? Y bueno…depende del país, del local, de la marca o directamente de la prenda. Y ojo, que si necesitamos un talle que apenas difiera de la norma ya somos especiales, y por eso nos premian con un recargo sobre el precio de la prenda, aunque eso sea ilegal. 

Deambulamos de un local a otro, entramos a mil probadores, y nos enfrentamos una y otra vez a una discriminación que no tiene fin, porque nuestros cuerpos molestan. Y como si fuese poca la tristeza y la decepción de saber que para les demás no merecemos ni siquiera ropa, también tenemos que lidiar con esa mirada de desaprobación de le vendedore de turno. Una mirada que se transforma según la persona, pero que nunca difiere mucho del asco, la soberbia, incluso la lástima, materializadas en frases y comentarios que duelen y que -paradójicamente- son reproducidos por personas que también están sometidas a esta cultura de estereotipos irreales y que también sufren (de distinta forma y con menos presiones sociales que nosotres) las consecuencias de las normas de belleza a las que nadie nunca llega.

Con la llegada de la pandemia, muchos de los planes y objetivos que habíamos proyectado, aunque sea de forma silenciosa, de repente quedaron totalmente anulados. Sin embargo, lo único que no cambió -de hecho, se reafirmó- fue esa presión y esa mirada sobre nuestros cuerpos: la imposibilidad de movernos de nuestras casas, de ir a un gimnasio a hacer actividad física, junto al incremento del tiempo que podíamos destinar al ocio llevó, entre otras cosas, a que muches comenzaran a cocinar y comer mucho más. Nuestros hábitos empezaron a cambiar y apareció ese miedo a que nuestros cuerpos también cambiaran. Entonces, la cuarentena establecida para cuidarnos del COVID pasó a ser un problema porque…¿qué iban a decir nuestres compañeres de trabajo o nuestres conocides cuando volviéramos con más kilos? La enfermedad dejó de ser nuestra principal preocupación, nos invadió el miedo a la gordura impuesto por nuestra propia sociedad. De un momento a otro, las redes estallaron de memes que graficaban lo que cada une se imaginaba como el fin del mundo comparándose con lo que elles veían como el apocalipsis: la imagen de una persona gorda.

Nuestros cuerpos son parte de lo que somos, nuestro peso no tiene que ser el impuesto por las normas de belleza y nunca puede ser una razón para violentar a alguien: no somos un número en la balanza, no somos un número de talle, todas las personas merecemos aceptarnos tal cual somos. Y, definitivamente, nuestros cuerpos no tienen que demostrarle nada a nadie: seguir presionando sobre ellos no es salud.

A la preocupación por no ganar kilos se respondió con violencia gordiodiante y criminalización de la comida. Los medios de comunicación aprovecharon y se llenaron de recomendaciones sobre cómo controlar la “comida emocional”, qué hacer para llegar en forma a la “nueva normalidad”, cómo no perder nuestra imagen, pero NUNCA hablaron profundamente sobre la aceptación de nuestros cuerpos, de cuidar nuestra salud mental, un desafío que hoy sigue pendiente y que, ante la salida de la cuarentena, debería tomar más importancia que nunca. Nuestros cuerpos son parte de lo que somos, nuestro peso no tiene que ser el impuesto por las normas de belleza y nunca puede ser una razón para violentar a alguien: no somos un número en la balanza, no somos un número de talle, todas las personas merecemos aceptarnos tal cual somos. Y, definitivamente, nuestros cuerpos no tienen que demostrarle nada a nadie: seguir presionando sobre ellos no es salud. 

Nacemos, crecemos y vivimos en una sociedad educada en la gordofobia y todes somos gordofóbiques, porque no importa cuántos kilos de más tengamos, reproducimos la violencia contra los cuerpos que no encajan en la norma social.

“Si sigo comiendo así no llego al verano”, porque como el verano está prohibido para les gordes, hay que tener cuidado con quien se atreva a ir a la playa a mostrar ese cuerpo con rollos. A ese hay que mirarle como si estuviese en un lugar que no le pertenece. “Ese/esa gorda de mierda” como insulto, porque decírselo a otre sirve para violentar. “Si querés conseguir pareja tenés que hacer dieta”, “Sos re linda/o de cara”, “Es un come gordas”, “Si fueses flaco/a serías hermoso/a”, porque los gordes no le podemos gustar a nadie, no importa realmente cómo seamos ni qué pensemos. Nacemos, crecemos y vivimos en una sociedad educada en la gordofobia y todes somos gordofóbiques, porque no importa cuántos kilos de más tengamos, reproducimos la violencia contra los cuerpos que no encajan en la norma social. “¿Cómo voy a ser gordofóbico si yo tengo amigues gordes?”: porque no se trata de tu incapacidad para relacionarte con personas gordas, sino de tus actos, tus comentarios, tus chistes y tus memes que, por más sutiles o automáticos que sean, muestran la gordura como algo malo, algo a lo que nadie tiene que llegar, algo que tiene que estar prohibido, que da miedo y decepciona, de lo que tenés que huir, que hay que odiar. Y, del otro lado de ese afán de no ser gorde, va a estar le gorde que debería poder aguantar tus chistes o tus insultos.

Necesitamos romper con la idea de que hay cuerpos que valen más que otros. Muches de nosotres estamos disconformes con nuestro cuerpo, es posible que alguna vez hayamos querido cambiar e incluso que hayamos desacreditado los sentimientos de alguien con respecto a sí misme sólo porque nosotres creíamos estar peor. La realidad es que no importa cómo seamos, nunca estamos totalmente conformes con nosotres mismes y buscamos en otre lo que nos gustaría ser. Y ese otre ¿está conforme? Necesitamos dejar de buscar ese cuerpo ideal que no existe, dejar de opinar sobre el cuerpo de otras personas, olvidarse de los estándares de belleza, aceptar al otre como es y dejar de señalarnos, pero les gordes también necesitamos derechos. La deconstrucción es colectiva y es de todo los cuerpos, sin embargo, sólo será real cuando se dejen de invisibilizar las voces de los cuerpos disidentes.

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