Bienvenido al siglo XXI, Fierro.

Universo gauchesco, divino tesoro: las zambas, un atardecer en La Pampa. Decirles china o chino a lxs amigxs, Jorge Cafrune, tener bombachas de campo marca Pampero. El gaucho en su caballo saludando los autos que pasan. Halagar un mate bien cebado y calentito, tocar la bocina cuando aparece el Gauchito Gil en el camino. La abuela curando el empacho, las payadas que te anudan la garganta. Intentar bailar un gato en la peña del barrio. Dejarle flores a la Difunta Correa.

La cultura gauchesca es parte de nuestra historia. Y es hasta el día de hoy que, sin darnos cuenta, reproducimos ciertas prácticas de estos orígenes -parte de nuestros orígenes- que van más allá del mate.

Hace poco, releyendo El Martín Fierro, no podía dejar de pensar en la figura del gaucho vinculada con la cultura de la cancelación, tan debatida últimamente. No me refiero puntualmente al hecho de separar la obra del artista (otro tema que implicaría miles de caracteres más), sino más bien a los contenidos de las creaciones culturales en sí mismos. ¿Qué pasa cuando miramos para atrás y nos incomodan ciertos orígenes de nuestra Patria, plasmados en numerosos libros, películas, canciones? ¿Negamos su existencia? ¿El hecho de que una obra pasada nos remita a lo violento, a lo que ya está prohibido o mal visto, significa que debemos fingir demencia? ¿Borrarla de nuestra cultura, de nuestra identidad nacional, es la solución?

Históricamente, al gaucho se lo relacionó con el estereotipo del macho, un símbolo de la argentinidad y la masculinidad argenta: valiente, orgulloso, salvaje y heterosexual. También, un borracho violento. Lisa y llanamente, lo que hoy bien podríamos denominar como un auténtico machirulo. El gaucho hace lo que quiere en su terreno, es dueño de su rancho, de su china, de sus hijxs, de su caballo y de su facón.  Entonces, ¿qué hacemos con él?

¿El hecho de que una obra pasada nos remita a lo violento, a lo que ya está prohibido o mal visto, significa que debemos fingir demencia? ¿Borrarla de nuestra cultura, de nuestra identidad nacional, es la solución?

Como bien sabemos, la cultura nos define; la literatura argentina y sus hitos nos forman como individuxs y también como sociedad. No podemos volver al pasado, no podemos cambiar el hecho de que el Martín Fierro (que, dicho sea de paso, es un gran poema) sea una especie de biblia argentina. Su canonización ya sucedió. Pero lo que sí podemos hacer es analizar esta obra -y tantas otras más- desde nuevas perspectivas: reinventarla, resignificarla. Y gracias a que existe el libro Las aventuras de la China Iron, de Gabriela Cabezón Cámara, se hace más fácil (por lo menos, para mí) argumentar y debatir al respecto.

En la novela, publicada en 2017, la autora le da voz a la China, “la mujer” de Fierro: aquella que, en el poema de 1872, se nombra al pasar, en la narrativa de Cabezón Cámara toma protagonismo. Ella es quien narra, ella es quien cuenta, ella es quien habla. Y no sólo esto: ella no busca su vida anterior, no busca a su marido, tampoco a sus hijos. Huye del pasado. Y lo hace atravesando el campo acompañada por otra mujer, una inglesa con carroza. Una inglesa que la viste de young gentleman. Una inglesa que la besa. Y la China no sólo conoce el placer de sus besos, sino también el placer de explorar el universo queer: le gusta vestirse de hombre.  

Los paradigmas de nuestro siglo son diferentes a los del siglo XIX. Ya no tenemos gauchos obligados por el Estado a pelear en la frontera con los indios, tampoco hay ingleses atravesando nuestros campos en carromatos (ahora lo hacen arriba de una 4×4). Cabezón Cámara reinventa un clásico, pero lo escribe desde el presente.

No podemos afirmar que la figura del gaucho como estereotipo del macho argentino fue totalmente erradicada. Tampoco es posible asegurar que ya no hay “chinas” condenadas a vivir una vida que no eligen. Y, si nos ponemos aún más disruptivxs, ¿la comunidad LGBTQI+ es bien recibida a lo largo de todas nuestras llanuras, bosques, desiertos? ¿Qué sectores representan hoy a la “civilización”, cuáles vendrían a ser parte de la “barbarie”?

Como decía antes, los paradigmas cambian. Inevitablemente, las utopías también. Es justamente ese constante movimiento lo que hace que las obras literarias puedan ser resignificadas y funcionen, así, como abanicos, como puntos de partida para que surjan otras obras, dependiendo del momento histórico en el cual nos encontremos.

La palabra utopía deriva de los términos griegos οὐ (“no”) y τόπος (“lugar”); significa, literalmente, “no-lugar“, o “no hay tal lugar”. El término lo acuñó Thomas More, un pensador británico, en su novela, Utopía (1516). En ella, expone una isla que cuenta con un sistema político, social y legal “perfecto”, contrastante con el sistema real británico de aquellos tiempos. Por lo tanto, la obra funciona como un texto de denuncia.

Si nos detenemos a observar el final de El gaucho Martín Fierro (alerta spoiler), la utopía del gaucho viviendo en paz con los indios, que eran justamente los enemigos de la cristiandad, de lo civilizado, aparece como una clara manifestación en contra de todo lo defendido por el Estado Nacional (en 1872, el presidente era Sarmiento), un mensaje de denuncia social, política y cultural.

En la obra de Cabezón Cámara, al igual que en el Martín Fierro, la utopía también aparece al final, cuando la protagonista y la inglesa llegan a las tolderías de los indios. Pero la autora le da otra vuelta de tuerca: lo encontrado en el campamento es una especie de utopía anarquista. En esta “familia”, el amor es libre, se consumen sustancias, las maneras de vivir son elásticas, nadie sufre las restricciones de ningún tipo de norma. No hay jerarquías, no hay leyes de sangre, el sexo es libre, el trabajo es placentero y rotativo. Se expone la posibilidad de un mundo nuevo, donde se mezclan las lenguas, los vínculos, sexos y géneros. Ya no hay vestigios ni de la civilización ni de la barbarie.

Hacia el fin de esta novela, el reencuentro entre la China y Fierro se hace posible, pero ningunx de lxs dos es lx mismx que supo ser. Fierro sufrió y se enamoró de un hombre. Aquel Cruz, que aparece en el poema de José Hernández como otro gaucho salvajón, se convierte en su amante: la figura del “macho” se derrumba totalmente. Y no solo eso: ahora Fierro se viste con plumas de colores, llora, materna; el único vestigio de “hombre” que le queda es la sombra de su barba.

¿Y la China? En esta novela al fin pudo encontrar sus placeres, explorar su sexualidad, ser dueña de su libertad e independencia. Pienso ahora en todas las chinas que existen en la literatura argentina. Seguro estén esperando que alguien las encuentre, les de voz, y cambie sus destinos. También debe haber otros como Fierro, esperando que alguien les ponga zapatos altos y glitter bien brillante

Pienso ahora en todas las chinas que existen en la literatura argentina. Seguro estén esperando que alguien las encuentre, les de voz, y cambie sus destinos.

Martina Evangelista es la autora de la nota
Luna Zaballa es la editora de la nota
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