Sobre la belleza y el amor propio.

Cosmetriarcado

El ideal de feminidad se organiza alrededor de una construcción social que va variando según la cultura del lugar y de las épocas. Hay que tener presente que dentro de un mismo territorio cultural hay varias culturas o subculturas. Es así como la idea de lo femenino va a portar determinados atributos distintivos desde donde referenciarse; por ejemplo, en nuestra cultura, algunos de los rasgos esperables son que la mujer sea afectuosa, amorosa, comprensiva, encantadora y que físicamente no esté excedida de peso ni de arrugas. La “buena” apariencia es muy importante a la hora de obtener logros socioculturales. 

De esta forma, la industria cosmética se ocupa de nuestro aspecto físico investigando y creando pociones e instrumentos tecnológicos para embellecernos. Mientras, la psicología hace su parte con nuestro comportamiento emocional, generando una conjunción de creencias basadas en determinadas narrativas sobre la belleza, el amor propio y la felicidad.

Vemos publicidades de mujeres bellas, sonrientes y joviales. Existe toda una industria farmacéutica para levantar el ánimo, sacar el cansancio, el estrés y seguir marchando. Según R. Barthes: “La concepción de la feminidad no puede prescindir de la anatomía. El estereotipo es ese lugar del discurso donde falta el cuerpo”.

Inmersos en este sistema capitalista tardío, tenemos a nuestra disposición todo tipo de objetos para consumir según nos plazca. Los vemos en las publicidades y, a fuerza de verlos tantas veces, se nos van haciendo cada vez más atractivos. No solo por lo que prometen (una gran promesa), sino por cómo se postulan como necesarios y obligatorios. En algunos casos, no tener determinado producto nos deja afuera de algún circuito social.

En muchas publicidades dirigidas al universo femenino, se ve y se escucha a una mujer, tal vez por el costo, decirse inmediatamente: “‘yo lo valgo” o “‘yo lo merezco”. Es como un ungüento para la autoestima, algo que se desliza en su decir como deseable. ¿Realmente es así? ¿O se volvió una obligación consumir eso? Existe una sumisión ante el consumo. Lo que me sugiere el otro desde la publicidad, ese lugar desde donde me miro, ¿a dónde me lleva? 

En esta época, prevalece lo visual y las imágenes. El ojo comanda y desde el psicoanálisis sabemos que a ese órgano corresponde definirlo en el sentido de una moral. Dejamos señalado que la mirada no es el ojo, que entre ellos no hay coincidencia, sino un verdadero efecto de señuelo. Más allá de la apariencia, está la mirada. 

Dice John Berger: “La sociedad capitalista requiere una cultura basada en imágenes. Necesita suministrar muchísimo entretenimiento con el objeto de estimular las compras, anestesiar las lesiones de clase, raza y sexo; de explotar mejor los recursos naturales, incrementar la productividad y mantener cierto orden”.

La imagen de cada fotografía es, en realidad, un medio de comprobación y de construcción de una visión de la realidad. Por ejemplo, en el espacio de internet (el gran mercado), alguien puede ofertarse como mercancía y como objeto – imagen. Siguiendo lo que postula Berger, la fotografía tiene relevancia en la sociedad industrial avanzada “como un espectáculo (para las masas) y como objeto de vigilancia (para los gobernantes)”. De esta manera, la producción de imágenes suministra una ideología dominante que se impone socialmente como una evidencia legítima basada en una hegemonía cultural. 

Eva Illouz menciona una característica del capitalismo escópico: “desde el ojo del espectador, con el fin de extraer un valor estético, las industrias utilizan la mirada y el ideal de belleza como valor evaluable de los cuerpos”. El encanto femenino requiere dedicación, trabajo, esfuerzo y dinero. 

Dentro de la fabricación del mito de la belleza madura, entra el rejuvenecimiento a través de múltiples métodos y algunos pinchazos. Por ejemplo, la cirugía y esos tratamientos son cuasi obligatorios dentro de una determinada clase social. A las mujeres se les demanda que continúen siendo lo más naturales posible y que no se note demasiado si hicieron algún cambio.

Este cuerpo hipersexualizado, construido alrededor de estos ideales sin marcas, sin piel fruncida, sin surcos y sin singularidad se ha integrado en las formas actuales del dominio capitalista. Son cuerpos hechos en serie.  

Al capitalismo tardío: “le encanta devorar almas y producir almicidios en la medida en que necesita cuerpos desalmados que entren como engranajes en una maquinaria al servicio de la producción”. Juresa considera que el intento logrado del proyecto neoliberal es conquistar almas y volverlas entes que solo consumen.

Este cuerpo hipersexualizado, construido alrededor de estos ideales sin marcas, sin piel fruncida, sin surcos y sin singularidad se ha integrado en las formas actuales del dominio capitalista.

Cuando hablamos de cuerpo, ¿a qué cuerpo nos referimos? Existe el cuerpo del cual se ocupa la medicina, el cuerpo orgánico y el cuerpo erógeno del que se ocupa el psicoanálisis; el cual es atravesado por el lenguaje. El significante lo afecta, lo mortifica, lo perturba, le produce un goce que será la piedra basal de su síntoma. El significante se vuelve cuerpo y permite ver lo que no encaja por estructura y que no se ajusta a los estereotipos.

Los medicamentos, la musicalidad de las narrativas contemporáneas sobre la felicidad, la alegría y el estar siempre plenamente nos hacen creer que todo es posible y nos llevan a algo peor. 

Los cuerpos compactos, acabados y rellenados en sus agujeros por un bien que sirve de fetiche o por una moral de época, esquivan la falla estructural que introduce el lenguaje mortificando al cuerpo. Son zombis que mantienen el equilibrio y marchan al son de los discursos hegemonizantes. 

En palabras de José León Slimobich Pogarelsky: “Este, el nuevo sujeto de la historia, encuentra en lo que el capital le plantea una forma de ser: eres lo que consumes, ese es tu único amor”’. 


Referencias bibliográficas:
Berger, John. “La apariencia de las cosas.”  Ensayo y artículos escogidos, “Mirar”.
Barthes, Roland.  “Roland Barthes por Roland Barthes”
Illouz, Eva. ‘’Intimidades congeladas.”’ Las emociones en el capitalismo. 
Juresa, José Luis y Rodríguez, Cristian. “‘Auschitz con Hiroshima”’ Sobre el resplandor en la línea de montaje. Slimobich, José León. Prefacio del libro ‘’Odios” de Emilio Gómez Barroso.

Hernández, M. Fernanda, es psicoanalista y es la autora de la nota.
Ramírez, Graciela M, es psicoanalista y es autora de la nota.
Ambas autoras son integrantes de la Red Colectiva Psi.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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