Dios nos libre

“Nuestras imágenes de Dios se contaminan fácilmente de falsos ídolos: el dios-de-ojo-vigilante que siempre nos sorprende en falta; el dios-juez que nos acusa con severidad; el-dios-que-busca-súbditos; el-dios-que-quebranta-voluntades. Nos quedan muchos residuos de una religión autoritaria que(…) nos inculca un profundo pesimismo con respecto a nosotros mismos, nos hace sentir incapaces de verdad y amor, seres impotentes e insignificantes cuya obediencia se nutre de la negación de su propio valer.” Dolores Alexaindre. Hacerse discípulos, una atracción del Padre. 2007 

Vaya soberbia la de quien cree tener en claro, desde sus percepciones humanas, una idea acabada y definitiva de lo que Dios ¿siente? ¿piensa? ¿cree? (¿aplicarán acaso esas palabras a Dios?). Justamente por eso no busco llegar a grandes conclusiones, a verdades reveladas de lo que Dios dice, ni tampoco sistematizar todo lo que se podría decir en términos de historización, de debate social en nuestros tiempos o discusiones teológicas. Intentaré hacer un primer recorrido para recoger lo que tantes venimos transitando muchas veces en la soledad y el anonimato, y poner a circular preguntas, reflexiones, ideas, para seguir aportando a esta inmensa marea verde que desde su comienzo nos fue transformando a todes les que nos fuimos adentrando en ella. También, por supuesto -y por suerte- a quienes creemos en Dios.

Si hablamos de aborto, en el cristianismo no tarda en resonar una voz que pretende homogeneizar al conjunto. Durante mucho tiempo pareció que, en este tema, solo una era la postura acogida por Dios, y que solo algunas voces (masculinas, claro) tenían derecho a enunciarla. En nuestra Iglesia aún nos encontramos en la búsqueda de que aquel lugar privilegiado, cercano y visible que Jesús dio a las mujeres se haga presente hoy; de que existan espacios desde donde podamos pensar, hablar, rezar entre pares, entre quienes no formamos parte del clero, pero nos sentimos y sabemos parte de la comunidad creyente. 

Tabú, silencio, segregación, soledad, miedo, culpa. Nunca son esos los lugares donde puede estar la verdad de la vida comunitaria. Condena a todes les que viven el tema en cuestión atravesades por otras preguntas, búsquedas, inquietudes, discernimientos. Por esos huecos que creó lo que nos fue atravesando también se entrometieron, como en todo en nuestro tiempo y gracias a tantas, las redes de los feminismos, para encontrarnos con otres y movilizarnos. Si bien está muy arraigada socialmente la idea de que la religión está basada en la culpa y el estricto cumplimiento de preceptos, lo cierto es que el centro del cristianismo es la misericordia, esto significa (qué difícil resumirlo tan cortito) que Dios no anda queriendo más o menos a las personas en función de sus virtudes o defectos, de sus aciertos o errores; más bien lo contrario: Dios es quien abraza y cuida la propia debilidad, e invita a cada quien a seguirlo en el camino de guardar el dedo acusador y ponerse al servicio de lo que les demás necesitan. En resumen, invita siempre a guardar el catolicómetro y el moralómetro.

“Hágase en mí lo que has dicho” son las palabras de María antes de quedar embarazada. El Evangelio cuenta con detalle cómo Dios manda a un ángel a consultarle si ella tenía la voluntad de engendrar a Jesús.  ¡Atenti acá! ¿Se entiende el punto? Dios, el tipo (o mina) que creó el mundo y a las personas pide el consentimiento de María para proceder a que nazca su propio hijo, que también es Dios (en otro capítulo retomamos el temita de que Dios es uno y tres, porque ya bastante lio tenemos en esta nota con el aborto y la fe). Y ella dice que sí. Y recién entonces sucede lo que viene y conocemos. La maternidad de María fue, a todas luces, deseada. En estos mismos relatos, el ángel se hace presente y lo primero que dice es “no tengas miedo”. Antes de invitar a ser parte, primero despeja el miedo y la soledad. Es difícil encontrar las palabras para decir lo que parece obvio: si Dios es misericordia, si escucha la voz y voluntad de la madre, si no quiere verla sujeta al miedo y la soledad, quizás ese mismo Dios hoy sostenga esa misma mirada hacia el conjunto de las mujeres, varones trans y todos los cuerpos con capacidad de gestar. Parece torpe recordar que de eso se trata: detrás de la mapaternidad hay personas que tienen voz propia y esperan no ser enunciadas por terceros. Dios no le quitó la palabra ni la voluntad a esa madre ni a nadie, nunca. El Dios del consentimiento se pasó toda la historia repitiendo su “no temas” y pidiendo respetuoso permiso para obrar en las vidas de las personas. 

Mujeres y lesbianas, que militan el derecho al aborto desde siempre, nos mostraron que su motor es el deseo de ese mundo mejor, el deseo de que mermen los padecimientos, de que la sociedad sea más justa. Empezar a escuchar e intentar entender de qué se trataba todo esto, por qué planteaban que el aborto legal era un paso hacia la justicia, fue un camino de fascinante aprendizaje que me fue moviendo de todo lugar de confort e ideas acabadas para que en su lugar aparezcan, sobre todas las cosas, nuevas preguntas y nuevos caminos. 

