EL FALSO COMPÁS DE ESPERA

“Quizá el algoritmo encontró algo en nuestro ADN, nuestra historia personal o nuestra cuenta de facebook que no le gusta. El algoritmo nos discrimina no porque seamos una mujer o un afroamericano, sino porque somos nosotros. Hay algo específico en nosotros que no le gusta. No sabemos qué es, y aunque lo supiéramos no podríamos organizarnos con otras personas para protestar, porque no hay otras personas que padezcan el mismo prejuicio exacto. Solo nosotros.

Yuval Harari (21 Lecciones para el siglo XXI)

Hay una sensación de “compás de espera” en muchas personas, que a esta altura del partido virósico no puede ser más que un obstáculo para dejar de tener la vida en suspenso. A la espera de… ¿de qué? Se siente una suerte de aletargamiento, desmotivación, desinterés y breves euforias o entusiasmos de corto alcance, que se diluyen casi de inmediato, cual espumas a la orilla de un mar de desaliento. “Cuidarse” ya tiene una significación rara, que más parece una postergación – de esas a las que la neurosis obsesiva nos tiene acostumbrados –, un argumento que alimenta el sistema evitativo, tan funcional a lo que se entiende por “cuerpos desaparecidos” cuando entendemos esta categoría mucho más allá de la lógica jurídica y la amplificamos al campo en el que el psicoanálisis le ha asignado al cuerpo el “territorio” de anclaje de la libido.

El virus es una manifestación – tal como algunos grandes pensadores lo han ubicado –que supera a la biología y el campo de prevención sanitario. El virus podría ser un reflejo de nuestra vida contemporánea. Un destello siniestro de un lugar que se ha dejado ver sin mediaciones para quienes tengan ojos para mirarlo y también para quienes, a pesar de tenerlos, miran hacia el costado: el aspecto virósico de nuestra existencia moderna.

Si en el marco de la progresiva homogeneización de la vida dentro de las redes neuronales de la inteligencia artificial los algoritmos, las pantallas, el sacrosanto “ordenador” (lo digo al modo español, porque pone el acento en un aspecto de la significación que me interesa: nos ordena la vida y a eso nos “sometemos”) nosotros apenas si somos “terminales” (ya el sentido me desborda y me da gracia: ser “terminales” respecto de una enfermedad irreversible, atacados por un “virus”), lo somos en dos sentidos, tal vez uno más “cómico” que el otro. Operadores de “contenidos” que alimentan una vasta red de conexiones globales cuyo flujo y velocidad “pide” más y más “trabajadores”, por un lado, y el resto de una operación que deja afuera aquel “anclaje”, el cuerpo libidinal, lo propio del cuerpo en tanto que “humano”, por otro.

El virus podría ser un reflejo de nuestra vida contemporánea. Un destello siniestro de un lugar que se ha dejado ver sin mediaciones para quienes tengan ojos para mirarlo y también para quienes, a pesar de tenerlos, miran hacia el costado: el aspecto virósico de nuestra existencia moderna.

No me interesa para nada ser apocalíptico, pero sí tengo que – tal como lo señaló Freud para los analistas – estar al tanto de las condiciones que determinan la subjetividad de una época para poder trabajar como analista. Y las expresiones de desasosiego que noto en los analizantes a esta altura de la pandemia me indican que se trata de algo que está muy lejos de ser pasajero, y que quedarse en un “falso” compás de espera hasta la llamada “nueva normalidad” que nos devuelva “nuestra vida” no es otra cosa que una ilusión que ya se advierte no solo fútil, sino incluso peligrosamente deprimente.

Podemos leer en algunos autores la lógica de lo que adviene: el ideal del liberalismo que coloca al individuo en el centro de la dramática existencia, en la que el “libre albedrío” y su ética concomitante (ejes de la organización social y económica) están a punto de convertirse en un sueño obsoleto, que no solo ya no funciona, sino que además no sirve para entender lo que sucede.

Veremos si es así, y si estamos atravesando una crisis que nos coloca al borde de un salto insalvable: los que queden de uno y otro lado verán y sentirán hundirse la otra orilla de un pasado definitivamente pisado y a quienes se entierren con él. Y no hay “decisión” individual que valga.

Efectivamente, en muchos casos el comentario es que se aceleran las cuestiones que se preveían venir en 5 o 10 años. La vida digital dentro de una inteligencia no humana: los algoritmos.

No se trata solamente de los procesos económicos que tienden a maximizar la ganancia con la masividad de despidos y los avances tecnológicos convirtiendo miles de puestos de trabajo en algo sin sentido dentro de este esquema. Puede que los gobiernos de los estados, en la medida en que aún conserven algo de poder (seguramente ya no podrá ser el poder de una sola nación, de manera definitiva) traten de postergar los inevitables efectos del avance tecnológico, sobre todo lo que atañe a los efectos de la inteligencia artificial y las comunicaciones. Pero, en algún momento, esa negativa o esa fuerza de los estados será vencida por la propia lógica económica que ellos alojan en el espíritu de sus constituciones y de su fundamento como tales.

