La continuidad de la violencia.

Siempre tuve una suerte de obsesión con cómo la publicidad ha empezado a virar, poco a poco, su mensaje teniendo en cuenta cuestiones de género. Si sentimos una indignación inmensa al mirar las compilaciones en Youtube del contenido misógino que naturalizábamos hace poquísimo tiempo atrás, tal vez la publicidad actual debería despertarnos cierta sensación de justicia. Eso me pasaba al principio, al ver las primeras imágenes publicitarias de varones limpiando cocinas o mujeres liderando una reunión de negocios. En cambio, últimamente esto empezó a generarme cierto malestar.

Me siento algo sorprendida sobre cómo en la televisión actual se suceden, una tras otra, publicidades que intentan transmitir mensajes de “igualdad de género”. Muchas de estas imágenes y discursos se enfocan en lugares comunes “viejos” -la mujer madre que puede también ser exitosa en su trabajo-, otras hablan desde lugares más “nuevos”, por ejemplo, aquellas campañas que muestran la mayor diversidad posible en cuanto a lo estético o bien a mujeres empoderadas que pueden “ser” y “hacer” lo que deseen, desde jugar al fútbol hasta cambiar focos de luz sin la ayuda de un varón. Creo que mi malestar se relaciona con dos cuestiones: por un lado, con que hay algo de cierto en lo que discutí incontables veces con personas que puntualizaban lo funcional que resulta el feminismo al capitalismo. A la publicidad le interesa venderme el producto. Cuando veo esas publicidades, la igualdad de género se me presenta como una estrategia de marketing, circulando como un sentido común, hegemónico, dominante y, también, políticamente correcto.

Por fuera de lo que a mí me pase con esto, la realidad es que el feminismo ha conseguido victorias impresionantes en el campo discursivo. Por fuera de la publicidad, no hay serie, programa periodístico o producto de comunicación en el que no estén tematizadas las discusiones sobre género. Nos hemos hecho presentes en todo el abanico. Sin embargo (y acá va la otra cuestión con la que vinculo en mayor medida mi malestar), como movimiento no hemos tenido el mismo éxito en lo que respecta a erradicar la violencia. No solo no hemos conseguido pararla, sino tampoco disminuir sus números.

Más allá de que muchos femicidios suceden al fallar el acceso a la justicia de las víctimas (la palabra de la mujer es desestimada, la denuncia no es tomada, las medidas de protección no son otorgadas, etcétera), es decir, más allá de la inacción del Estado frente a una situación de violencia, lo más grave es la continuidad del problema, su permanencia, sobre lo que el feminismo no logra avanzar. Pienso que el hecho de que el repudio social a los femicidios que son consecuencia explícita de fallas del sistema institucional sea mayor al que se da cuando no hay denuncias previas esconde lo doloroso que resulta reconocer aquel límite. Está claro que el responsable es el Estado, que no protege a la mujer que denuncia y que le niega el ejercicio de sus derechos proclamados en leyes nacionales y tratados internacionales, pero también observamos otro problema de fondo.

Si nuestras vidas siguen en juego es necesario entonces señalar estos límites para, inevitablemente, lograr avanzar sobre ellos.

Aunque a esta altura no haga falta aclararlo, el feminismo no es una lucha de mujeres contra hombres, sino un movimiento contra un orden de dominación cuyos efectos no solo afectan a las mujeres y diversidades sino a todxs. En este sentido, los estudios feministas que han explorado a lo largo de décadas las raíces de la violencia machista, las conquistas hasta el momento y las batallas que aún nos quedan, proponen poner a marchar la historia en dirección hacia otras metas de bienestar muy distintas a las que tenemos hoy, las cuales están fuertemente relacionadas con la situación económica y el momento actual del capitalismo. La concentración de riqueza es cada vez mayor y los índices de desigualdad reflejan lo que se llama la “fase apocalíptica del capital”, es decir que estamos cada vez más próximos al colapso social (si es que no estamos ya viviéndolo). Los varones van perdiendo su posición política y económica prestigiosa para el ejercicio de su autoridad, de su virilidad, de aspectos decisivos para su masculinidad. Esta situación de progresiva acumulación y concentración en el mundo hace que lo que les quede para desplegar su masculinidad, sus mandatos, sea el ejercicio de la violencia. La pregunta es cómo hacer para frenar esto ante un mundo en el que la desigualdad es cada vez más profunda, en el que las desventajas de las mayorías son cada vez más intensas. Y ante esto, no parece haber muchas respuestas.

Últimamente leo bastantes descargos de mujeres sobre lo que cuesta ser optimista en este escenario. Son dolorosos los días en los que no podemos serlo, en los que notamos como más allá del trabajo de prevención, concientización, tanto desde la militancia como desde las políticas públicas, los femicidios continúan, la violencia en todas sus modalidades sigue ocurriendo. Tal vez haya que reconocer que el patriarcado es un sistema que se recicla y que resiste los embates ideológicos que el movimiento feminista le presenta. Tal vez, más allá de las diversas demandas que se siguen construyendo, el feminismo esté en un momento en el que deba reconocer sus propios límites, lo cual no es gratuito, porque implica mirar de frente no solo a lo que no queremos, sino también a lo que no podemos: no tener más víctimas. Si nuestras vidas siguen en juego es necesario entonces señalar estos límites para, inevitablemente, lograr avanzar sobre ellos.

Tamara Santoro Neiman es la autora de la nota.
Luna Zaballa es la editora de la nota.

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