En 2018 muches transitamos la tensión de hacer pública nuestra mirada con respecto al aborto por primera vez, tras años de reflexión y oración silenciosa. También tras la palabra de tantas compañeras que dedicaron su valioso tiempo a explicar muchas cosas y pensar otras nuevas juntas, porque todo el tiempo los feminismos se reinventan tomando lo que viene. Probablemente no exista movimiento tan dinámico, humano -y, por ende, potente- como los feminismos. Mujeres y lesbianas, que militan el derecho al aborto desde siempre, nos mostraron que su motor es el deseo de ese mundo mejor, el deseo de que mermen los padecimientos, de que la sociedad sea más justa. Empezar a escuchar e intentar entender de qué se trataba todo esto, por qué planteaban que el aborto legal era un paso hacia la justicia, fue un camino de fascinante aprendizaje que me fue moviendo de todo lugar de confort e ideas acabadas para que en su lugar aparezcan, sobre todas las cosas, nuevas preguntas y nuevos caminos. 

Por supuesto que no es cómodo, en general, ser católica en los feminismos. Tampoco ser feminista en el catolicismo. Quien entienda la comodidad como valor quizás nunca pueda transformar mucho el mundo. A fin de cuentas, la Iglesia (como pienso también de los espacios políticos) es un lugar que nace para la liberación y la felicidad de las personas, espacio colectivo, comunitario. La Iglesia casa de todes, la Iglesia que “recibe la vida como viene” (lema del Hogar de Cristo, de los curas villeros), no pregunta, no señala, acoge. 

Quien entienda la comodidad como valor quizás nunca pueda transformar mucho el mundo. A fin de cuentas, la Iglesia (como pienso también de los espacios políticos) es un lugar que nace para la liberación y la felicidad de las personas, espacio colectivo, comunitario. La Iglesia casa de todes, la Iglesia que “recibe la vida como viene” (lema del Hogar de Cristo, de los curas villeros), no pregunta, no señala, acoge. 

Después de tanto tiempo de que estas preguntas no tuvieran lugar en una iglesia estática, cada vez se siente más y se hace más presente esa red colectiva que se cansó de esperar que terceros nos den permiso. Estamos repensando, volviendo a pasar por el corazón y la razón y enunciando en primera persona, y cada día resuena más fuerte, es menos invisible y menos en soledad. Muches católiques estamos saliendo del clóset abortero y pudiendo enunciar que queremos poder compartir miradas sin ser señalades. Al clóset abortero tampoco queremos volver nunca más. No hay dicotomía excluyente entre esas dos identidades. Desde el cristianismo brota esa búsqueda por una sociedad más justa e igualitaria. Y, en este caso, esto se expresa en la comprensión de que el Estado debe legislar y gobernar en virtud de los intereses colectivos, de la garantía de la vida y el bienestar, de la salud pública y la ampliación de derechos y no a partir de las creencias de un sector específico. 

Como Iglesia, nos faltan espacios en donde podamos transitar estas discusiones con intercambios más genuinos, horizontales, colectivos, sinodales, que sean desde la misericordia y el recibir efectivamente la vida como viene, con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo, como nos decía Monseñor Angelelli. Ya en 2018, los curas irlandeses dijeron, en un valiosísimo y valiente testimonio, que no eran ellos quienes debían opinar sobre el aborto, porque eran varones y célibes. Y así fue como Irlanda, el país más católico del mundo, decidió ese mismo año que el aborto fuera legal. Estar atentes a los signos de los tiempos, que también ahí es donde Dios habla. 

Muches católiques estamos saliendo del clóset abortero y pudiendo enunciar que queremos poder compartir miradas sin ser señalades. Al clóset abortero tampoco queremos volver nunca más. No hay dicotomía excluyente entre esas dos identidades. Desde el cristianismo brota esa búsqueda por una sociedad más justa e igualitaria.

Babel fue la experiencia de creyentes que, con genuina buena voluntad y algo de soberbia, se dispusieron a construir, con la propia virtud y fuerza, una inmensa torre para llegar a Dios. El resultado fue disgregación y abandono de aquella torre. La contracara bíblica de Babel es Pentecostés: desde la falta de certezas o de claridad, la comunidad creyente sale al encuentro de quienes hablan otras lenguas, ven el mundo de otras maneras, para contar la buena noticia, la liberación de les oprimides, la certeza de un Dios cercano. Ya tuvimos hasta acá suficiente Babel. Ojalá venga el tiempo, tan esperado por tantes, de un Pentecostés. Como ya sabemos, el debate no es aborto sí o aborto no, es aborto legal o aborto clandestino. 

EDUCACIÓN SEXUAL PARA DESCUBRIR

ANTICONCEPTIVOS PARA DISFRUTAR

ABORTO LEGAL PARA DECIDIR

NI UNA MENOS POR ABORTO CLANDESTINO. 

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