Calidoscopio


  Entré en la habitación del hotel que me había pagado la empresa. Al día siguiente, tendría que visitar a los futuros clientes de la zona para mostrarles el catálogo. Otro día en mi vida rutinaria: viajar lejos de mi familia para poder ganar suficiente dinero para mantenerla. Vi mi cara en el espejo: pude notar las líneas de las arrugas y algunos pelos rubios que empezaron a volverse blancos. El lugar era muy sobrio y amplio. Contaba con una cama espaciosa, una rústica cómoda acompañada con una silla Luis XV y una gran ventana con cortinas gruesas que oscurecían la habitación. Al correrlas, vi que el edificio de enfrente tenía tres celosías brillosas con vidrios verdes.

Sentí una extraña atracción que no me dejaba apartar la vista de esos paneles. El color verde y mi reflejo en ellos no me dejaron ver la sala (no creo que me hubiese atraído, aunque hubiese podido verla). Sin entender por qué, tomé la silla Luis XV y me quedé observando los cristales.  

Estuve varios minutos sin moverme hasta que mi reflejo empezó a disiparse, los vidrios ya no mostraron nada y unos colores nuevos empezaron a surgir en la superficie lisa. En el primer panel, apareció la figura de una joven que le daba de mamar, en un hogar pequeño pero arreglado, a un niño que tenía unos pelitos rubios. Al instante, cambiaron las figuras y apareció el mismo bebé (un par de años mayor) jugando con aquella mujer hasta que creció y ella lo mandó a la escuela. Mi escuela.

Los vidrios de la ventana se comportaban como ese juego de niños que muestra mosaicos de colores formando diferentes figuras. Un calidoscopio como el que yo tenía cuando era chico. Sin embargo, esta vez, en lugar de simples colores, mostraba fragmentos de mi infancia y juventud.

Apareció un joven meditabundo que, finalmente, se paró y dijo: “Yo voy a ser arquitecto”. De esa forma, empezó la carrera en la que, un día en la biblioteca, le alcanzó un libro a una chica que le dijo su nombre sin que se lo preguntara: “Gracias, soy Luisa”. Rápidamente, los paneles cambiaron y pasaron las citas, los exámenes y las noches juntos. Aquellos se detuvieron en mí acariciando la panza de Luisa.

Dejé los estudios para mantener al bebé y acepté la propuesta de mi tío para ser vendedor en su empresa de seguros. Nunca le reclamé a mi familia el no haber podido seguir mis sueños, pero tampoco pude olvidarlos. Siempre me pregunté cuándo podría volver a estudiar. Esta pregunta se hizo más frecuente con cada nuevo hijo que tenía y cada año que pasaba hasta que se volvió un murmullo de fondo en mi cabeza: “Tal vez, cuando mis hijos crezcan, pueda volver a la carrera. Tal vez, directamente, renuncie mañana y vivamos de los ahorros hasta que me pueda volver arquitecto”.

Observé el segundo panel y vi a un hombre que abrió una puerta y se sentó en una silla Luis XV frente a una ventana. Alcé una mano y el reflejo también lo hizo.  

Desvié la vista del último panel para no ver lo que aparecería. Corrí las cortinas y me acosté jurando no volver a asomarme a la ventana.

Ricardo Víctor Giordano es el autor de la nota.
Indi Paredes es la editora de la nota.

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