Odio – Amo/ Amo – Odio.

 “La vida es corta, pero las emociones que podemos dejar duran una eternidad”.

Clarice Lispector 

Un nuevo canal de televisión formula en su eslogan la siguiente afirmación: “Sin discurso de odio”. ¿Por qué le es necesario a este medio de comunicación establecer esta enunciación? Buscamos, a partir de dicho medio, provocar la interrogación y la pregunta a aquel enunciado y, paralelamente, reflexionar del otro lado de la polarización y evitar la comodidad que transmite ese modo de pensar. Uno de los problemas de la vida contemporánea y de la vida social son los efectos del racismo y la discriminación. Estos están silenciados, a veces invisibilizados (no se los explicita) o naturalizados bajo otras formas de “corrección ciudadana”, las cuales apelan a diversos modos de la represión, por ejemplo, bajo el semblante del tan mentado “republicanismo”.

Proponemos hacer un recorrido por algunos textos que plantean la problemática de “la civilización del odio”[1]en la época contemporánea. Intentaremos focalizar la atención en la polarización de lo racional e irracional (como si fueran entidades diferentes); la cual signará un gran valor de absoluto y universal a lo racional que domina en nuestra cultura como si lo irracional pudiera ser excluido de lo humano. Se intentará arribar a un análisis de los sentimientos y de las ideas, ir más allá del modelo binario sobre las emociones, las cuales son sometidas por los medios, las grandes corporaciones y la ideología imperante.

En el prólogo de su libro Odios, Emilio Gómez Barroso dice: “Una de las características de nuestra civilización es poder habitar el rechazo y el desconocimiento del otro sin que ello suponga ningún quebranto en el fluir diario de los sucesos”. Sobre la extendida idea de lo distinto, lo extraño, los extranjeros, los blancos, los negros, lo femenino, lo masculino, los mestizos y los homosexuales, los medios de comunicación reproducen los estereotipos que circulan en el sentido común, obviando la complejidad de lo real en juego con estos criterios.  

Permanece vigente el supuesto de inequidad basado en la genética, relacionado al género hombre/mujer y a la raza, en lugar de pensar que estas postulaciones se articulan en factores históricos. Estas ideas cientificistas de la representación de la raza y de las mujeres y los varones se convierten en argumentos para justificar la desigualdad. Desde el sentido común, creemos que la inequidad se debe a factores genéticos y no a otros factores históricos y culturales relacionados a los centros de poder sobre los márgenes y las periferias. El color de la piel de una persona, por ejemplo, no guarda demasiada relación con sus capacidades “naturales”, pero está culturalmente sobredeterminado por ideas racistas de jerarquía. 

Aún persiste la confrontación inseparable de la relación entre raza y poder que se define en el marco político y cultural. Los estados acumulan privilegios en algunos grupos sociales o, a veces, en las familias. Los sectores dominantes han perpetuado su hegemonía de poder. Son herencias o reservorios de las colonias, sobre todo, en el continente americano. Este modo de racismo es estructural, institucional y habilita expresiones individuales, acciones y formas de discriminación.

En una entrevista sobre su libro Superior, la escritora Angela Saini insiste en que la raza es una construcción social y no un precepto biológico. Advierte el peligro del regreso del racismo científico y explica como algunas ideas que sustentaron el Holocausto se encuentran presentes en los sectores de la sociedad. El auge del supremacismo blanco y del odio a los extranjeros tienen bases similares al nazismo. La palabra “limpieza” está impregnada en las políticas racistas del siglo XX. En relación a esto, en su libro Auschwitz con Hiroshima, Cristian Rodríguez y José Luis Juresa dicen: “La idea de un bien supremo que trasciende el momento, que trasciende la particularidad del sufrimiento humano, que trasciende el mal trago del cuerpo a cuerpo de la muerte, un bien supremo que atraviesa las generaciones, metaforiza de alguna forma la persistencia de lo vivo y su absoluta indiferencia al destino individual de los miembros de la especie”.

Sara Ahmed plantea en Vivir una vida feminista: “Cómo el hombre blanco se convierte en sujeto universal; el universalismo parece reinstalarse en un momento de manera súbita y rápida”. Estar en la norma y ser un varón blanco y burgués facilita muchos aspectos de la vida, pero no por eso se está exento del peso de la existencia. De esta forma, lo blanco adviene como símbolo de pureza y racionalidad. Juresa y Rodríguez refieren que “lo puro siempre fue el vértice de toda globalización ideológica. La pureza siempre fue la pretendida por el totalitarismo, rechaza la diferencia, la parcialidad, el mestizaje”. Se tratará de recordar que nadie queda exento del malestar y de la insondable interferencia que se teje entre el cuerpo y el lenguaje.

El odio es una pasión del ser, pero ¿por qué el ser desencadena el odio? Si el discurso capitalista rechaza todo lo relacionado al amor, ¿por qué no lo hace con el odio de la misma manera?

