Violencias invisibilizadas.

Desigualdad de género en la comunidad judía ortodoxa

Poco ortodoxa, Shtisel y otros títulos de ficciones que muestran desde adentro al judaísmo ortodoxo sacaron a la superficie costumbres y tradiciones patriarcales y arcaicas que en el siglo XXI esa comunidad aún mantiene. La escritora Tamara Tenenbaum[1] también ha contribuido a visibilizar estos temas hablando desde su propia experiencia sobre cuestiones que para casi todxs resultaban desconocidas. A partir de las críticas de aquellas series que fui leyendo, me surgieron preguntas acerca de cómo nombrar lo que viven algunos grupos de mujeres puertas adentro de sus comunidades, como las judías ortodoxas. Es claro que Esty (la protagonista de Poco ortodoxa) está sufriendo y no elige nada de lo que su comunidad le impone como obligatorio en las escenas donde aparece llorando cuando le cortan el pelo o escapando desesperadamente de su casa; dejando de lado ese personaje, mis preguntas se acercan al conocido dilema que propone el relativismo/universalismo cultural, o, en este caso, a cómo en algunos contextos en particular puede haber diferencias entre hablar de estereotipos o roles de género y violencia.

En el interior de la comunidad judía ortodoxa hay cientos de ejemplos donde los roles de género están prescritos de forma indiscutida por los preceptos bíblicos. En estos pueden leerse distintas expresiones de desigualdad: la férrea división del mundo “público” y “privado”, lo masculino y lo femenino, el cumplimiento de las tareas de reproducción del hogar y del cuidado por parte exclusiva de la mujer, frente a la completa dedicación al estudio y a las actividades comunitarias por fuera de lo familiar por parte del hombre, por mencionar solo algunas. Sin embargo, más allá de la opinión propia o de las lecturas generales sobre la opresión a las mujeres, lo que me interesa señalar es que no es lo mismo criticar pautas culturales de una comunidad religiosa que nos resulta ajena (por más extremas que nos resulten) a visibilizar que en estos sectores las mujeres sufren maltrato verbal, psicológico, sexual y físico por motivos de género. En su marco sociocultural y al margen de los preceptos bíblicos que podemos considerar en extremo patriarcales (y que en general son aceptados por ellas, es decir, se les presentan como “elegidos”), las mujeres judías ortodoxas también viven relaciones abusivas en sus matrimonios.

Acá quiero hacer un paréntesis en relación con cuáles son las condiciones que posibilitan y/o amplían la autonomía de las mujeres con respecto a sus elecciones de vida. Por lo general, adhiero a la perspectiva del concepto de autonomía relacional propuesto por Natalie Stoljar, pensando a las mujeres en el marco de las relaciones sociales en las que se desenvuelven y no aisladas. En este sentido, si están inmersas en contextos sociales opresivos, no podrán ejercer su autonomía con plenitud. Aquí se pone el acento en la influencia del contexto sobre la autonomía, por ende, en los factores externos a lxs sujetxs. Ahora bien, ¿cuáles son estos factores que limitan la autonomía de las mujeres? Para responder esto, Stoljar llama “casos difíciles” a las situaciones en las que falla la autonomía por cuestiones de género (Stoljar, 2000). Llama “deseos deformados” a la formación de preferencias adaptativas en las que las elecciones se acomodan de manera inconsciente a las condiciones sociales opresivas y al patriarcado (Alvarez, 2015). Siguiendo esta línea, los deseos se construyen como resultado de la adaptación del sujetx a las oportunidades existentes. Adhiero a esta idea según la cual las mujeres (como género oprimido) identifican para ellas mismas como legítimas a determinadas opciones (y no otras), en una trama compleja en la que se anudan deseos deformados y representaciones sociales del “deber ser” mujer. No obstante, siento que, para el caso de las mujeres judías ortodoxas, esta argumentación no es suficiente. Insisto: pienso que es distinto proponer que puede haber un deseo deformado en la elección de una mujer de tener ocho, nueve, diez hijxs por su contexto cultural inmediato, a visibilizar que, también en esos sectores, las mujeres viven relaciones de violencia de distinto índole en sus hogares.

Los índices y las modalidades de violencia doméstica en el interior de la comunidad judía ortodoxa no se alejan de las de la sociedad en su conjunto, en todas las corrientes del judaísmo y en sus niveles de observancia. Según la Israel Women’s Network[2], el 42% de las mujeres ultraortodoxas sufren violencia física por parte de sus maridos y un 24% violencia sexual. Una mujer judía ortodoxa tiene tantas probabilidades como cualquier otra mujer de convertirse en víctima de violencia doméstica[3]. En este sentido, si bien la violencia de género es estructural en tanto afecta a todas las mujeres y a otras identidades de género sin importar su clase, etnia, raza, comunidad, nacionalidad o edad, la posibilidad de denunciar y salir de situaciones de maltrato presenta sus complejidades según el sector o grupo del que se trate.

Las mujeres de la comunidad ortodoxa judía se encuentran con obstáculos propios del mundo religioso. A las clásicas dificultades que se le presentan a una mujer víctima de maltrato para terminar el vínculo de pareja con su agresor (como conservar “la familia” como mandato y sentido para la propia vida, el miedo al recrudecimiento de la violencia, a la dependencia económica, al no tener un lugar seguro al cual ir, entre otras) se suman otras que se expresan, a su vez, como formas de violencia contra ellas. La obtención del get (el divorcio de acuerdo con la ley judía) se presenta como el ejemplo más claro de esta situación, dejando a las mujeres como agunot.

