Todas aquellas que se tragó la tierra.

Reseña Cometierra, de Dolores Reyes

“Acaricié la tierra, cerré el puño y levanté en mi mano la llave que abría la puerta por la que se habían ido María y tantas chicas, ellas sí hijas queridas de la carne de otra mujer. Levanté la tierra, tragué, tragué más, tragué mucho para que nacieran los ojos nuevos y pudiera ver”, dice Cometierra, la protagonista que da nombre a la primera novela de Dolores Reyes (1978) publicada por Editorial Sigilo en 2019.

La historia comienza con una niña de pelos largos y revueltos que traga tierra del cementerio. Esa va a ser la primera visión de muchas: su padre matando a golpes a su mamá. La protagonista tiene el don de ver a los ausentes, vivos o muertos, a través de ese sencillo acto de comerse un pedazo de tierra y cerrar los ojos. Puede verlos porque la tierra se los muestra como si fuera un sueño. Ésta es presentada como una cosa viva que la incita a mirar, a saber. Esa necesidad de tragar empieza en el entierro de su madre: “¿Quién va a hablarme ahora? Sin vos no soy nada, no quiero ser. ¿La tierra va a hablarme? Si ya me habló: La sacudieron. Veo los golpes aunque no los sienta. La furia de los puños hundiéndose como pozos en la carne. Veo a papá, manos iguales a mis manos, brazos fuertes para el puño, que se enganchó en tu corazón y en tu carne como un anzuelo. Y algo, como un río, que empieza a irse.”

Por esta capacidad sobrenatural, varias personas comienzan a acercarse a su casa a dejarle puñaditos de tierra. Aunque ella se niega, le insisten para que encuentre a aquellos desaparecidos que la policía ya no busca.

Cometierra de Dolores Reyes

Cometierra vive con su hermano Walter, con quien comparte un vínculo tierno y fuerte, en medio de un mundo hostil. Ambos huérfanos de una madre asesinada y un padre que no está, habitan una casa hecha de madera y chapas. Los amigos del Walter entran y salen a su antojo, juegan a la Playstation, toman cerveza y escuchan cumbia. La birra, la comida chatarra y la tierra: esas tres formas de llenar la panza. La novela transcurre en un barrio de la provincia de Buenos Aires y los escenarios son el reflejo de la realidad de la vida en el conurbano bonaerense: la música que escuchan los adolescentes, las canciones de reggeatón y cumbia que cantan, las bailantas, las peleas a la salida del boliche, los ranchos, la basura que se acumula en los frentes de las casas, las calles del barrio.

En el libro no se dice que hay desigualdad social, ni pobreza, ni miseria. Se muestra a través de la mirada de Cometierra: “Estaba preocupado porque había dejado la escuela, pero más que preocuparse no podía hacer. La mitad de los chicos del barrio la habían dejado. Pero yo ni trabajaba ni me había quedado embarazada. No hacía nada más que estar tirada y pasar un poco la escoba por la casa como para evitar que algo, no sé qué, nos invadiera”.

Dolores Reyes vive en Caseros y trabaja hace 15 años en Pablo Podestá, Provincia de Buenos Aires. Tiene siete hijos y es docente. Los materiales y recursos para contar sus historias los toma del mundo que la rodea. Ella observa la sociedad en la que vive: ve a sus jóvenes alumnas tener su cuarto o quinto hijo, sabe de los femicidios del barrio, es consciente de la violencia policial y la falta de recursos de mucha gente. Cinco años trabajó la autora en esta historia. Cinco años que fueron, casualmente o no, esos en que Argentina vio despertar un movimiento social que inundó las calles de todo el país: Ni Una Menos, la oleada feminista que exige justicia por las víctimas de femicidios. En la dedicatoria Dolores nos anticipa el nudo en el estómago: “A la memoria de Melina Romero y Araceli Ramos. A las víctimas de femicidio, a sus sobrevivientes”.

En la novela hay instituciones que no cumplen, hay comida que no alcanza. Hay vecinos, de un barrio atravesado por la injusticia y la violencia, que acuden a la joven que puede ver. Le tocan la puerta, le dejan botellitas con un poco de tierra en el patio delantero de la casa. “Empezaba a ver que los que buscan a una persona tienen algo, una marca cerca de los ojos, de la boca, la mezcla de dolor, de bronca, de fuerza, de espera, hecha cuerpo. Algo roto, en donde vive el que no vuelve”.

Esta historia es una forma de denunciar una dolorosa realidad en Argentina. Un territorio donde existen múltiples creencias populares, rituales con velas y ofrendas, para pedir por el que falta. Donde hay desaparecidos y desaparecidas.

Si la gente tuviera una Cometierra que pudiese decirles dónde están sus seres queridos, muchos de los dolores colectivos probablemente no existirían. Si hubiera alguien que pudiera encontrar a aquellos que se los tragó la tierra, muchas madres descansarían de ese hueco en el pecho que provoca la ausencia. Cometierra es una historia sucia y luminosa. Sucia porque desde las primeras páginas revuelve las tripas, con escenas donde lo podrido casi se puede oler. Luminosa porque mete los pies en lo más profundo del barro y desentierra esos temas de los que sería más cómodo no hablar.

Ilustración de Delfina Villa.


Marina Ampuero es autora de la nota.
Luna Zaballa es la editora de la nota.
Delfina Villa es la ilustradora de la nota

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