En la experiencia clínica, observamos el modo sutil en el énfasis al decir “negro” sobre todo aquello que se presenta como una amenaza para la seguridad física o de los bienes. Lo “negro” y el pobre se convierten en un reservorio simbólico de exclusión como “solución” al problema. Quizás, pocos se encuentren exentos de haber vivenciado algún hecho de discriminación o xenofobia, donde el racismo y la pobreza van asociados. El racismo es un sistema político y económico que, a través de su matriz simbólica, selecciona un determinado grupo social para dominar a otro grupo. Como dice Freud: “El odio es como la relación con el objeto más antiguo que el amor: brota de la repulsa primordial que el yo narcisista opone en el comienzo al mundo exterior prodigiador de estímulos”. Tal vez, al ser un elemento primitivo, oscuro e inconsciente, es difícil de aceptar cuál es el odio que habita en cada existencia.

La inclinación innata del ser humano al mal, a la agresión, a la destrucción y a la crueldad son manifestaciones en las que podemos agregar al odio, si lo consideramos como originario, ya que está inscripto en lo más profundo de la estructura subjetiva. Juresa y Rodríguez dicen: “La existencia humana, lejos de buscar el confort parece repetir algo mucho más profundo, si se quiere, mucho más enraizado a su condición de existencia. Hay algo ligado a esa condición fundante de lo humano que no pasa por eros, que no es religante, que no busca la complejidad ni la composición y que, en todo caso, está antes que todo eso que es separador y excluyente, que empuja al acto y que su expresión tanática, “ruidosa” y manifestante es el odio”. Asimismo, Clarice Lispector dice: “Lo indecible me será dado solamente a través del lenguaje”.             

Sara Ahmed trabajó con el término de economía afectiva para explicar cómo se adhiere cierto afecto (deseo, miedo, asco) a ciertos objetos al circular. Van acumulando una emoción y la preconizan. Como asociación libre, recordamos una escena de la película Parásitos, donde se juega con el olor de lo inmundo, de la inmundicia. Los pobres huelen mal. Como dice Juresa: “Apenas si queda el olor a pobre que repudia con un gesto de clase y no duda en sacrificar sus peones a la hora de salvarse y correr”.

La ideología ha tratado de legitimarse como el orden natural de las cosas; el cual no es orden ni es natural, sino más bien una forma del dominio histórico de los grupos poderosos sobre los más débiles. De esta forma, como dice Gómez Barroso en el prólogo de su libro Odios, el miedo ordena las jerarquías y la fagocitación del hombre entre la basura de la urbe. El odio queda enredado en la cuestión del mal absoluto, de la hostilidad y del goce.

La primera forma de odio es la indiferencia. ¿Por qué el odio está velado? En el discurso capitalista, el Otro está en el lugar del desecho. Este odio frío se nota sobre todo en la falta de amor. En relación con eso, recuperamos el impacto de la frase de Arnaldo de Almeryc en el mencionado prólogo de Gómez Barroso: “¡Matadlos a todos, Dios sabrá reconocer a los suyos!”.

Freud habla de las tres pasiones del sujeto: amor, odio e ignorancia. A pesar de que cada vez con más evidencia vivimos en una civilización en la que la pasión es dominante, tal vez, porque hemos producido un sistema capaz de eliminar a la propia especie que lo ha creado, el odio es una pasión demasiado oculta. Al principio, fue el odio, no el amor. Luego, el lenguaje, la lengua que uno ama y que confunde, matiza todo esto.

Barthes recupera lo que Brecht vio y dijo: “Los acontecimientos de Auschwitz, del gueto de Varsovia, de Buchendwald, no tolerarían sin duda una descripción de carácter literario. La literatura no estaba preparada y tampoco se procuró los medios para dar cuenta de ellos”. La raíz del racismo dentro de esta perspectiva es el odio al propio goce. Si el Otro está en mi interioridad en posición de extimidad, es también mi propio odio. Los conceptos de razas son efectos del discurso y se constituyen por el modo en que se transmiten los lugares simbólicos. El extranjero no siempre es quien uno imagina. Ser extranjero es una cuestión metafísica que experimenta las diferentes diversidades. Esto crea, en muchos momentos, una sensación de extrañeza o de impostura. Los esquemas que sostienen el binomio han sido frecuentemente utilizados para fines de estigmatización. A partir de lo escrito, nos seguimos interrogando por la fuerza de dicha pasión en las diferentes épocas y sus efectos en los discursos.

Como dice Alfonsina Storni: “¡Qué tristes las sombras, las sombras nefastas, las sombras creadas por nuestra maldad!”


[1] “la civilización del odio” hace referencia al título del libro Lacan: amor y deseo en la civilización del odio coordinado por José L. Slimobich.


Referencias bibliográfica
Ahmed, Sara. La promesa de la felicidad. Caja Negra
Benjamín, Walter. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica. Godot EdicionesByung- Chul, Ha.
Sara Ahmed, Vivir una vida feminista.
Roland Barthes, Roland Barthes por Roland Barthes.
Freud Sigmund, El yo y el ello.
Emilio Gómez Barroso, Odios.
Emilio Gómez Barroso en https://elnieuweaca.com/2020/08/10/lo-que-nos-lee
Cristian Rodríguez y José Luis Juresa, Auschwitz con Hiroshima.
José Luis Juresa en https://www.pagina12.com.ar/256908-pandemia-y-paralisis-de-la-accion
José L. Slimobich (coord.), Lacan: amor y deseo en la civilización del odio.


Paola Lospinoso, es psicoanalista y es la autora de la nota.
Ramírez, Graciela M, es psicoanalista y es autora de la nota.
Ambas autoras son integrantes de la Red Colectiva Psi.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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