Un get es un divorcio religioso conforme a la ley judía (Halajá) que solo puede conceder un esposo a una esposa. La palabra también puede referirse al papel que oficialmente concede un get, también llamado sefer k’ritot (documento de separación), que un sofer (escribano) lo redacta específicamente para una pareja. En este proceso interviene un beit din, tribunal rabínico que, por lo general, integran tres rabinos/as, y, a veces, un/a rabino/a y dos miembros de la comunidad capacitados/as y no religiosos/as (laicos). Un beit din se lleva a cabo ante distintas situaciones, una de ellas es para concederle un get a un matrimonio judío. Si un esposo solicita un get, el beit din se realiza solo una vez para presenciar el sefer k’ritot y su entrega a la esposa. En este caso, el beit din no cuestionará a ninguna parte, sino que, simplemente, supervisará el proceso. Por el contrario, si es una esposa quien solicita un get, este tiene distintos pasos: primero, debe reunirse con el beit din para que escuche su situación y la evalúe. Si determina que su caso es “válido”, solicitarán que su esposo comparezca ante ellos para conceder el get. Sin embargo, si el esposo se negara a comparecer, el beit din no tiene ninguna autoridad civil legal para forzarlo a hacerlo.

Una agunah, “mujer encadenada”, es un término usado para denominar a las mujeres cuya voluntad para decidir terminar con su matrimonio se encuentra anulada. Muchas agunot (plural de agunah) se encuentran “encadenadas” por sus esposos que se niegan a concederles un get. Esta situación es común en el interior de la comunidad ortodoxa, ejerce control sobre las mujeres y evita que sigan con sus vidas. De esta forma, si una mujer casada de acuerdo con la ley judía está sufriendo violencia, la imposibilidad o dificultad de divorciarse de forma unilateral complejiza la situación.

Todo lo descrito tiene un basamento milenario: se apoya en la literalidad de la ley judía que establece que solo un hombre puede comenzar de forma voluntaria los procedimientos de un divorcio religioso. Si bien existen autoridades ortodoxas reformistas, incluso algunas conservadoras, que aprueban que la mujer pueda iniciar con el proceso de get, no puede ser ella quien lo “conceda”. No puede de forma unilateral decidir divorciarse si es en contra de la voluntad de su esposo. Negarse a conceder un get es una forma de violencia en sí misma. Un hombre que se niega a dárselo a su esposa está abusando de sus privilegios de género según la ley judía. En muchos casos, la negación de un esposo a otorgar el get a su esposa expresa una continuidad o prolongación de las conductas controladoras y agresivas que están presentes en el matrimonio.

La familia y el hogar son instituciones sagradas para la comunidad judía ortodoxa. A las niñas se les enseña su importancia desde la infancia y de un modo mucho más profundo que a las mujeres de otros grupos sociales al estar atravesadas por convicciones religiosas. Sostener el matrimonio y así a sus familias se les presenta como una responsabilidad exclusiva y como un deber. Este es el caso de las mujeres maltratadas que permanecen en situaciones de violencia por cumplir con los mandatos sobre su género que, a su vez, son reforzados por esos preceptos bíblicos presentados como incuestionables.

En todo el mundo son muchas las mujeres judías ortodoxas que han comenzado a organizarse para visibilizar y denunciar las situaciones de violencia, tanto en sus modalidades conocidas como en las que ellas consideran como opresoras en su contexto cultural. En este marco, también alzan la voz para denunciar a los rabinos abusadores de menores de edad en el interior de sus comunidades, para reconocerse como agunot y para demandar su derecho de poder obtener el get.

Los movimientos subjetivos y objetivos de estas mujeres demuestran que estamos en un momento histórico. Es urgente crear espacios donde se pueda continuar con la reflexión y se pueda seguir dándole nombre a las formas de violencia silenciadas que anulan la voluntad, decisión y voz de muchos grupos de mujeres y otras identidades. Indagar en la situación de las mujeres judías ortodoxas es estudiar las dinámicas de género ampliadas como con una lupa: Las violencias que viven pueden ser más intensas por estar sus trayectorias de vida atravesadas por la ortodoxia, donde la trama patriarcal es más potente y resistente.

A partir del ejemplo que se expone en esta nota es interesante pensar en cómo acompañar estos movimientos, atendiendo a la particularidad de los grupos invisibilizados en las comunidades cuyas prácticas y desigualdades son desconocidas. Porque ningún grupo social escapa del avance de la lucha contra la violencia de género. Porque no quedarán grupos de mujeres que no denuncien la privación de su decisión sobre sus propias vidas como premisa esencial de la autonomía, entendiendo los límites y posibilidades actuales y considerando todos y cada uno de los diversos contextos culturales. Porque, como dijo Marcela Lagarde (2005), empoderarse es algo que le sucede a cada quien. Una se empodera, no la empoderan. Nadie empodera a nadie.


[1] El fin del amor: Querer y coger en el siglo XXI (2018), Todas nuestras maldiciones se cumplieron (2021).

[2]  https://iwn.org.il/english/exclusion-of-women/

[3]  https://www.womenslaw.org/es/leyes/religious/abuso-en-la-comunidad-judia/all#node-69605

Tamara Santoro Neiman es la autora de la nota.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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