Entrar al cine.

La locura, sospechamos entonces, se halla encubierta y probablemente viviendo la vida prestada que cándidamente le ofrece la propia cordura.
Todo pensamiento interno es locura; toda familiaridad es, en cambio, el ámbito en el que la locura se disimula


Horacio González en “Roberto Arlt. Política y locura”

I.

Hay un elemento escurridizo que titila en los bordes de la percepción, en su litoral, entre la tenue apariencia del afuera, y se expande con una viscosidad neutra, derramándose lánguidamente -aunque sin una pizca de erotismo- entre las cosas del mundo, pegoteándose a cada partícula de realidad y a la negrura espesa de lo indecible, indiferente al esfuerzo del recuerdo, a la invocación desesperada de una palabra; un abismo que se abre sobre una profundidad absoluta… en definitiva: el vertedero del mundo, destino de todo aquello que cayó, como caen las variaciones infinitas de lo negado, sobre el fondo oscuro de la noche primera, ese tiempo sin tiempo anterior a la mirada, anterior a la creación.

II.

¿De dónde parte, sino de este fondo, el llamado al cual las imágenes responden? ¿Qué otra cosa es el cine, sino la mano que se mete con arrojo en el fango de lo invisible para salir, luego, llena de ruinas palpitantes y hermosas? ¿No somos, cada uno de nosotros, el lugar donde esas ruinas se yerguen para desmoronarse sin piedad a los pocos segundos? ¿Y no somos, también, los arqueólogos de esos restos, o, más bien, una especie de pescadores salvajes, al arrojar, cuando podemos, cuando nos recuperamos a tientas de la violencia del encuentro entre el ojo y el mundo, la red del lenguaje para intentar atrapar algo, aunque sea algo de eso que nos relanza hacia la infatigable aventura de la existencia con la sorpresa renovada a flor de piel?

III.

Ahora bien, ¿acaso la experiencia más común de quien camina en la ciudad no es la de la lucidez del depresivo, quien ve las cosas como son, es decir, sin relieves, sin elementos escurridizos a la percepción? ¿No hay, en este estado, una capacidad para ver todo tal como es? Una visión cristalina fundada en la razón, sin la participación molesta de lo invisible que ocupa el lugar de lo irracional condenado a la locura.

¿Hay algo más opaco, más impenetrable, que una ciudad? ¿Acaso no son las esquinas la geometría de una promesa que se desvanece más rápido que el tiempo que tomaría su formulación? ¿La intrepidez de la mirada no es reducida hasta su inexistencia por el hecho de que, constantemente, choca contra el cemento, el cielo, la noche, la luz o con restos tan inescrutables como una pared?

IV.

Un amigo me envió “Salir del cine”, un texto en el que, con maestría absoluta, Barthes escribe sobre el cuerpo –su cuerpo- dentro de una sala de cine, pero también sobre el enlace que encuentra entre el cine, la ciudad y ese cuerpo que sale de la sala y que se desplaza de un lugar a otro; desplazamiento que no se desarrolla solo por el espacio de la ciudad, sino también reverbera en el seno de la percepción y provoca un sutil, pero radical trastocamiento: Las imágenes del cine, más allá de los límites de la sala, derraman sobre la ciudad su brillo ineluctable; dejan a la percepción bailoteando en el borde mismo de su posibilidad y en el punto más borroso de la diferencia entre la tenue apariencia corriente de las cosas y el fondo abisal del mundo.

V.

Algunas imágenes que brotan de la pantalla nos golpean. Acusamos recibo del impacto cuando un leve dislocamiento perceptivo nos advierte que algo nuevo se introdujo, para siempre, en la trama íntima y desconocida que se teje al costado de nuestros días. Un factor insondable de la imagen penetra en la percepción que no es la imagen, pero que está en ella cifrada e inaccesible; es el cuerpo recogiendo la vida que la imagen fue capaz de capturar, el cuerpo tendiéndole una mano a esa otra mano aventurera que es el cine y que se adentra en la oscuridad primitiva para traer a la superficie o a las orillas las cenizas fosforescentes de lo que late en la noche, en el silencio del mar.

VI.

Salir de la sala con el día declinando; entrar en la noche de la ciudad, ya no la primitiva, sino la corriente. Sin embargo, algo cambia al interior de nuestra relación con esa noche, con esa ciudad.
Passolini escribió que luego de leer el Evangelio de San Mateo experimentó “de súbito la necesidad de hacer algo”, un “aumento de vitalidad” producto de una “emoción estética”. A raíz del carácter vital de aquello que reposa en el interior de los mundos figurativos que le evocó su lectura, anota: “Pero vuelto a repetirlo, éste no era más que el aspecto externo, magníficamente visual, del aumento de vitalidad. En el fondo, había algo aún más violento que me estremecía.” 
Jean-Christophe Bailly, citado por Jean-Luc Nancy, escribe: “Es difícil vincular un loco cuadrado de pasto que crece entre las vías del ferrocarril con… Dios, o su ausencia, o sus sustitutos. Y sin embargo por ahí comienza, por una suerte de rebelión que es como un muelle infantil y torcido, el rechazo, cómo decirlo, a que eso comparezca ante el tribunal de la eficacia o del sentido”.

VII.

Como expresa Bailly, encontrar a Dios en un cuadrado de pasto o la turbación de una emoción estética que aumenta el torrente de vida que fluye por los intersticios de un cuerpo y por los recovecos y esquinas de una ciudad son modos de hacer estallar por los aires a la racionalidad implícita de la realidad, regida cotidianamente por los gélidos tribunales de la eficacia y del sentido.

En el corazón de la realidad hay un núcleo concentrado de locura, que es, en última instancia, la locura de lo que existe (no hay pregunta menos loca que aquella que se dirige al por qué de la existencia de las cosas; no hay nada, por demás, más loco que dar una respuesta). La percepción se abre hospitalariamente a esta locura original, irredimible, a través de las experiencias estéticas que desgarran los filamentos de la familiaridad y encuentran en el cine una fuente inagotable.

VIII.

Salir del cine y reordenar los vestigios mundanales que devuelve la ciudad; entrar a la ciudad y habitar un tiempo desgarrado en el que las señales del presente -el brillo de las luminarias de las avenidas, la altura inconmensurable de un edificio, las bocinas de los autos- no alcanzan a situarnos ahí; espacio, también, tocado por la gracia de lo invisible que no es otra cosa que la certeza de la existencia de un mundo más allá de la quebradiza realidad, pero sin dejar de estar en este mismo, en el seno más íntimo de cada una de sus cosas, de sus calles, de unos ojos, de una palabra, de un cuadrado de pasto.

Nunca, las sombras de la ciudad fueron tan enigmáticas ni las siluetas más cautivantes como en esta comunión trascendental entre la percepción y sus bordes, entre un cuerpo y una ciudad, entre lo visible y lo invisible. Nunca, el cuerpo estuvo tan orientado hacia la estofa de la existencia – aquello rumiante y cálido- como lo está en una sala de cine, devorando la vida en silencio y soledad.

Matías Rivas es el autor de la nota.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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