Dale luz al instante.

Atardece en llanura abierta, las rocas y la sequía intermitente del suelo nos remiten a un paisaje reconocible. Sobre los colores del cielo se recorta la figura de una mujer avejentada, curtida, que empieza un fuego precario. Detrás de ella, su camioneta blanca. Si quisiéramos adornar con una banda de sonido quizás nuestra primera elección sería un piano suave, pero más bien se completa el concepto con una canción de Leonard Cohen o Bob Dylan. El cuadro (porque eso es, una imagen) podría llamarse algo así como soledad; yo le pondría Estados Unidos. 

La descripción que acabo de hacer podría ajustarse a muchas propuestas estéticas, pero en este caso aplica a Nomadland, película que ostenta seis nominaciones a los Oscars, entre ellas Mejor Dirección y Mejor Película. A diferencia de sus co-candidatas, que suelen ser objeto de opiniones dispares, pareciera haber un consenso general sobre el film de Chloé Zhao: “es una belleza”. Por lo que hemos podido observar en esta temporada de premios, es altamente posible que se alce victoriosa en las dos categorías que mencioné (además del galardón de Mejor Actriz para Frances McDormand, cuyo trabajo es intachable y siempre merece ser festejado). 

Nomadland es un relato que intenta mostrar la parte marginal de un país que se proyecta monstruoso e intocable. Seguimos a Fern, la protagonista, mientras se ve obligada a dejar su casa en un pueblito de Nevada al perderlo todo por causa de la crisis financiera estadounidense del 2008. La vemos subirse a una camioneta, la clásica van o RV, y abrazar un estilo de vida nómada. En su recorrido por el oeste del país va encontrándose con diferentes personajes que son parte de la comunidad de “viajerxs” y accediendo a trabajos temporales con los que poder solventarse. El viaje, evidentemente, tiene al menos dos capas: mientras vivencia su road movie, Fern transita su duelo y realiza recorridos internos que la acercan a una mayor comprensión sobre sí misma y sus deseos. Me permito adelantar que en eso (y no en mucho más) consiste la película. 

Volvamos a la imagen del inicio. Es inspiradora, emotiva, profunda, representativa y fundacional. Es la voluntad misma de mostrar los márgenes, aquellos seres que quedan por fuera del marco ultraurbano que narran las costas yanquis. Si quisiéramos hacer un paralelismo nacional podríamos remitirnos a las orillas en las que tanto insistió un primer Borges, por ejemplo; cómo la ciudad se va desmembrando en la pampa, en llanuras inconmensurables de silencio y linealidad. El gesto es folclórico: retrotraer a lx espectadorx a un imaginario aparentemente perdido y hacerlo entrar por los ojos. Que los tonos del atardecer sean la nostalgia, la pérdida, la esperanza, el tiempo, todo lo que constituye aquel Estados Unidos olvidado. 

Como escuché decir, Nomadland es de las favoritas de la Academia justamente porque es muy estadounidense. Vuelve a las formas de la película de género pasándolas por un lente de mejor calidad, con expresiones más delineadas y planos más sofisticados. Si tan solo esta fuera la intención de Zhao, sería certero decir que está más que lograda. El problema es que hay algo más que no puede esconderse entre los cielos límpidos: un conflicto social, que se tematiza pero se elude, que es el argumento pero nunca es altamente problemático. Es el suelo fértil desde donde el guion (que, a su vez, está basado en un libro de no-ficción) parte y las columnas que lo sostienen. El conflicto social es importante para la directora, pero pareciera ser secundario a la hora del montaje. 

El acercamiento al documental es una marca ya conocida en la filmografía de Zhao y en este caso no solo está garantizado por el puntapié del libro de Jessica Bruder (Nomadland: Surviving America in the Twenty-First Century) en el que se basa, sino también porque lxs actores son, en la vida real, personas que han decidido vivir de esta forma. Sus diálogos, entonces, logran ser orgánicos, sus acciones altamente justificadas, sus miradas atravesadas por el brillo que solo puede dar la experiencia propia. De hecho ese es, al fin y al cabo, el horizonte de la película: mostrar un cúmulo de experiencias, pasar por individualidades hondas de manera efímera, fotografiar un instante, un recorte del presente. Un recorte no es un colectivo, sino muchas soledades, muchos atardeceres. Fern es un foco, una especie de zoom dentro de un conjunto, una representación al azar. 

Sin embargo, la realidad es un poco más cruda que la figura de la mujer solitaria que deambula sin rumbo con mirada melancólica por las rutas. La comunidad de “viajerxs”, actores sociales que nacen primordialmente gracias a una crisis económica, se caracteriza por estar conformada en su mayoría por adultxs mayores, sin protección ni garantías necesarias para una vida digna. La película, si bien quiere mostrar la cotidianeidad y los fundamentos filosóficos de lxs llamadxs nómadas, dista de formular una mirada que añada luz sobre las carencias, las inconveniencias y el aumento demográfico constante de estos grupos. Más bien envuelve en una etiqueta de libertad, conexión con la naturaleza e introspección necesaria a la lisa y llana ausencia del Estado. Quizás ya se comprenda por qué gustó tanto en Hollywood. 

Nomadland no es un documental, pero sí coquetea con el formato hasta casi asimilarlo. Pone en escena, una detrás de la otra, representaciones de historias, intimidades y sensibilidades bajo una luz hermosa. Así, es mejor que un documental: muestra todo sin tener que tomar partido más que por la belleza. Si el presente es injusto y las condiciones de vida precarias, ¿qué mejor que mediarlo por una cámara y enamorarse? Lejos estoy de ponerme la camiseta del arte comprometido, pero, a mi entender, estamos en presencia de la contemplación romántica de un estado de situación dramático, una vidriera tornasolada que ubica las miserias en el pasado y rechaza cualquier idea de futuro. 

A pesar de todo lo que podamos decir acerca de la película en sí, no podemos dejar de mencionar que en el caso de resultar ganadora Chloé Zhao por su labor en la dirección, sería la segunda mujer (y la primera asiática) en obtener el galardón en la historia de los premios de la Academia, por lo que su nominación y su casi garantizado triunfo condensan una gran relevancia en términos simbólicos. Ya es posible que directoras de películas más independientes o minimalistas pasen a ser nombres habituales en las instancias canónicas del mundo del cine, lo que nos permite soñar con un reconocimiento y cada vez mayor difusión de las trabajadoras y creadoras de la industria. Que Zhao sea inmigrante dobla la apuesta en un momento político internacional en el que es necesario reafirmar la visibilización permanente de las identidades diversas, oprimidas y disidentes. 

Para terminar: si Nomadland es un paisaje emotivo en vez de un entramado de conflictividades, que la contemplación sea placentera. Que la ruta nos invite a apreciar su dimensionalidad infinita, que nos recuerde a nuestros propios infinitos. Porque, al fin y al cabo, siempre es lindo ir al museo.

Luna Zaballa es la autora de la nota.

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