Los psicoanalistas nos hemos formado dentro de la lógica liberal de nuestras profesiones, a cuyos consultorios acuden “individuos” afectados por algo que el individuo, en su ceguera estructural, no puede reconocer sino en medio de un ataque de pánico: que no está solo y peor aún, que no puede estar solo. Y esa soledad no se trata de la ausencia de personas amables y amigables en torno a su órbita de, sino todo lo contrario: como individuo está condenado a la soledad desértica de la ausencia de Otro. Experiencia devastadoramente repetida en el individuo contemporáneo que se acerca a las fauces cada vez más anchas y cavernosas de la depresión.

El fondo del asunto es que entra en crisis ese “individuo”, el de la autonomía y los dramatismos de la existencia, en la que una vida es una serie de decisiones que dan cuenta de ese libre albedrío que cada vez suena más a un albedrío libre de morondanga.

La “morondanga” es – lo invento – una especie de menjunje incomible que ese mismo individuo buscó tragarse durante centurias, desde el advenimiento de la Revolución Industrial y el triunfo total del capitalismo (siempre ha sido “total”). Ahora, claramente, la interrogación que los analistas no pueden soslayar – también de morondanga – es la que ese mismo individuo ya no puede sostener: seguir creyendo que decide algo.

La decisión pareciera – a esta altura – un esfuerzo imposible de sostener, una libertad individual que ya parece un circo abandonado en un baldío de pueblo, al margen de la historia, lleno de nostalgia y pobreza. Es el esfuerzo de un sobreviviente que sabe de su inminente extinción.

Yuval Harari, por ejemplo, nos advierte con claridad contundente en ejemplos que conmueven por el nivel de credibilidad que transmiten – es decir, que de algún modo ya acontecen – que en pocas décadas (tal vez esa cronología se haya reducido aún más con esta pandemia) la inteligencia artificial va a terminar decidiendo por nosotros en todos los ámbitos. Los algoritmos reproducirán una “inteligencia” que incluso reemplazará a las afecciones con las que intervenimos en nuestra vida.

La decisión pareciera – a esta altura – un esfuerzo imposible de sostener, una libertad individual que ya parece un circo abandonado en un baldío de pueblo, al margen de la historia, lleno de nostalgia y pobreza. Es el esfuerzo de un sobreviviente que sabe de su inminente extinción.

¿Es posible que esto le quite a la humanidad el carácter que hace de sí misma una especie con cierto grado de libertad? ¿Las máquinas nos pueden reemplazar hasta en la función de “vivir”? No lo sabemos. Lo que sí puede suceder, y tal vez ya esté sucediendo, es que esa dramática pierda cada vez más sentido, y “decidir” ya no sea el drama de la libertad “actualizado” una y otra vez en cada individuo en crecimiento. Es más, que el “individuo” ya no sea más que una ilusión puesta en evidencia, digerida y aceptada, sin que eso suscite ningún tipo de movimiento revolucionario, anárquico o contestatario que se precie de tener capacidad transformadora.

Podría ser, no lo sabemos. De todos modos, vale la pena plantearse – como analistas – estas posibilidades que ya se perfilan. No quedemos en un falso “compás de espera”, porque me temo que ese mismo “compás” no es más que el síntoma de lo que nos expropia la ilusión del individuo liberal en el que ya no podremos reflejarnos.

China emerge como un modelo no solo económico sino organizacional en el que el individuo es un punto perdido en el espacio, una partícula, un elemento de un conjunto que se agita y se acelera dentro de un campo cuya dinámica hace de ese individuo una aleatoriedad, no un punto firme de apoyo. Ya no hay espejos.

Y esto último tal vez sea el centro de este asunto. El espejo como el artificio más representativo de la democracia liberal, en donde los gobiernos deberían ser “el espejo” de los pueblos, y “los pueblos” apenas una sumatoria de individuos cuya “amenaza” es el fenómeno de masa y el totalitarismo.

Por lo que, cada vez es más evidente que – volviendo al principio – el desaliento y la espera. Esa suspensión de la vida que se va apropiando de la atmósfera humana, casi como una nube de gas tóxico, tiene que ver con lo que el espejo ya no refleja, espejo roto que deja ver el “otro lado”, siniestro, pero a la vez cómico y patético, de este trencito del terror denominado “pandemia”: más allá de la biología del virus, el virus somos nosotros. Lo intuimos, lo vemos como una sombra que aparece en un espejo quebrado, una suerte de mancha que deja entrever formas raras que se mueven, que se multiplican, que viven y respiran como materia informe que cumple con un ciclo y lo repite. El virus somos nosotros, sometiéndonos a nuestra propia autoeliminación, una suerte de extremo goce pulsional que nos lleva a una limpieza prolija, seleccionada, darwiniana, evolutiva, que “parasita” al huésped, una inversión paradojal en la que los humanos van a representar marcadamente el “error” del sistema, la traba de su funcionamiento fluido, el “desvío” a calcular y ajustar dentro de algoritmos cada vez más sofisticados. ¿Por qué no?

José Luis Juresa es el autor de la nota
Luna Zaballa es la editora de la nota
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