Las playas

I. 

Hay dos maneras de concebir la playa: como límite interno o como límite externo de la ciudad.
El final de Kiss Me Deadly, película noir del ‘55 dirigida por Robert Aldrich, explota el miedo de la época: el cataclismo nuclear. En una casa a orillas del mar, una mujer activa un elemento radioactivo. La casa vuela por los aires y una explosión ilumina la noche. Una luz mortecina invade la playa, una luz pulsátil que se prende y apaga como si fuera el corazón moribundo de la ciudad, latiendo por última vez. La civilización (la ciudad) encuentra su fin en la playa que es testigo de su aniquilación. La playa, negación violenta de la ciudad, representa a la naturaleza; es aquella porción del mundo que resiste y que permanece inmutable más allá de toda acción humana. La ciudad muere a sus pies y ella, triunfal e indiferente, calla: es su límite externo, su silencio.
Como límite interno, la playa mantiene un diálogo seductor con la ciudad: la diferencia ya no se presenta bajo la forma de una negación, sino que lo hace eróticamente. La playa y la ciudad como dos amantes que, gracias a su diferencia, se continúan una en la otra. En este caso, la playa es el fin de la ciudad, pero no su aniquilación; es el fin parcial que engendra un nuevo comienzo.

Jean-Luc Nancy señala que la ciudad, en su constitución, parece estar respondiendo al llamado de una cita; la cual concierne al desplazamiento, al ir que toda cita implica: no tanto al encuentro, sino a la presencia de esta. Los surcos de la ciudad son estos ir. En cambio, la playa es el fin-encuentro de esa cita, donde esos ir van a recomenzar. En ella, el calor cocina planes que se continuarán luego en otro espacio y se producirán encuentros que son fines y comienzos nuevos.

II.

La luz que expide el material radioactivo no deja resquicio sin iluminar y toca el ser de la playa. Esta negación de la sombra, del pliegue, es constitutiva de la playa: en ella no hay lugar para el secreto, no hay lugar para el ocultamiento. Por esta razón, la playa y la ciudad se excluyen (en una exclusión estrictamente externa y violenta, pero también interna). Para ser de los callejones sin salida, la ciudad precisa de los sótanos a medio iluminar que son su corazón; es decir, lugares que bombean e irrigan el impulso vital que recorre sus calles.

Ostende (película argentina de Laura Citarella, ambientada en la ciudad balnearia que lleva ese nombre) cierra con un plano largo en el cual la cámara fija, distante y amoral muestra la amplitud de la playa, lo infinito del horizonte y dos asesinatos. De estos sólo nos llega el sonido de los dos disparos, la imagen del hombre que apunta, ejecuta y se va, y los dos cuerpos femeninos cayendo sobre la arena, convirtiéndose en puntos luminosos del paisaje. El plano dura siete minutos y finaliza con el fundido a negro y los créditos. En ese tiempo, sólo se oscurece el cielo y las olas siguen su danza. La naturaleza continúa su curso, imperturbable ante la muerte y el pecado humano.
Alan Pauls dice que la playa no es lugar para el “crimen encriptado del género policial, que reclama un investigador que lo descifre”, sino para “el crimen idiota, insensato, que sólo exige un espectador capaz de contemplarlo perplejo”. Ocultar un crimen es intentar clausurar un desgarro efectuado sobre la carne del mundo, es “limpiar la escena” como se limpian las suturas recién hechas y los puntos cosidos del cuerpo. Eso no es posible en la playa porque en sí misma ella es la herida abierta del mundo, asfixiante, hermosa y profunda.

Las playas son grandes bocas: el mar chupa

III.

¿Hay otra manera de habitar la playa que no sea la perplejidad? El espectáculo del mar, su oleaje, el cielo cercano, la materialidad excepcional de la arena, los cuerpos, la multiplicidad de los cuerpos, su repetición y su diferencia no pueden más que producir estados de perplejidad. Quien está perplejo se abandona a sí mismo. Pasa a ser uno con el mundo, se entrega a la imagen que entra por un vórtice: es tragado por la playa.

Una estética del abandono reina en la playa. Se abandonan ropas, es decir, convenciones, se abandona una porción de actividad (la opción más tentadora casi siempre es hacer nada o, en el caso de los más atléticos que emprenden caminatas al borde de la orilla, lo que se abandona es el destino: se camina hacia ninguna parte) y se abandonan posiciones corporales. Además, somos abandonados por el lenguaje que ya no nos asiste; sufrimos pasivamente su retirada. Tomados por la imagen, la palabra hablada se devalúa. Es difícil hacerse entender en el estado de aletargamiento que provoca el sol. En una conversación soleada, las palabras se murmuran, se balbucean, se desvían, pierden su destino y vuelan movidas por el viento costero. Las palabras también son aletargadas y se duermen.

Quizás, las playas sean un lugar propicio para decirle, humildemente, “adiós” al lenguaje; para que no sea él el que nos abandone a nosotros. Anticiparse y callar para entregarse a la escucha: escuchar cómo el rugido de las olas se convierte en arrullo y sentir, fugazmente, la vuelta a un origen.

En su libro El odio a la música, Pascal Quignard titula a un capítulo “Ocurre que las orejas no tienen párpados”. Los ojos abiertos, a veces, funcionan como párpados para las orejas porque la visión puede obstaculizar la escucha (el diván analítico dice algo al respecto). Cerrar los ojos, tal vez, permita abrirse a la escucha, mirar lo que se abre y desplegar la perplejidad.

Lacan (siguiendo a Sartre) dice que la mirada es aquella que nos sorprende y que advertimos por la escucha de unos pies que pisan hojas crujientes. Tal vez, también por el choque de una oleada de arena contra nuestro cuerpo, producto de unos pies que se esfuerzan por abrirse paso en su espesor.

IV.

Verónica Llinás es la voz en off que en Balnearios, la película de Mariano Llinás, dice: “Pensar en los balnearios es pensar en la infancia. En la felicidad simple y diáfana, en tiempos que evocamos como exaltados y brillantes. Son el lugar de las cosas pasadas, de las cosas buenas”. Sigue: “Nacen de algo antiguo y profundo, casi animal: nacen del placer del agua, por hacer de ella una fiesta. Es como el fuego, como la velocidad o como la música. Algo primario, algo primitivo. Son lugares hechos para estar cerca del agua”.

En el pequeño ensayo Retorno a Tipasa, Albert Camus escribe mientras observa desde lo alto a la ciudad costera argelina de su infancia: “Años de furor y de noche se fundían lentamente en esa luz y en ese silencio. Dentro de mí mismo, escuchaba yo un ruido casi olvidado y era como si mi corazón detenido desde hacía tan largo tiempo, volviera a latir dulcemente de nuevo”.

Ir a la playa es ir a la patria de la infancia.
De nuevo, cada vez, otra vez.

Ir a la playa es ir a la patria de la infancia.
De nuevo, cada vez, otra vez
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Matías Rivas es el autor de la nota.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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